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El quietismo estético de Robert Bresson y José Tomás

Daniel V. Villamediana: Director de cine

Sólo el alma que aprende a desencarnarse puede desvelar el enigma del quietismo estético1
(Ramón del Valle Inclán)

El director que sabe jugar con las sombras y no se pierde en la aparente belleza de la luz, de lo sobreexpuesto, del subrayado constante, es quien hace cinematógrafo, porque el exceso de luz ahuyenta lo oscuro, de donde surge el misterio. El director debe saber esperar y controlar al toro-imagen, no ir tras él desbocado. Hay que observarlo con distancia pero sin perder de vista el fin último, que es mostrar la existencia de ese misterio, que dice que lo quieto puede ofrecer más que lo activo. El movimiento entonces se reduce a su esencia, al ritual. Es un movimiento no para desplazarse físicamente, sino espiritualmente. Es el movimiento quietista del director de cine Robert Bresson y del torero José Tomás, dos artistas para los que la contención es la materia esencial de arte. Y eso es lo que hace José Tomás, no moverse, esperando a que el toro arremeta para que cuando se produzca el enfrentamiento, siempre en los «medios» (espacio del ruedo donde se mide la valentía del torero, porque allí está desprotegido, dispuesto a ser aniquilado por la imagen caótica), el torero se vea en la obligación, por su vida y por su dignidad, de realizar los movimiento más imprescindibles, sirviéndose de un minimalismo atroz (es su vida la que está en juego) que busca desesperadamente la perfección, que es la ausencia de retórica, de exceso, y el encuentro con la muerte para alejarla de uno, no con un brutal enfrentamiento o con una exhibición de medios técnicos o visuales, sino con un desliz, con un «estatuario», poético requiebro, un ligero paso casi de indiferencia, una elipsis entre lo que viene y lo que marcha. Entonces surge una pregunta: ¿Qué ha ocurrido entretanto, cómo ha logrado librarse José Tomás de esa embestida brutal sin apenas moverse? No lo sabemos, pero son instantes en los que el espacio entre toro y torero se convierte en algo infilmable porque no hay distancia entrambos. El roce es perfecto, trágico.

El torero, frente a frente con el toro, plantea la estética de la inmovilidad, del temple, que surge «cuando logra ajustar el ritmo de la muleta, cuando lleva las telas a centímetros del morro del animal, su toreo es de una lentitud y una armonía de asombro; se pierde la idea del tiempo y se entra en la sensación de eternidad»2. La misma eternidad que fluye por cada uno de los planos del cine de Bresson, que alarga el tiempo de una acción fragmentándola en planos detalle, ralentizándola (el ejemplo paradigmático lo vemos enPickpocket) para mostrar la intemporalidad del instante.

En ese arte, José Tomás, director del ruedo, de la puesta en escena, es el único representante actual que sigue los dictados de la inmovilidad, del quietismo. Su actitud es la espera. No va tras el toro, tras las imágenes, porque sabe controlarlas. Él aguarda, no exhibe inútilmente. Tiene un planteamiento depurado, ascético. Da pasos con precisión, absorbiendo las acometidas del toro, que es el mundo desbocado de las imágenes, el caos en el que tantos cineastas se pierden. José Tomás, al igual que Robert Bresson, es preciso, limpio, contundente, porque no sobra nada, nada falta. La imagen debe hablar por sí sola, por muy fugaz que sea.

José Tomás es un modelo bressoniano. No gesticula, no teatraliza. Apenas habla porque nada tiene que contar, nada que expresar que no sea a través de sus medidos movimientos, en un aparente mecanicismo que supera la propia técnica, al limitarla a su esencia, a su mínima expresión, igual que los actores dirigidos por Bresson, rígidos, inmóviles, pero transmisores de emociones perturbadoras, igual que José Tomás en la plaza.

José Tomás se mueve como el protagonista de Pickpocket, con la mirada fija en su objetivo, en el robo, en el robo de la vida del toro, con precisión y con nobleza, con un arte refinado que fluye como una danza, como una orgía de tenues movimientos. Forma parte de los artistas que se sirven de su inmovilidad, de su acción desapercibida. Parece que no actúan cuando en realidad están ejerciendo el supremo movimiento. La sutilidad hecha arte, el quietismo estético, que no significa estar parado, sino moverse en silencio. El silencio de las formas, que es el grito del alma.

Si Bresson hubiera rodado una de las corridas de este torero, sin duda alguna habría aplicado su método –deconstruyendo los gestos del matador– y tan sólo nos hubiera mostrado sus pies arrimados al toro, dónde reside el talento de José Tomás, genio de la distancia. Y quizá nos hubiera enseñado el giro de la muñeca del torero, siguiendo el curso de la imagen, del toro de lidia.

José Tomás en Córdoba. Mayo 2008

José Tomás. Córdoba, mayo 2008 (foto: José Martínez. El Día de Córdoba)

1. Valle-Inclán, Ramón, La lámpara maravillosa, Espasa Calpe, Madrid, 1995, p.155.

2. Villán, Javier. Claves rituales de un enigma, Editorial Calabur, Madrid, 2002, p. 29.

 

 

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