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Cuarteles de invierno

Es en estos cuarteles de invierno donde perdura la fiesta. Donde la cartelería, la fotografía, y los enseres de la lidia, a modo de candelería, mantienen la pasión. Rescoldos de fiesta, panoplias de arte, en definitiva; el ajuar taurino al que se le rinde culto, como ofrendas de un rito efímero en un empeño de eternidad.

Juan Carlos Cabrera Jiménez: Historiador

Aunque la fiesta con toros tiene un escenario propio, es en las peñas taurinas donde se mantiene viva en el recuerdo, cuando no brillan los alamares ante la ausencia de festejos.

Estas agrupaciones taurinas están más cerca de lo religioso que de lo militar, que sí posee la pasión deportiva. Porque incorporarse y ser partícipe de una actividad deportiva es una señal de progresismo, que infecta nuestro léxico con anglicismos y costumbres ajenas, además de ser una terapia de grupo que genera violencia, ajena al hecho deportivo. Hoy día el politeísmo del fútbol produce en el grupo un espíritu de milicia, altamente agresivo, que está degenerando y empañando el espectáculo deportivo. Estos colectivos pasionales comparten similitudes pero es significativo que los deportivos se enfrenten no sólo en el estadio sino que llevan la disputa fuera del recinto. Y que en sus filas no se potencia el noble espíritu deportivo y sí, una eterna lucha de contrarios como Heráclito postulaba. Por el contrario, el taurino que posee un lenguaje propio, es un «voyeur» estético, desde el paseíllo hasta el arrastre del último toro, con una pasión contemplativa, artística y casi mística. Y asimismo, fuera de la plaza, refuerza su capacidad evocadora de percepciones y sensaciones en un entorno lleno de reflejos, exvotos, relicarios y fetichismo taurino, dentro de esa constante de las artes tendente a imitarse entre ellas en un ambiente barroco y devocional.

Pero no olvidemos que en el coso también se producen incidentes que son recriminados por el «respetable», el cual hace honor a su apelativo. Esta es la norma, pero otras veces tiene que intervenir la autoridad en defensa del torero, el cual no hace honor a su calificativo de matador y el público se pone de parte del toro que no merece tan infame trato. Y es que, en la fiesta, el aforo también participa y tiene su derecho para otorgar los trofeos, como a amonestar al torero, pero siempre dentro de unos cauces éticos que por sí prevalecen. Por este motivo en las crónicas taurinas se reflejan tanto la «entrada» como el comportamiento del público tras la muerte de cada toro.

¿Por qué no se le ha dado la merecida importancia a estas múltiples y variopintas congregaciones taurinas? Donde en convivencia, se multiplican los fieles y en algún caso se dignan adoctrinar a un torero.

Ya lo apuntaba A. González Climent en 1955, en Flamencología, donde denuncia a la bibliografía taurina, de no tener un carácter pedagógico, por sus preferencias de narración biográfica y por el estudio técnico, ya que ningún torero se ha formado por conducto libresco o académico.

Si admitimos el vociferío del coso por ser el público partícipe del espectáculo, como lo debe de ser en toda fiesta, debemos tener presente que no hay cultura sin diálogo. Y como decía Bergamín «el toro no piensa; da que pensar» es, por tanto, en estos lares donde la tertulia de aficionados evoca el rito.

Es en estas ágoras místicas, donde se premia y descalifica todo lo concerniente al toro; pero se da la característica de que en las peñas taurinas se acoge generalmente la advocación de algún otro diestro, teniendo sus objetos de culto, los cuales adoran como testigos materiales de su arte. Esta particularidad, de una misma fe pero con distintas expresiones a la hora de demostrar la devoción, es un hecho que comparten tanto las cofradías de nuestra Semana Santa, como las peñas taurinas; pero con una diferencia, las cofradías tienen objetos–símbolo, nunca fetiches ni reliquias.

El toreo es también una actitud espiritual que requiere una vida de contemplación, en la que surgen devociones, adhesiones y por supuesto peregrinaciones. Para comprender las similitudes entre la religiosidad y los toros, tenemos que citar el libro de Ramón Cué,Dios y los toros, donde el autor, por su doble condición de sacerdote y aficionado, justifica la comunión entre Dios y los toros.

Es un hecho curioso que el orbe taurino coincida con el de la cristiandad, pero no debemos extrañamos de que un rito pagano tenga una liturgia sacramental. Esta liturgia estaría basada, según nos explica J. Mª. Requena en su libro Gente del toro, en la necesidad de que esos moldes esotéricos, excepcionales y pasmosos, contengan la osadía que nos trasmite la lidia y que puede provocar la fiebre y el delirio en el público. Por tanto, hacen falta unos cánones, una estética, unos rigores, para que no se malogren los ritos en la expansión de los caprichos. Y así le nacen al toreo sus bridas ceremoniales, que incluso como hemos visto se mantienen en las peñas taurinas y no en otros colectivos como se denota en su comportamiento.

A las peñas taurinas se acude frecuentemente, y en determinadas fechas es casi obligatoria la asistencia. Al aficionado le place hablar de toros y unos días son de recogimiento y dolor, pero en otros es el dios Baco, el que preside la alegría. Y no otro, como si él, desde el olvido, quisiera recordar sus años de juventud en la única fiesta ritual que pervive desde la antigüedad.

Y si la fiesta continúa, no olvidemos lo que decía Santiago Amón, que si la fiesta es derroche, no hay mayor fiesta que la de los toros, en la cual se derrocha la vida que es lo más preciado que tenemos. Pero sin olvidar que la cultura es un producto del ocio y de la tertulia que se manifiesta en sus expresiones, escritas o consuetudinarias, y es aquí, en las peñas, donde se le rinde homenaje cuando no suenan los clarines. Con una actitud siempre regida por la afición, con empeño de engrandecer la fiesta para la eternidad y el gozo de los mortales y nunca para el reconocimiento propio.

 

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