Cine y tauromaquia: «Un vampiro para dos» y «Vente a ligar al Oeste»

 

Los toros han tenido su lugar de manera explícita en la filmografía española, declaración esta que sobra por obvia pero que me lleva al tema en cuestión, que es el de los toros como elemento tangencial o recurso para explicar España o los españoles. En este caso no podemos guiarnos por los títulos que fácilmente nos llevarían a encontrar el recurso taurino. No es tan fácil como un Tarde de toros de toros o un Niño de las Monjas, donde ya sabemos que el tema de la tauromaquia va a estar presente. Hay películas cuyo título no nos indica que los toros van a aparecer, pero que, como la Blancanieves de Pablo Berger, ya comentada en este blog, se revelan profundamente taurómacas. 

Hay otras películas del cine español en las cuales el tema de los toros se ha colado de manera sibilina. Normalmente lo ha hecho para hablar de las bondades del macho hispánico, del macho torero derivado en landismo de pelo en pecho. Este es el caso de Vente a ligar al Oeste (Pedro Lazaga, 1972), donde un atribulado Alfredo Landa es obligado por una artista americana que anda rodando películas del oeste en Almería a vestirse de torero para satisfacer los deseos del tópico español. En principio, el episodio está metido con calzador puesto que el argumento se centra en el intento de Landa de buscarse la vida como actor de películas del oeste en Almería.

En el, llamémoslo episodio taurino, la susodicha estrella, interpretada por Mirta Miller, borracha como una cuba, se empeña en que Alfredo Landa sea para ella El Cordobés: «tú ahora Manuel» le espeta, con música de pasodoble de fondo. Debe tenerse en cuenta que a las guiris se las trataba de atraer a España con el reclamo de una tarde de toros, causa por la cual a Manuel Benítez El Cordobés le dieron en 1967 la Medalla al Mérito Turístico. Las referencias al macho hispánico como torero se le cuelan a la ya lánguida censura con una genial frase de Landa, perdón, del guionista Vicente Escrivá, cuando contesta a Marta Miller que él no es El Cordobés pero ante la insistencia de ella Landa le contesta «nada, que esta corrida es a beneficio de El Cordobés». Estaba claro que en asuntos taurino-testosterónicos, no había censura que valiese. Las referencias taurinas no acaban ahí puesto que, no podía ser de otro modo, llega el marido de Marta Miller, que es el director de la película del oeste que están rodando en Almería y donde Landa pretende conseguir un papel. Aquí, el marido cornudo es explícitamente convertido en Miura por un verdadero macho español de pelo en pecho, es ridiculizado mientras es besado por la esposa y Landa se esconde tras un biombo. Todo esto se puede ver a partir del minuto 28 de película y constituye la única referencia a los toros en la cinta.

En cuanto a la película, ya que estamos, tiene una primera parte magnífica si la consideramos dentro de los parámetros del landismo, decayendo al final cuando la historia sentimentaloide entre Landa y Tina Sainz se impone sobre el trasfondo social. Ahora bien, contiene una de las escenas más divertidas del cine español, aquella en la que un borracho y magnífico Antonio Ferrandis, llorando a su hijo muerto en la ficticia película del oeste que se está rodando, sustituye el inglés que no ha logrado aprenderse de memoria por la carrerilla: «Si no vienes mañana, judías de la granja 64, págale al guardacoches con la mano derecha, te frío un queso…» (minuto 1:05:00)

Referencias de este tipo también las hay en otras películas españolas, en el sentido del tópico del español macho y torero que encandila a las guiris (si borrachas, mejor). Pero no es en absoluto usual que durante la dictadura franquista las referencias a lo taurino tengan más que ver con el carácter sangriento de la Fiesta que con la imagen del español de espíritu torero. Y curiosamente será también en una película dirigida por Pedro Lazaga (Un vampiro para dos, 1965) donde esto ocurre. El guión es del propio Lazaga y José María Palacio y es posiblemente uno de los más descabellados (valga la expresión taurina) del cine español.

Con un comienzo prometedor en el que nuevamente Alfredo Landa, acompañado de La simpar Gracita Morales, se marcha a la emigración alemana, la película deriva en una de vampiros, donde el de los colmillos afilados es el Barón de Rosenthal, interpretado por Fernando Fernán Gómez. La secuencia taurina (m. 58 y ss.) no tiene parangón en el cine patrio. Gracita Morales y Landa le explican al Fernán Gómez-vampiro, después de haberle servido sangría y sangre frita (no humana) con cebolla, el lugar de donde vienen y la fiesta por antonomasia, la corrida de toros y se la describen con pasodoble de fondo: la suerte de picar («le clavan al bicho un tanto así, una vez, o dos o nueve o lo que aguante el toro… o lo que aguante el caballo, que hay corridas que tienen que aguantar con las tripas fuera…»), las banderillas («tres pares y cuando el toro está bien castigado…»), la suerte de matar («…la espada en todo lo alto del morrillo, y el descabello para rematarlo si hace falta…»); Gracita Morales, con un Fernán Gómez mareado por las imágenes de la sangre del toro, apostilla: «Es una fiesta hermosa». Para acabar de darle al vampiro la imagen de lo que son los toros, Landa le explica que «si todo va bien, le cortan las orejas al toro, y el rabo, y hasta hay fenómenos que cortan la pata…». Ante esta última afirmación, el vampiro Fernán Gómez exclama: «Españoles sanguinarios» y cae desmayado imaginándose la crueldad de lo que le están contando. La secuencia recuerda a aquello que se cuenta de Heinrich Himmler cuando acudió en Las Ventas a la corrida de toros que conmemoraba «la victoria» franquista y tuvo que salirse del festejo por no aguantar la visión de la sangre del toro.

Más allá de un análisis en torno a la diferente sensibilidad sobre lo que ocurre en la corrida de toros, esta película de vampiros de juguete es la única -hasta donde yo pueda afirmar- en la que las referencias a la Fiesta son negativas, calificándola de sanguinaria. Recuérdese la fecha, 1965, justo en los años gloriosos de Manuel Benítez El Cordobés, referencia positiva de la otra cinta de Lazaga comentada. Y es que el cine español esconde muchas sorpresas entre sus fotogramas, aunque quizá la de este vampiro Fernán Gómez desmayado imaginándose la sangre del toro sea la más rotunda que se pueda encontrar. Aún así, me quedo con Landa besando a Mirta Miller vestido de torero antiguo.

 

La tristeza de los toreros

Yo empecé a escuchar música en los años 80. Era un buen momento para hacerlo, no cabe duda. Para empezar, uno estaba llegando al mundo, o más bien, el mundo comenzaba a llegar a mí. Eran además días en que las reminiscencias de la música que mis padres y mi hermano mayor escucharon se fusionaban pertinazmente en los rincones de casa con el caleidoscopio de creatividad que las emisoras donaban entonces. La cuestión es que en casa siempre estaba escuchando música. Tanto, que a fuerza de insistir las letras de aquellas canciones quedaban herradas en mi memoria. Muchas aún permanecen, al completo o sesgadas por el tiempo en versos sueltos. No es hora de hacer demostraciones, pero ¿cómo olvidar aquel camino que en las cintas de mi padre era verde e iba a la ermita, en las de mi hermano se hacía al andar y por la radio iba a Soria? De entre todos esos versos, especial para mí era aquel del gran Joaquín Sabina que decía “más triste que un torero/ al otro lado del telón de acero”. Era especial porque relacionaba a los toreros y a la tristeza y a mí, tanto unos como otra me parecían y me parecen grandes fuentes de creación. Además me hacía recordar a Manolete, ejemplo de torero triste y excelso donde los haya. Eso de que un verso me recordara a Manolete ya era oro molido. Por otro lado me atraía pensar qué sería eso del telón de acero. Durante mucho tiempo, mi ignorancia me decía que Sabina había puesto su genialidad al servicio de una metáfora que indicaba el dique seco, la corrida que no se torea. Después, cuando me enteré de lo que era realmente aquel telón que separaba los intereses de los dos mundos de entonces, me di cuenta de que aquella metáfora habría aguantado mejor el paso del tiempo, porque hoy más que nunca los toreros están tristes o deberían estarlo.

Que una buena parte de ellos están tristes es algo irrefutable; para identificarlos sólo hace falta echar un vistazo al escalafón. En una temporada en que muchas localidades se quedaron sin toros o con menos festejos de los acostumbrados, no llegan a la veintena los toreros que sumaron ese número de contratos. Eso significa mucho toreo de salón. Y mucha tristeza. Porque el toreo es un arte que necesita una gran número de condicionantes para aflorar y el torero un artista preso, que sólo alcanza su libertad expresiva cuando retroalimenta su creatividad con la próxima plaza, con la llamada al apoderado, con el cartel de mañana, que nunca llega si en el de hoy la belleza no estuvo presente. La pescadilla que se muerde la cola y que, además, es víctima de un sistema en el que sota, caballo y rey no suelen dejar espacio al resto de la baraja. Cierto es que las cosas están mal; cierto que el interés de los públicos se prende con alfileres y que sólo las figuras llenan. A veces ni las figuras. Pero no es menos cierto que son tendencias diseñadas por quienes manejan los hilos de la fiesta para los aficionados modernos, que hoy en día apenas saben disfrutar con el que está en novillero, con el toricantano, con el de la tierra, con el pluriencaste, con el placer de la incertidumbre. Y, claro, mucho toreo de salón, que es muy bello y muy romántico, pero que, al carecer del bufido, del pitón, del peligro y del miedo, impide a todas luces la libertad del artista.

Una búsqueda más exhaustiva requiere el hallazgo de los que deberían estar tristes. Es éste un grupo bien parapetado tras un buen número de corridas, 6 ó 7 vestidos de torear nuevos para cada temporada y un prestigio, ganado a sangre y fuego en la mayoría de los casos, que los hace relucir cada tarde envueltos en el aura de héroe mitológico de los toreros grandes. Pero aunque muchos no comprendan qué falla entonces, no están eximidos, o no deberían estarlo, de la sombra de la tristeza; la misma que se extiende en las tardes infinitas de toreo de salón; la misma que hace estragos en  tantas y tantas familias asoladas por la maldita crisis; la que poco a poco tiñe de negro el futuro de la fiesta. Es la tristeza de la falta de responsabilidad.

A menudo el toreo es entendido como un paradigma de valores humanos y sociales por parte de los profesionales. A menudo se vanaglorian de ello. Entre esos valores, lugar preferente ocupa el ejercicio de responsabilidad que en sí mismo es el toreo. Responsabilidad en la plaza, pero también fuera de ella. Y ahí, en tiempos en que la fiesta comienza a sentir la cornada en la femoral de la crisis, de los precios de las entradas, de los antis, de la ausencia de modernización, en definitiva, de un sistema autodestructivo, veo a las figuras tristes; sin la alegría de la imaginación, sin la vitalidad del discurso con fundamento y preparado contra el ataque dialéctico, sin la estabilidad emocional que aporta estar organizado con solidez, huérfanos de líderes, borrachos de éxito, tristes.

Siempre es peligroso generalizar. El resumen de la temporada pasada nos lleva obligadamente a valorar gestos en favor de la fiesta como los descuentos en las entradas para  jóvenes promovidos por Juli, Perera y alguno más, o la irrupción imparable de Manzanares en las redes sociales con iniciativas plausibles. ¿Es suficiente? ¿O el descalzaperros del G10, o el primer año en blanco de Barcelona desequilibran la balanza?

No sé, será que la Navidad me pone triste. Cuando me pasa suelo repasar las canciones melancólicas de aquella infancia musical. En algún momento siempre aparece aquella canción preferida de Sabina que relacionaba a los toreros y a la tristeza. Entonces me acuerdo de nuestra maltratada fiesta. Y siento un escalofrío cuando continúo leyendo, herrado en mi memoria, el final de aquella hermosa canción que ojalá jamás sea premonitorio. Era aquel que, a modo de estribillo, repetía: “así estoy yo sin ti”.

 

Fibra de carbono

El carbono llega a los toros. Pero no es el Carbono 14, ese que sirve para datar lo antiguo, este carbono es de fibra de tal. Manzanares acaba de presentar, junto a la firma que lo va a comercializar, un nuevo estoque y estaquillador que aumentan la flexibilidad y reducen el peso. En consecuencia, suponen la eliminación del 80% de las lesiones que los toreros sufren por el uso de estos trastos. La novedad se enmarca dentro de un ambicioso programa de carbonización de todos los metales, no sé si del mundo o sólo de las cosas propias del toro.

Si es para bien de los toreros me da lo mismo si el estoque es de acero toledano y el estaquillador de acebuche serrano o son de la tal fibra de carbono. No seré yo nunca un purista del fetiche. Pero el asunto tiene su gracia. Cuando Manolete sustituyó el estoque de acero por la ayuda de madera, debido a una lesión en la muñeca, corrieron ríos de tinta incidiendo en la huída hacia la comodidad que el diestro provocaba. Hoy, con un público infinitamente más dulce, no creo que la cosa llegue a tanto. Es más, no creo que la cosa llegue a nada. Pero puestos a imaginar, imaginemos que los toreros no se queden ahí y apoyen, por su seguridad, una vía de investigación encaminada a evitar la temible cornada. Imaginemos que los vestidos de torear se blindaran en su interior con unas invisibles chapas de fibra de carbono o de otro material irrompible al impacto al modo de armadura medieval. Imaginemos que pasado el tiempo sin revuelo ni crítica, se empieza a sustituir el toro de carne por un toro animatrónico dirigido por un programa de ordenador. La apariencia no cambiaría en absoluto. Un buen robot con sus cables, con sus alambres, con sus chips, con su armazón interior de fibra de carbono, por supuesto, su piel sintética y una bolsita de agua tintada de rojo en su morrillo darían la apariencia absoluta de bicho de campo. Podría elegirse también el programa de embestida que se desee. Inventaríamos el programa de embestida “a lo Domecq”, el programa de embestida “de corrida dura” y, para gladiadores y espectadores brutotes el programa de embestida “de corrida dura 2.0”. Si está bien hecho nadie advertirá si aquello es de carne o de fibra de carbono.

Insisto, si es para bien, bienvenido sea. No tiene la menor importancia. Yo, de ser Manzanares, posiblemente lo hubiera probado, pero me lo hubiera callado como una meretriz. La imaginación es muy mala.

Un siglo y una cámara

Hace, como quien dice, una década y un lustro. Aquel día, acudí a una corrida de toros en la plaza de toros de Priego y me acredité por el desaparecido Diario de Andalucía para realizar la crónica. Las fotos las hacía yo también con la esperanza de que la crónica completa llegara a Córdoba, donde este rotativo tenía delegación, antes del cierre, fijado a las 11:30 de la noche. Había tiempo. El plan resultaba fácil: se celebraba la corrida, sacaba el carrete, se lo daba a alguien que viniera para Córdoba con el objetivo de llevarlo a la redacción y dictaba la crónica por teléfono a Sevilla. Logicamente, ya en aquel tiempo el correo electrónico estaba bastante implantado, lo que yo no tenía era ni portátil ni conexión de internet para la urgencia. Todo salió de cine, menos las fotos, que eran pésimas y no se publicaron. Pues bien, todo este relato viene a cuento por los 100 años que ha cumplido esta semana el fotógrafo taurino Cano, que entre sus ‘méritos’ cuenta con la instantánea de la cogida de Manolete en Linares por el toro Islero, de Miura. Viendo mi peripecia no resulta difícil imaginar cómo sería la vida de estos fotógrafos cuando no había correo electrónico, ni digitales, ni telefax… Y sin embargo las informaciones llegaban a los diarios, y la gente vivía para leer El Ruedo, Dígame, La Lidia y todas esas publicaciones taurinas que han hecho historia. Cano dice tener la conciencia tranquila. En una entrevista concendida a Onda Cero afirma que ·»el que no me habla es porque me debe dinero». Genial. También cuenta cómo se hizo fotógrafo y como «toree para los comunistas». Lo dice con acritud, como recalcando que hasta que ganó Franco la guerra estuvo escondido en una buhardilla. Pero Cano es mucho más que Manolete, mucho más que la guerra. Por su objetivo han pasado los más grandes de los últimos 75 años. Fastidiado de la cadera, de la que fue intervenido tras una caída, está deseando volver a los ruedos y en cada respuesta ofrece una chispa de genialidad: «He conseguido casarme dos veces y tengo ocho hijos registrados» Ojo a lo de registrados. ¿Qué querrá decir? Cano es un habitual de las plazas más importantes de toda España y a sus publicaciones taurinas suma los ingresos que percibe por las fotos que hace a sus amigos del tendido. Si le veo algún día le pediré que me tire una foto -Cano va con carrete todavía-. La guardaré, para mí será una obra de arte. Podré decir que tengo una de Cano.

Morante y la Arcadia

Morante, México y los toreros. México es una especie de Arcadia taurina para determinado tipo de toreros. Hay quien cuaja y quien no. No se le puede dar más vueltas. Pero lo cierto es que México es una especie de paraíso que inspira sublimes obras de arte. No voy a hablar de los ya manidos a la vez que decisivos triunfos de Manolete, sino de diestros como Morante de la Puebla, que ayer se reencontró con un toreo al natural de altura. Morante ha alcanzado esta madrugada una de sus cumbres con una muleta asida apenas con el pulgar y el índice. Suma suavidad ante un asaltillado típico de la tierra. Morante ha encontrado esa Arcadia que buscan los toreros españoles en México, donde el público es agradable y espera a las figuras con menos exigencias que en las grandes ferias españolas y donde el toro se mueve a otro compás porque todavía no ha llegado allí en firme la infección domequista. Morante ya ha realizado alguna obra sublime en América, pero la de hoy ha sido intensísima. A juzgar por la reacción del público se podría decir que Morante, como Tomás y como Ponce a entrado a forma parte del podium de toreros españoles en La México. Precisamente el de Galapagar y el valenciano encuentran allí esa Arcadia soñada. Tomás se hizo torero allí y estuvo apunto de dejar de ser torero y persona en Aguascalientes y su nivel de respeto es tan elevado como el que en su día pudo tener Manolete, que cantaba rancheras ataviado con un amplio sombrero; y Ponce transforma su toreo ingenieril en obras de compás vibrante. Talavante es otro de los que busca esa Arcadia y ha realizado importantísima obras de arte en el coso de D.F. Las dos últimas en 2011. Talavante hasta se pone el sombrero charro y unas camisas imposibles en España. Quizá este atuendo defina la transformación de los toreros españoles en la Arcadia Mexicana. No se pierdan el resumen de la actuación de El Zapata. Está en Mundotoro. Me ha impresionado por su variedad. Lo dicho, otra tierra, otro toreo.

Finiquito

Finito dice que se va. En un juego de palabras sencillo, quizá chusco, firma el finiquito. Uso el término porque algunas veces, con las coñas del tendido, me he referido a él entre amigos como Finiquito de Córdoba dado que como trabajador del toreo necesitaba ser acogido a un expediente de regulación de empleo urgente y cobrar, pues eso, el finiquito. Porque la otra parte de la talega del ERE, la de la indemnización por los favores prestados, se la facilitará el año que viene Simón Casas, que le ha firmado apoderamiento estelar de despedida y que ya se vende en comparativa con los que ya negoció con algunos de los grandes como Manzanares padre, Ortega Cano o Julio Aparicio. A Conde lo ha nombrado el propio Casas pero a mí no se me ocurre. Hasta toco madera. El tándem Casas-Serrano quiere sacar rédito de la despedida de un torero abúlico y falto de ambición en los últimos años, aunque más allá de lo económico hay una música que me suena bien y que ojalá sea al final la melodía. Finito es un artista y como tal necesita que le ilumine una luz caliente, como dice Casas, y Casas es de esos apoderados que tienen el foco, ese arte para colocar a los toreros en carteles de categoría aún a costa de perder dinero en sus plazas. Todos conocemos el potencial del Fino y a poco que le embista un toro en una plaza importante y consiga cuajarlo se pondrá otra vez en órbita porque es un torero deseado en la cara frustrante de la moneda. ¿Por qué digo esto? Finito nos ha regalado a todos grandiosas obras pero también nos ha cabreado hasta el extremo. Y nos ha cabreado no porque lo viéramos con miedo o incapaz técnicamente, no. Finito nos ha enfadado siempre por su falta de ambición, por su pasotismo. En alguna ocasión le he comentado personalmente esta circunstancia y él siempre me ha respondido directamente: «A lo mejor es que se me exige y no puedo más». Por eso es deseado desde la frustración, porque en sus últimos seis o siete años se ha dedicado a hacer faenas de sobeteo para sacar sólo cinco o seis muletazos buenos cuando podría haber dado 40. Su desconfianza y su conformismo han sido sus peores enemigos, pues de otro modo hubiera sido un torero de época. Ningún aficionado que le haya visto en una de sus grandes tardes puede dudarlo; el problema reside en que se ha dejado ir a lo comodo, al rin rin de las 40 o 50 tardes en plazas de medio fuste; ora con los mediáticos ora abriendo cartel a Tomás cual Gitanillo de Triana cualquiera. O con las figuras en alguna plaza de tercera, o en festivales explayado sacando lo mejor de sí ante algún novillote de buenas intenciones.

Finito tiene que contar además con una cuestión. Esa frustración que ha provocado entre los aficionados que en el fondo le adoran se ha convertido muchas veces en rechazo. Para mí que es un caso que se ha dado pocas veces en la historia del toreo. Se puede ignorar a un torero o reprenderle por una mala actuación, pero el Fino genera rechazo en muchos aficionados sólo con verlo en un cartel y su tirón taquillero es ahora inexistente incluso en Córdoba. De ahí que llegue el tiempo del finiquito. Finito puede no llegar a ser nunca el sexto califa pero tiene una importante moneda: la de su categoría como torero tan técnico como artista cuando quiere. De estos ha habido pocos y los que han existido se lo han llevado crudo -él lo consiguió durante varias temporadas-. Ahora tiene una nueva oportunidad. Retírese señor Finito, pero deje tres o cuatro obras importantes en plazas de primera, con toros de verdad, y tendrá la puerta abierta para volver a los pocos años en máxima figura. Usted sabe a lo que me refiero (Finito en Las Ventas). 2013, 40 corridas, cinco triunfos gordos y tres o cuatro años de retiro. Cuando vuelva, porque volverá si hay triunfos el año próximo, le esperarán y será entonces cuando igual se consagra y recobra el respeto de los que ahora viven frustrados en su afición por su comportamiento reciente. Apriete Finito, aunque sólo sea por esta vez, o nunca se lo perdonará a si mismo.

Saber retirarse

 

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La temporada 2012 acaba de agonizar y con ella se ha marchado un buen ramillete de toreros de distinta catadura y relieve. Desde el eterno desmadejado Julito Aparicio  hasta el respetado Fundi, pasando por los sobreadjetivados hermanos Rivera Ordóñez , el soplo de arte de Pepe Luis Vázquez Silva, o el castigado Antonio Barrera. Cuando encaro este artículo acaba de saltar la noticia de que Finito de Córdoba hará lo propio en 2013. Es obvio que, tanto el que se irá del toreo, como los que ya lo hicieron, lo habrán hecho dejando estelas bien diferenciadas. Espejo de esas diferencias ha sido a su vez el modo escogido por cada uno para la retirada.

Allá por el invierno pasado El Fundi ya anunció que se iba. Prácticamente nadie se sorprendió en ese momento de que el torero salido de la mítica generación de la escuela de Madrid, que en los 80 capitanearon Yiyo y Joselito, y forjado después en el yunque de las corridas duras viese la meta cerca. Tampoco se le ocurrió a ningún aficionado reprochar una temporada de despedida, como la que El Fino anda preparando junto a Simón Casas, que a veces se interpreta como reclamo para empresas y público. El Fundi se lo había ganado con su honradez y profesionalidad, igual que un día se ganó que los aficionados empezaran a llamar maestro a un diestro tildado históricamente de vulgar.

Puesta en escena antónima eligió Julio Aparicio para cortarse la coleta. Hoy en día resulta hasta raro usar este término tan taurino que siempre indicó la inevitable retirada. Llevo tiempo preguntándome por qué interpretan que este gesto es definitivo y el comunicado de prensa no. Pero, minucias aparte, Julito, aquel que confirmara con una de las faenas que aún se me cruza en la noche cuando junto los párpados, se retiró como no podía ser de otro modo: en un arrebato y sin dejar a nadie indiferente después de su sainete isidril.

Pepe Luis Vázquez, torero de pincel fino y justa (o escasa) medida, también eligió 2012. Vaya usted a saber si esta maldita crisis que aprieta la soga al cuello del toreo y de los ciudadanos de traje gris no ha influido, como un nubarrón negro, en la mentalidad de estos toreros que se fueron. Lo cierto es que, cuando asomaba el otoño, Pepe Luis eligió para su última tarde una corrida del arte en mano a mano con Morante. Eso sí, mano a mano de 4 toros y rejoneador, tampoco había que pasarse. Y hasta Osuna peregrinaron un buen puñado de locos en busca del maná de la personalidad. Yo no fui por un contratiempo final, pero he visto tres muletazos en You Tube que aún me saben a pata negra.

Y cuando parecía que el toque de queda no volvería a sonar en el gremio de seda y oro, empezaron a llegar comunicados oficiales.

Primero fue Antonio Barrera, uno de esos toreros que siempre dio sensación de poder estallar en cualquier momento y que fue duramente perseguido por los percances y la mala suerte. Su amigo Morante de la Puebla había tocado a su puerta para apoderarle el año próximo y el sevillano no se lo pensó dos veces. Cosas del destino, también esta vez se cruzaron las lesiones en el camino de Barrera. Una de rodilla le impidió acudir al compromiso en Zaragoza que había de ser el último de su carrera y ahora se encuentra en tierras mexicanas para dejar allí colgados los trastos, seguramente con más brillo que lo habría logrado en España  Un espejo de su trayectoria.

Después, con una semana de diferencia, Cayetano y el nuevo Paquirri, o antiguo Rivera Ordóñez. Cayetano se ha ido dando la sensación de no haber encontrado su sitio. Y en esa tierra de nadie, a mí, no sé por qué, no me ha sorprendido el adiós. Tal vez sea la desidia que me provocaba un torero con un aparente tsunami a favor de corriente, que siempre me pareció estar en medio de nada o fuera de todo. Ni de corrida mediática, ni del circuito de los que se baten el cobre por el cetro del toreo. Lo cierto es que, tras algunos años a la baja, decidió otear nuevos horizontes profesionales y se fue sin hacer mucho ruido, como en gran parte de su carrera. A mí no me ha sorprendido.

Más me sorprendió la de Francisco. Porque él era como el clavo del almanaque: parece que siempre formó parte del decorado. Y, aunque su tauromaquia dejó de aportarme a partir de su cuarto o quinto año de alternativa, sí ha sido un torero de relieve para empresas y gran público. No en vano se va habiendo toreado 70 corridas en la temporada de los recortes, aunque, Francisco sí, siendo parte muy activa del circuito mediático. Por ello muchos esperaban otro tipo de retirada y no el comunicado oficial y el corte de coleta en la habitación. Muchos sintieron que no se iba como debía. Pero, ¿cómo debe irse un torero?

Yo pienso que para esto sólo hay una respuesta: los toreros se deben ir en su justo momento. Lo demás es baladí o es válido. Su justo momento no es una edad, ni un número de  corridas. ¿Qué sería la historia de la tauromaquia sin el poso sin igual de los toreros maduros de quince muletazos?;¿ o sin el mito de los que pasaron a la gloria con seis o siete años de profesión?, sin Joselitos o Manoletes.

Ahora bien, si el torero es un artista, el momento de la retirada debe ser aquel en que la obra está terminada, ni un retoque más ni un espacio en blanco. Y medirlo, como en las faenas es virtud que no todos atesoran. La obra, por otra parte, estará mejor terminada en la medida en que el artista sepa imprimir su personalidad en el remate y, para ello, los hay de arte y los hay tremendistas.

Cuentan que un día Concha Piquer salió a cantar a un teatro de Isla Cristina. Terminó y decidió de golpe retirarse. Reunió a la compañía, se lo dijo a todos y les pagó como si la gira hubiera terminado. Después se retiró al camerino y al entrar pudo leer en el escrito en el espejo con carmín: “Concha Piquer ya no canta más”. Ella era de los de arte y su obra estaba terminada.

21 días toreando

Tengo que reconocer que más de dos veces detengo la flechita del mando a distancia de la tele en unos programas rarísimos, extraños a mis gustos, pero que se hacen sitio en algún recóndito a inescrutable recodo de mi cabeza. De pronto me sorprendo viendo cómo unos señores, que aparentan no haberse duchado en meses, transportan mercancías por la helada Alaska en unos camiones del tamaño de un barrio obrero. Otras cómo un gachí se mete entre pecho y espalda una hamburguesa del tamaño de una olla láster. Otras cómo unos tatuados mecánicos construyen una chopper americana más parecida a una libélula que a cualquier vehículo entendible. No me pregunten el nombre de los programas ni el de las cadenas. Surgen de pronto y se apoderan de mí. Lo reconozco, debe tratarse de alguna tara ancestral o un gusto por lo raro, lo deforme o lo desmesurado tan común en el arte español.

La otra noche, siguiendo esta extraña pauta, mi caprichoso dedo detuvo la flechita en un programa, éste no es de los más raros, que atendía al inquietante título de “21 días toreando” en el que la presentadora debía pasar tres semanas viviendo con toreros aprendiendo el oficio hasta llegar a participar en un festejo. Veintiún días, a veinticuatro horas al día, piel con piel con cualquiera, ya me parece un poquito insalubre, pero achicar espacios y administrar egos con personalidades que cada tarde acuden al límite, lo prejuzgaba tenso y un chispito indecoroso. Imaginaba desaciertos a puntapié en esos momentos en los que la duda se trasmuta en piel y pitones. Esperaba cualquier barbaridad que ni siquiera una escrupulosa edición pudiese evitar. Pretender arrancar un destello de lucidez mientras se tiene la mirada fija en las astillas de la última tabla del burladero se me antojaba casi irrespetuoso. Pero, al final no fue para tanto. Julián López, Juan José Padilla, Noelia Mota y unos cuantos maletillas se repartieron tiempos y esfuerzos, y aquello quedó como una especie de documental-reality raro. La presentadora se entrenó durante el tiempo fijado, aprendió técnica de salón y, finalmente, se probó. Y probó de todo, el porretazo y el aplauso. Lo cierto es que tuvo muy buen aire. Evidenció un intento sincero por expresar lo aprendido bajo unas formas respetuosas y artísticamente nada desdeñables. Hubo una tanda de derechazos meritorios y un cambio de mano inesperado que llevaron a su cara un orgullo y una satisfacción que muy pocas veces en su vida sentirá. Reconoció “sentirse poderosa”.

Pero lo peor, como casi siempre, no surgió del hecho sino del entorno. Evidencias que poco ayudaban a explicar miedos. “Esto es así” como respuesta a un revolcón o el manido “échale narices” a la incertidumbre de una duda son argumentos escasitos. Nadie hubo allí para tomarla del brazo y preguntarle por qué se sentía henchida cuando terminó de torear, qué preguntas se había contestado, a qué obedecía su miedo inicial ¿al dolor, a la responsabilidad, a la vergüenza? Nadie le informó del hecho cultural ancestral sin simulaciones teatrales que supone el enfrentamiento de un arquetipo y una fiera, seleccionada pero no domesticada, incardinada en lo más profundo de nuestra identidad. Nadie le obligó a pensar qué supone una corrida de toros, máxima expresión de la relación de hombre y toro, del hecho que comporta entrar en la plaza con la mente abierta al cuestionamiento, a descubrir cosas, qué supone el enfrentamiento a la muerte real como hecho indisolublemente ligado a la vida. Nadie, en definitiva, le dijo que la corrida de toros debe ser hermosa, pero también debe hacernos pensar a pesar de que traiga de la mano una cierta desazón. Crecer significa sufrir, optar por cosas con el vértigo que ello produce. Una tarde de toros es, ante todo, una reflexión. Nadie la obligó a ello, mas al contrario, formó opinión a partir del desconocimiento y de la manipulación de unas sensaciones que ella por sí sola aún no había descifrado.

Esa relación que nos brindan hombre y toro en una plaza obliga a descifrar muchos códigos. Códigos que son difíciles de entender. Nuestra sociedad no está acostumbrada a asumir esos esfuerzos. Huimos de la complicación. Estamos acostumbrados a que todos nuestros aprendizajes estén triturados en papilla para ser digeridos como ciencia cierta sin cuestionarnos absolutamente nada.  Quizá por esa falta de explicación, por la soledad de enfrentarse sola a un cúmulo de sensaciones tan fuertes le llevó a no querer profundizar, a no adentrarse en lo desconocido y cobijarse en la evidencia antitaurina. Una lástima que después de una faena aseada se tirase a matar a los blandos.

Antoñete y los toreros frágiles

A mí, Antoñete, me parece tan fascinante como torero que como hombre. Crápula, mujeriego, fumador, bebedor, golfo, bohemio, fue un ejemplo de que la vida son cuatro caladas a un cigarro. Quizá pensaba que si se jugaba la vida ante un toro ¿por qué no iba a hacerlo a diario con los vicios-placeres que nos otorga la vida por más que quiera prohibirlos el médico? Al final, Chenel murió a la vejez ayer hizo un año y su llama sigue viva entre quienes amamos la calidad del toreo por encima de las cantidades que nos ofrecen los mozos que hoy ocupan las primeras filas del escalafón gracias a su complicidad con el medio toro. Me fascinan los toreros frágiles, como Antoñete. Es curioso. Romero, Paula, Manolo Cortés, Pepín Jiménez, Morante, el último Pepe Luis, Frascuelo, Julio Aparicio, Manzanares padre; Espartaco, curiosamente, tras sus graves lesiones de rodilla. Incluso puedo incluir al último Benítez, al de la etapa canosa. El mismo José Tomás flaco que triunfó hace poco en Nimes con todo lo que le ha pasado me ilusiona. Son diestros que nunca se caracterizaron por su potencia física pero que sabían y saben, como Antoñete, donde está la fibra y el sentimiento, el chispazo a la verónica, el derechazo a media altura pero magistralmente rematado atrás, el natural ligado en sólo tres pasajes y el de pecho con todo el toro por delante, muletazo por alto, alivio técnico del miedo. Por eso me gusta Antoñete, en presente eterno, porque es un torero frágil, de esos que te tienen entre el ay y el ole en un suspiro.

Antoñete y su excelente composición de la figura.

La fragilidad de estos toreros no sólo reside en lo físico, lo mental es decisivo. Paula miraba la cara a los toros y sabían si lo querían matar o no; cuando Romero contoneaba la montera no había nada que hacer y Morante, al que Arrabal  me definió en cierta ocasión como a un loco, viaja con psiquiatra. Julio Aparicio se cortó la coleta porque el miedo, componente mental donde los halla, le imposibilitó para la lidia y para ver a Pepe Luis en estado de gracia mental había que viajar en su cuadrilla. En cuanto a Antoñete, todos le recordamos con problemas respiratorios entrebarreras para luego salir a hombros por la puerta grande de Las Ventas. Al Sexto califa lo degusté en un festival hace menos de seis años en Navalcarnero mientras arrastraba la pierna por una dolencia de tobillo y fue capaz de enjaretar una de las mejores tandas de naturales que he visto en la vida.

¿Qué cautiva entonces del toreo frágil? Creo sinceramente que estos diestros, aparte de la emoción propia de su capacidad artística suprema, añaden una componente de emotividad a su labor que es clave para entender los adentros de la tauromaquia. Es una especie de subconsciente que conecta con el público que han tenido grandes figuras en tesituras distintas y que al final es clave para entender la componente trágica que tiene la tauromaquia, un espectáculo donde nunca es cierto que el hombre se juega la vida por dinero, sino por su necesidad de expresarse. Quien tiene el gusanillo del toreo dentro lo sabe. Algo similar ocurre con el flamenco. La potencia y la claridad de la voz del cantaor no es garantía de éxito, por eso emociona sobremanera un cantaor de voz rajada al que vemos con apuros para terminar un compás o para alcanzar un determinado tono. Ahí la emoción y el arte se unen con lo emotivo y es entonces cuando aquello es una caldera de sensaciones (ver vídeo Camarón de la Isla en el Rocío al final de su carrera).

La clave de Manolete o de Belmonte, toreros frágiles ambos y padres de la tauromaquia tal y como la entendemos, residía en la conexión emotiva con los tendidos. Belmonte fue el líder de una España que quería resucitar tras las primeras décadas del siglo XX. Su imagen sobría, su carácter enfermizo, su mente revuelta, su timidez, conectaron con el público no sólo porque revolucionara el toreo, sino porque supo aportar el matiz emotivo a sus faenas. Su pasmo, su torear como se es, su filosofía. Y de Manolete pues sobran las palabras a la hora de identificar el carácter emotivo de su trayectoria. Su fragilidad, la misma de aquella España; su tristeza, la misma de aquella España consiguieron junto a su toreo distinto ejercer el elemento de conexión clave que nunca tuvieron Pepe Luis, Dominguín, Lalanda, Ortega, Arruza ni otros toreros figuras de la época. Por eso es clave esa emotividad de los toreros frágiles, por eso me emocionan los toreros que aportan algo más, que suman el misterio y una aureola distinta. Por eso me gusta Antoñete y su recuerdo cigarro en mano, tosiendo y casi sin respirar. El Antoñete de tandas de tres porque no le cabían más en el corazón. Pero qué tres. La tragedia, tan antigua como nuestra cultura de raíz greco-mediterránea, al servicio del espectáculo. Cuánto tienen que aprender del toro y de la vida algunos de  los pegapeses que hoy se llaman figuras.

Porca miseria

1992. La Feria de Sevilla estalla en el año de la Expo. Canorea prepara el serial más largo de la historia con motivo dela ExposiciónUniversal.Se habla de grandes exclusivas con Curro Romero. Ortega Cano y Rincón son dos de los toreros del momento por sus triunfos en Madrid. Se recupera a toreros veteranos y se les da un buen sitio. Manolo Cortés, José Luis Parada, Ruiz Miguel, Niño dela Capea, los hermanos Campuzano y Ojeda alternan con valores de reciente alternativa como Finito, Pareja Obregón, Ponce, Antonio M. Punta o Espartaco Chico. Del centro hacia arriba del escalafón están casi todos: Espartaco, Emilio Muñoz, Aparicio, Roberto Domínguez, Manzanares, Mendes, entre otros. Se anuncia una feria con 28 festejos, 21 corridas de toros, una de rejones y seis novilladas con picadores.

Uno de los días clave del serial es el 1 de mayo, festivo del trabajador. Por la mañana, novillada, Chiquilín, de Córdoba; Chamaco, de Huelva, y Joaquín Díaz ‘Cuqui de Utrera’. Por la tarde, corrida, José María Manzanares, Capea y Ortega Cano, uno de los carteles de reventón de la feria. Rafael Chiquilín llega a la plaza un cuarto de hora antes de las 12:00, hora prevista para el festejo. Va con ilusión. Finito ya ha tomado la alternativa y él tiene que recortar distancias como sea. Aunque está en distinto escalafón sabe que Sevilla le puede solucionar el tramo final de su carrera de novillero y enfocarle hacia una alternativa de postín. Chiquilin lo sabe y espera impaciente en el patio encalado con ribetes albero y rojo carruaje dela Maestranza. Doshoras después tiene en su haber dos orejas, uno a cada uno de sus novillos. Está a punto de salir porla Puertadel Príncipe, pero los dos trofeos son más que suficientes para él. Lo llaman de Televisión Española. “Oye, Rafael, que esta tarde tienes que estar en el callejón, que te vamos a entrevistar durante la corrida televisada”. Rafael no cabe en sí de gozo. Son otros tiempos. En el 92, en una de las corridas del año, Chiquilín explicará su triunfo. Aquello vale un Potosí.

 

Por la tarde, el torero recibe felicitaciones a cada paso. La plaza está llena. El otro día me contó mientras cenaba con él que nunca se sabe cuál es la suerte en el toreo. Y refería este hecho porque a su suerte se sumó una desgracia. Manuel Montoliú, torero de la cuadrilla de Manzanares se perfila para banderillear a ‘Cubatisto’, de Atanasio Fernñandez y resulta prendido de forma aparatosa. Chiquilín presencia la cogida mortal con la congoja de quien reconoce la suma gravedad del lance, pero no imagina el desenlace. Pese al horror de lo sucedido, él está a lo suyo. Espera a la televisión. Y esperando se quedó. Porca miseria, le dije el otro día cuando me contó los pormenores de aquella tarde. Su suerte de por la mañana quedó empañada por la tragedia de la tarde. Por la mala suerte de otro. A la italiana, es la mejor definición de la porca miseria. Chiquilín me contó que aquella feria apenas hubo triunfadores y que él se llevó casi todos los triunfos, aunque el suyo, aquel día, quedó empañado después de que Federico Arnás comunicara en directo que Montoliú (ver Cogida de Montoliú en Sevilla.)- había fallecido por una cornada en el corazón. Porca miseria.

Justo dos años más tarde, Vicente Barrera, novillero entonces desconocido, abrela Puertadel Príncipe y su carrera se lanza de tal manera que prácticamente le hace andar en la cabeza del escalafón tras la alternativa durante varios años. A su mérito en Sevilla suma otros, pero su carrera ya va enfocada desde aquella tarde del 94. Entre el 95 y el 99 suma entre 65 y 80 corridas de toros. Todas en figura y sin volver a triunfar en Sevilla ni hacerlo en Madrid. Es la cara de la moneda. La cruz, una cruz con triunfo, es Chiquilín. ¿Qué habría pasado si el toro no mata a Montoliú? Aquél día se perdió algo más que la vida del torero valenciano. Porca miseria, amigo Rafael.

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