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30/10/2012

Finiquito

Finito dice que se va. En un juego de palabras sencillo, quizá chusco, firma el finiquito. Uso el término porque algunas veces, con las coñas del tendido, me he referido a él entre amigos como Finiquito de Córdoba dado que como trabajador del toreo necesitaba ser acogido a un expediente de regulación de empleo urgente y cobrar, pues eso, el finiquito. Porque la otra parte de la talega del ERE, la de la indemnización por los favores prestados, se la facilitará el año que viene Simón Casas, que le ha firmado apoderamiento estelar de despedida y que ya se vende en comparativa con los que ya negoció con algunos de los grandes como Manzanares padre, Ortega Cano o Julio Aparicio. A Conde lo ha nombrado el propio Casas pero a mí no se me ocurre. Hasta toco madera. El tándem Casas-Serrano quiere sacar rédito de la despedida de un torero abúlico y falto de ambición en los últimos años, aunque más allá de lo económico hay una música que me suena bien y que ojalá sea al final la melodía. Finito es un artista y como tal necesita que le ilumine una luz caliente, como dice Casas, y Casas es de esos apoderados que tienen el foco, ese arte para colocar a los toreros en carteles de categoría aún a costa de perder dinero en sus plazas. Todos conocemos el potencial del Fino y a poco que le embista un toro en una plaza importante y consiga cuajarlo se pondrá otra vez en órbita porque es un torero deseado en la cara frustrante de la moneda. ¿Por qué digo esto? Finito nos ha regalado a todos grandiosas obras pero también nos ha cabreado hasta el extremo. Y nos ha cabreado no porque lo viéramos con miedo o incapaz técnicamente, no. Finito nos ha enfadado siempre por su falta de ambición, por su pasotismo. En alguna ocasión le he comentado personalmente esta circunstancia y él siempre me ha respondido directamente: “A lo mejor es que se me exige y no puedo más”. Por eso es deseado desde la frustración, porque en sus últimos seis o siete años se ha dedicado a hacer faenas de sobeteo para sacar sólo cinco o seis muletazos buenos cuando podría haber dado 40. Su desconfianza y su conformismo han sido sus peores enemigos, pues de otro modo hubiera sido un torero de época. Ningún aficionado que le haya visto en una de sus grandes tardes puede dudarlo; el problema reside en que se ha dejado ir a lo comodo, al rin rin de las 40 o 50 tardes en plazas de medio fuste; ora con los mediáticos ora abriendo cartel a Tomás cual Gitanillo de Triana cualquiera. O con las figuras en alguna plaza de tercera, o en festivales explayado sacando lo mejor de sí ante algún novillote de buenas intenciones.

Finito tiene que contar además con una cuestión. Esa frustración que ha provocado entre los aficionados que en el fondo le adoran se ha convertido muchas veces en rechazo. Para mí que es un caso que se ha dado pocas veces en la historia del toreo. Se puede ignorar a un torero o reprenderle por una mala actuación, pero el Fino genera rechazo en muchos aficionados sólo con verlo en un cartel y su tirón taquillero es ahora inexistente incluso en Córdoba. De ahí que llegue el tiempo del finiquito. Finito puede no llegar a ser nunca el sexto califa pero tiene una importante moneda: la de su categoría como torero tan técnico como artista cuando quiere. De estos ha habido pocos y los que han existido se lo han llevado crudo -él lo consiguió durante varias temporadas-. Ahora tiene una nueva oportunidad. Retírese señor Finito, pero deje tres o cuatro obras importantes en plazas de primera, con toros de verdad, y tendrá la puerta abierta para volver a los pocos años en máxima figura. Usted sabe a lo que me refiero (Finito en Las Ventas). 2013, 40 corridas, cinco triunfos gordos y tres o cuatro años de retiro. Cuando vuelva, porque volverá si hay triunfos el año próximo, le esperarán y será entonces cuando igual se consagra y recobra el respeto de los que ahora viven frustrados en su afición por su comportamiento reciente. Apriete Finito, aunque sólo sea por esta vez, o nunca se lo perdonará a si mismo.

Francisco Javier Domínguez.

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