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27/12/2012

La tristeza de los toreros

Yo empecé a escuchar música en los años 80. Era un buen momento para hacerlo, no cabe duda. Para empezar, uno estaba llegando al mundo, o más bien, el mundo comenzaba a llegar a mí. Eran además días en que las reminiscencias de la música que mis padres y mi hermano mayor escucharon se fusionaban pertinazmente en los rincones de casa con el caleidoscopio de creatividad que las emisoras donaban entonces. La cuestión es que en casa siempre estaba escuchando música. Tanto, que a fuerza de insistir las letras de aquellas canciones quedaban herradas en mi memoria. Muchas aún permanecen, al completo o sesgadas por el tiempo en versos sueltos. No es hora de hacer demostraciones, pero ¿cómo olvidar aquel camino que en las cintas de mi padre era verde e iba a la ermita, en las de mi hermano se hacía al andar y por la radio iba a Soria? De entre todos esos versos, especial para mí era aquel del gran Joaquín Sabina que decía “más triste que un torero/ al otro lado del telón de acero”. Era especial porque relacionaba a los toreros y a la tristeza y a mí, tanto unos como otra me parecían y me parecen grandes fuentes de creación. Además me hacía recordar a Manolete, ejemplo de torero triste y excelso donde los haya. Eso de que un verso me recordara a Manolete ya era oro molido. Por otro lado me atraía pensar qué sería eso del telón de acero. Durante mucho tiempo, mi ignorancia me decía que Sabina había puesto su genialidad al servicio de una metáfora que indicaba el dique seco, la corrida que no se torea. Después, cuando me enteré de lo que era realmente aquel telón que separaba los intereses de los dos mundos de entonces, me di cuenta de que aquella metáfora habría aguantado mejor el paso del tiempo, porque hoy más que nunca los toreros están tristes o deberían estarlo.

Que una buena parte de ellos están tristes es algo irrefutable; para identificarlos sólo hace falta echar un vistazo al escalafón. En una temporada en que muchas localidades se quedaron sin toros o con menos festejos de los acostumbrados, no llegan a la veintena los toreros que sumaron ese número de contratos. Eso significa mucho toreo de salón. Y mucha tristeza. Porque el toreo es un arte que necesita una gran número de condicionantes para aflorar y el torero un artista preso, que sólo alcanza su libertad expresiva cuando retroalimenta su creatividad con la próxima plaza, con la llamada al apoderado, con el cartel de mañana, que nunca llega si en el de hoy la belleza no estuvo presente. La pescadilla que se muerde la cola y que, además, es víctima de un sistema en el que sota, caballo y rey no suelen dejar espacio al resto de la baraja. Cierto es que las cosas están mal; cierto que el interés de los públicos se prende con alfileres y que sólo las figuras llenan. A veces ni las figuras. Pero no es menos cierto que son tendencias diseñadas por quienes manejan los hilos de la fiesta para los aficionados modernos, que hoy en día apenas saben disfrutar con el que está en novillero, con el toricantano, con el de la tierra, con el pluriencaste, con el placer de la incertidumbre. Y, claro, mucho toreo de salón, que es muy bello y muy romántico, pero que, al carecer del bufido, del pitón, del peligro y del miedo, impide a todas luces la libertad del artista.

Una búsqueda más exhaustiva requiere el hallazgo de los que deberían estar tristes. Es éste un grupo bien parapetado tras un buen número de corridas, 6 ó 7 vestidos de torear nuevos para cada temporada y un prestigio, ganado a sangre y fuego en la mayoría de los casos, que los hace relucir cada tarde envueltos en el aura de héroe mitológico de los toreros grandes. Pero aunque muchos no comprendan qué falla entonces, no están eximidos, o no deberían estarlo, de la sombra de la tristeza; la misma que se extiende en las tardes infinitas de toreo de salón; la misma que hace estragos en  tantas y tantas familias asoladas por la maldita crisis; la que poco a poco tiñe de negro el futuro de la fiesta. Es la tristeza de la falta de responsabilidad.

A menudo el toreo es entendido como un paradigma de valores humanos y sociales por parte de los profesionales. A menudo se vanaglorian de ello. Entre esos valores, lugar preferente ocupa el ejercicio de responsabilidad que en sí mismo es el toreo. Responsabilidad en la plaza, pero también fuera de ella. Y ahí, en tiempos en que la fiesta comienza a sentir la cornada en la femoral de la crisis, de los precios de las entradas, de los antis, de la ausencia de modernización, en definitiva, de un sistema autodestructivo, veo a las figuras tristes; sin la alegría de la imaginación, sin la vitalidad del discurso con fundamento y preparado contra el ataque dialéctico, sin la estabilidad emocional que aporta estar organizado con solidez, huérfanos de líderes, borrachos de éxito, tristes.

Siempre es peligroso generalizar. El resumen de la temporada pasada nos lleva obligadamente a valorar gestos en favor de la fiesta como los descuentos en las entradas para  jóvenes promovidos por Juli, Perera y alguno más, o la irrupción imparable de Manzanares en las redes sociales con iniciativas plausibles. ¿Es suficiente? ¿O el descalzaperros del G10, o el primer año en blanco de Barcelona desequilibran la balanza?

No sé, será que la Navidad me pone triste. Cuando me pasa suelo repasar las canciones melancólicas de aquella infancia musical. En algún momento siempre aparece aquella canción preferida de Sabina que relacionaba a los toreros y a la tristeza. Entonces me acuerdo de nuestra maltratada fiesta. Y siento un escalofrío cuando continúo leyendo, herrado en mi memoria, el final de aquella hermosa canción que ojalá jamás sea premonitorio. Era aquel que, a modo de estribillo, repetía: “así estoy yo sin ti”.

 

Antonio Garrido Ballesteros.

Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura

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