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El que es nombrado en el abrazo

Algunas reflexiones e imágenes sobre lo que ocurre en la plaza de toros y el sentido de la tauromaquia, surgidas a raíz de la impresión causada por el toreo y figura de José Tomás.

Ignacio Collado de la Peña.

EL NOMBRE

Cuando un padre le pone su mismo nombre a un hijo, le niega en principio la diferencia. En el caso de José Tomás, siempre se habla del abuelo.

«Tiene nombre» es una expresión popular para designar a quien es socialmente conocido. Pero el nombre, el nombrar, corresponde simbólicamente al padre y tiene que ver con el reconocimiento. «Tiene cartel» es otra expresión de carácter similar pero que incorpora otros matices. Negociar el nombre de un diestro en el cartel es tarea de esa figura paterna que en el mundo taurino es el apoderado (representa al torero y negocia el dinero). En José Tomás hasta la fecha hay tres apoderados, figuras que además ayudan a definir su evolución como torero: el abuelo Celestino, Antonio Corbacho, y Salvador Boix.

EL TRAJE DE LUCES

El torero (cualquier torero) sale al ruedo vestido de Primera Comunión. No de bailarina, como se ha dicho, porque es un niño (asexuado) o, mejor, una promesa de hombre, una promesa de ser (la comunión es, para los católicos, comerse el cuerpo del que se ha sacrificado).

Cito a María Zambrano en Claros del Bosque:

«Mediadora la carne entre el esqueleto y la vestidura».
«La condición carnal aparece siempre revestida».
«Le está negado al hombre por la naturaleza toda investidura, plumas, pelaje, escamas, el lujo al fin. Ese lujo en que el animal feliz, sólo por ello se encuentra asimilado al cosmos…»

El traje de luces cumple de alguna manera con esa investidura. Cuerpo de luz (asimilado al cosmos, que es el conjunto de plaza y público constelados) y que toma el cuerpo del toro-sombra.

Muy a menudo he visto el traje de luces como una representación del interior del cuerpo, quizás éste invierta el sentido, como dándole la vuelta a un calcetín: esqueleto el traje, carne el toro, vestimenta el cuerpo. La ornamentación vegetal del arte oriental, tan presente en Andalucía, y que ha inspirado el bordado de no pocos trajes de torear, remite simbólicamente a lo que las escuelas mistéricas llaman el cuerpo vegetal del hombre y en el que los chakras representan las flores de ese árbol.

EL TORO Y LA PLAZA

Cuando el torero sale a la plaza atrae sobre sí la conciencia del colectivo y, con la energía que se genera en ese hecho vincular, efectúa el intercambio con el toro. Sin embargo, el toro (que representa el inconsciente, la sombra) encierra energía masculina y también femenina. De manera que el torero debe reunir las dos en sí mismo para serse, para encarnarse.

Hay que calentar el sexo del padre y excitar el deseo de la madre.

El público, además de la inteligencia del inconsciente colectivo, proyecta también el deseo.

Por otra parte, en el cuerpo del toro se manifiesta el poder de la materia, de la tierra, de la fuerza femenina primitiva de la naturaleza.

LOS TROFEOS

Las orejas son símbolos femeninos (ovarios: recuérdese los nacimientos mitológicos por la oreja; por ejemplo, Gargantúa que viene al mundo por la vena cava y la oreja siniestra). El oído es un sentido femenino, de recibir. La entrega de dos orejas y el rabo simbolizan la entrega de los atributos femeninos y masculinos. Reunidas esas dos fuerzas el torero se hace a sí mismo, se nace simbólicamente en la salida por la puerta grande.

JOSÉ TOMÁS. HNombre

El torero es una promesa de ser aún no encarnado y, si no eres, el toro no te puede matar.

Las cogidas son una especie de entrenamiento para recibir el cuerpo. Son escritura, palabra para hacerte: verbo.

José Tomás entiende esto como nadie y fundamentalmente lo actualiza a nuestra contemporaneidad; por eso el público, el colectivo, lo apoya, lo revela. Quizás sea el sitio donde se pone, dominando la escena (colectivo-cosmos), esto le permite encontrar desde el principio la comunicación con el toro. Adelanta el momento de darle muerte, al arrebatarle rápida y contundentemente el sitio. Torea atornillado al suelo y vertical. Al desplazar tan pronto al toro, lo feminiza enseguida. Una especie de Don Tancredo que desea abrazar al toro o quizás ser abrazado por éste. Don Tancredo es una sombra blanca, una estatua, una figura de hielo inmóvil que anhela movimiento y calor.

Es un torero escritor, un intelectual en la plaza, pero no al modo de Sánchez Mejías, que utilizaba por separado las dos habilidades. José Tomás crea continuamente lenguaje, inventa, construye imágenes. Tiene la pulsión del creador y para ello dispone de la mejor herramienta de representación conocida: la Tauromaquia. El toro-sombra saca a escena toda la parte oscura inconsciente: miedos, debilidades, deseos… con una verdad que es la de la propia vida: si mientes, mueres. Física o simbólicamente, pues dejas de representar el deseo del inconsciente colectivo, y como tal dejas de existir, de ser nombrado. Desaparece toda posibilidad de encarnadura1.

Lo que sujeta a José Tomás al suelo como si estuviera atornillado, es la raíz, el árbol genealógico inverso que contiene a todos los toreros que le han precedido toreando sobre esa arena. De eso, además del valor masculino que se extrae de la bravura del toro (el secreto del padre es lo que impulsa la savia y hace que pase por el árbol de uno a otro). La bravura es el secreto de lo masculino fértil.

José Tomás niega la televisión, porque ésta niega la escritura, el cuerpo. Multiplica el punto de vista, negándolo. Resta verdad y adorna demasiado. Niega el ritual, rebajándolo a espectáculo, pues el ritual sólo puede suceder en la plaza y rememorarse a través de la «escritura» o la palabra en un sentido amplio (podría ser una crónica televisiva). El punto de vista debe de ser único en lo individual y circular, global en lo colectivo (todos poseemos todos los puntos de vista). La televisión niega esos espacios, e imposibilita reconocer los terrenos del toro y el torero.

En la corrida, se mata en el centro de la plaza (la plaza como una especie de gran mandala con una cruz en el centro –espacial y ritual– fruto de cruzar muleta y espada). El cuerpo del toro es sacado del ruedo, e inmediatamente, tras los clarines (especie de soplo o aliento de ánima), vuelve a salir vivo, como en el mito de la serpiente que se devora a sí misma y reaparece cuando ha completado de devorarse. Ese círculo es el relato.

Con la cornada «mortal» que recibe José Tomás en Aguascalientes (México) se hace literal aquello que ocurre simbólicamente en cada corrida. Allí mismo dieciséis espectadores donaron su sangre. Al salir del hospital, el diestro comenta que es mexicano porque corre sangre mexicana por sus venas. Seguramente el que salió con una cogida «mortal» por la enfermería, vuelva a salir a la misma plaza múltiple y vivo. Los americanos necesitaron crear en su imaginario la figura del superhéroe porque no tenían toreros (que toman del toro su fuerza y divinidad). José Tomás no es un superhéroe, es un HNombre: el que es reconocido y en ese abrazo es nombrado.

José Tomás es una especie de Fernando Pessoa de la Tauromaquia, porque en el encuentro con el toro cada vez es uno diferente, es múltiple. Por su capacidad para dominar las fuerzas transpersonales y trascender el arquetipo, se le podría identificar, desde la astrología, como un claro ejemplo de canalización de la energía plutoniana y marciana del colectivo. Cito a Eugenio Carutti: «Una imagen arquetípica que puede formarse del contacto entre Plutón y Marte desde el lado masculino, es la del kamikaze: una energía destructiva que se descarga sobre algo, pero con una finalidad trascendente. No importa si esto es racional o no. La sensación es que el kamikaze actúa por algo que le trasciende completamente y el sí mismo se convierte en una acción potentísima que no tiene límites». Podríamos decir que torea en un estado alterado de conciencia..

La vida da terror porque al mirarla de frente se le ve la muerte de la mano. Cuando José Tomás torea, en su honestidad, esto es una evidencia, algo que no necesita ser explicado con palabras, porque la palabra se da en el hecho en sí, es revelada.

«Se ha llegado a decir que salgo a la plaza para que me mate un toro, y esa es una de las barbaridades más grandes que he escuchado; yo toreo para vivir y no para morir» (José Tomás).

  1. La RAE define encarnadura como la «acción de encarnarse». Y me sorprendo al encontrar reunidas estas dos acepciones del término encarnar: «Dicho de un espíritu, de una idea, etc..: Tomar forma corporal. Dicho de una saeta, de una espada o de otra arma: Introducirse por la carne.»

 

 

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