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El tercio de varas: su evolución

Rodeada de una controversia constante, la corrida de toros ha logrado llegar al siglo XXI gracias a su capacidad de adaptación a la sociedad de cada época.

Eduardo Pérez Rodríguez: Catedrático de Ciencias Exactas de la Universidad de Granada
Nº20
Opinión y ensayo


Bibliografía

Areva. El peto protector de los caballos. El Ruedo nº 648 (27 de noviembre de 1956). Barona Hernández, Luis F. y Cuesta López, Antonio E. Suerte de vara. Ed. Diputación Provincial de Valencia. Valencia 1999. Barona Hernández, L ; Cuesta López, A y Montero Agüera, I. ¿Cumplen las puyas su misión? Revista de Estudios Taurinos nº 9. Sevilla 1999. Boletín de Loterías y Toros nº 8. Reglamentos de la plaza de toros de Córdoba 1861, 1881 y 1906. Córdoba 1995. Campo Jesús, Luis del. Pamplona y Toros. Siglo XVIII. Gráficas Navasal. Pamplona 1975. Cossío, José Mª de. Los toros: tratado técnico e histórico. Espasa Calpe, S.A. Madrid 1967. Delgado, José (Pepe Hillo). Tauromaquia o arte de torear. Ediciones Turner. 1982. Fernández Sanz, J; González-Camino, J. Estudio de las lesiones producidas por la suerte de varas en la segunda parte de la Feria de San Isidro de 1998. Revista de Estudios Taurinos nº 9. Sevilla 1999. Garrigues, Felipe. Abriendo el compás. Alianza Editorial. Madrid 1995. Luján, Néstor. Historia del toreo. Ediciones Destino S.A. Barcelona 1993. Marcet, F. Tercio de varas. Opinionytoros.com. 2006. Montero Agüera, Ildefonso. Origen y evolución de los trebejos utilizados en tauromaquia. Servicio de publicaciones de la Universidad de Córdoba. Córdoba 1995. Ortiz, Santi. Lances que cambiaron la Fiesta. Ed. Espasa-Calpe S.A. Madrid 2001. Romero de Solís, Pedro. Recensión sobre el libro Suerte de vara. Revista de Estudios Taurinos nº 10. Sevilla 1999.

Desde que, hace unos ciento cincuenta años y de la mano de los viajeros románticos, comienza a surgir la sensibilidad animalista, el punto crítico de la polémica, y de la evolución subsiguiente, ha sido la suerte de varas, primero centrándose en la crueldad hacia los caballos, y después, una vez atajada aquella, en la crueldad hacia el toro.

A pesar de ello, hoy día hay un desajuste evidente entre esta suerte y la sensibilidad social imperante: los antitaurinos focalizan en ella sus feroces críticas, los aficionados abominamos de su estado actual, y el público, que costea todo el espectáculo, protesta y pide el cambio de tercio nada más aparecer los picadores en el ruedo. La suerte de varas presente no tiene ni sentido, ni defensa posible, sólo está sostenida por la obstinación de los lidiadores profesionales que se niegan a evolucionar (¡nada nuevo bajo el sol!), y con esa rigidez los picadores galopan hacia su extinción, sin querer darse cuenta del tremendo daño que le están haciendo a la corrida de toros en conjunto.

El objeto de esta ponencia es la descripción de la evolución sufrida por la suerte de varas desde el inicio de la corrida de toros moderna hasta su lamentable presente, con la esperanza de poder extraer algunas ideas sobre su adecuación a la sensibilidad actual, y por tanto sobre su revitalización.

Aunque también se tratarán los temas de las puyas, de los caballos y de los petos, creemos mucho más interesante el análisis de la forma de actuar de los picadores, pues de ella depende todo lo demás.

Comenzamos con la descripción del desarrollo actual de la suerte de varas en cualquier plaza de segunda categoría y en casi todas las de primera:

  1. El picador montado en un caballo percherón, provisto de un extenso y pesado peto, se coloca tangencialmente a la circunferencia de cal más próxima a la barrera, y junto al belfo del animal se ubica un peón. Observen al caballo: va cegado, atronado y, aunque no salte a la vista, «sedado».
  2. El toro es colocado perpendicularmente al caballo en la otra circunferencia. El equino avanza unos pasos en la dirección de la raya para provocar la embestida, y si esta no se produce el subalterno de la cabeza agita su capote para provocarla. Lograda la embestida, el choque tiene lugar en la panza del caballo, aproximadamente, en la zona del peto donde cuelga el estribo.
  3. Una vez producida la colisión el picador coloca la puya detrás del morrillo (a veces muy atrás) y un poco caída, amparándose en la dificultad de acertar en la diana cuando blanco y tirador están en movimiento.
  4. Simultáneamente el caballo (¡porque sabe torear!, dicen los entendidos) echa todo su peso sobre las humilladas astas del burel para así aguantar mejor su empuje, e inicia, instado por la única espuela que lleva el picador (en su pierna izquierda), un lógico giro hacia la derecha envolviendo al toro («carioca»). Merece la pena que, como espectadores, además de observar la pierna izquierda del picador, presten también atención a su mano izquierda, la que maneja las riendas.
  5. Así, con el animal entregado, totalmente aturdido por lo que se le ha venido encima, y sin saber cómo salir de allí pueden pasar varios minutos en los que el picador además de apretar la vara, suele mechar y barrenar, hasta que, histriónicamente, el matador le ordena que cese.
  6. Cesa la actividad punzante pero el toro sigue un tiempo más con el caballo encima hasta que alguien mete un capote y lo saca. Cuando el burel sale del grupo es muy frecuente que doble las manos midiendo el suelo e incluso que se desmorone. Bronca del público y de nuevo teatralidad del bueno de la película solicitando el cambio de tercio, que el presidente suele apresurarse a conceder, para evitar desagradables protestas y devoluciones a los corrales.

¿Tiene todo esto alguna lógica? ¿Es necesaria la suerte de varas? ¿Puede alguien disfrutar con ese espectáculo? ¿Cómo hay aficionados que piden tres entradas al caballo? ¿Tiene forzosamente que desarrollarse así?

SOBRE LA NECESIDAD DE LA SUERTE DE VARAS

Por noble que sea un toro de lidia, para poder matarlo a estoque es necesario que su terreno haya menguado lo suficiente para permitir la proximidad del matador, que sus derrotes hayan perdido fuerza y violencia, y que su cabeza se haya descolgado.

Hay, pues, que lesionar los músculos responsables de esos movimientos, que no son otros que los que constituyen el morrillo, la «pelota» que lucen los toros de lidia en la parte superior de su cuello. Ello sólo se puede lograr desde arriba, a caballo, y con la pica.

Antiguamente, cuando lo importante era la estocada, la de muleta era una faena auxiliar con la que se terminaba de preparar al toro, pero hoy es la faena esencial del espectáculo, en la que se requiere brillantez y no eficacia: el toro ya debe llegar a ella con el terreno recortado y con la cabeza ahormada por lo que la lesión en el morrillo es hoy más necesaria que nunca. Sin la suerte de varas serían totalmente imposibles las faenas de muleta del gusto actual.

Para conseguir los efectos descritos, es evidente que la puya debe colocarse en la «pelota», y no más atrás. Entonces ¿por qué son tan frecuentes los puyazos traseros? Para encontrar una respuesta hay que analizar las lesiones que causan, y eso constituiría una lección de anatomía para la que este autor no está capacitado; pero lo que a nadie escapa es que el morrillo constituye una almohadilla muscular protectora de la columna vertebral del toro, y que picando trasero, donde dicha columna queda a flor de piel, se ocasionarán daños óseos y lesiones al sistema neurovegetativo del animal. Incluso picando en la cruz, colocación que hoy se tiene por adecuada, ya se están dañando músculos responsables del movimiento de las extremidades anteriores.

En definitiva, los puyazos traseros no ahorman la cabeza del toro, sino que dificultan su movilidad y sus funciones vitales1. Ya en 1861 se sospechaba algo de esto, y las «Reglas generales para la buena presidencia y dirección de las plazas de toros», reglamento local para la plaza de toros de Córdoba, rezaban:

«Se considerará de mala ley todo garrochazo que no esté puesto en el morrillo: deberá imponerse una multa al picador que despaldille a un toro».

Y en la actualidad, que está documentado científicamente, como leeremos después, el reglamentador sólo recomienda que «la suerte se efectúe preferentemente en el morrillo».

En cuanto a los puyazos caídos a un lado u otro del toro, pueden tener alguna justificación excepcional cuando están en el cerviguillo2, pero ninguna cuando son traseros pues sus efectos son mortíferos (provocando p.e. perforaciones de saco pleural).

La enorme frecuencia con la que los puyazos se colocan mal nos hace pensar en que los efectos buscados por los lidiadores son inconfesables.

Vista la necesidad de la suerte de varas, y su colocación adecuada, continuemos indagando sobre la forma de realizarla.

¿CÓMO ESTÁ REGLAMENTADA?

Reproducimos literalmente los párrafos más importantes del largo y farragoso artículo 54 del vigente Reglamento Taurino de Andalucía:

2) Cuando el picador se prepare para ejecutar la suerte la realizará obligando a la res por derecho, sin rebasar el círculo más próximo a la barrera. No se podrá adelantar ningún lidiador más allá del estribo izquierdo de la montura del caballo.

3) La res deberá ser puesta en suerte por el espada de turno sin rebasar el círculo más alejado de la barrera. En ningún momento, los restantes profesionales de lidia intervinientes y mozos de caballos podrán colocarse al lado derecho del caballo.

4) Cuando la res acuda al caballo, el picador efectuará la suerte por la derecha y, preferentemente, en el morrillo,…, quedando prohibido barrenar, tapar la salida de la res, girar alrededor de la misma, insistir o mantener el castigo incorrectamente aplicado. Si la res deshace la reunión, no se podrá consumar otro puyazo de forma inmediata. Deshecha la reunión de la res con el caballo de picar, los lidiadores deberán conducirla fuera de los dos círculos concéntricos para, en su caso, situarla nuevamente en suerte. A tal fin, el picador deberá conducir hacia atrás el caballo antes de volver a situarse para ejecutar un nuevo puyazo. De igual modo, actuarán los lidiadores cuando la ejecución de la suerte sea incorrecta o se prolongue en exceso, a juicio del espada de turno.

9) Los monosabios se consideran auxiliares del picador y, a estos efectos, podrán ir provistos de una vara o fusta para el desempeño de su labor. A tal fin, a los monosabios les estará prohibido:

a) Usar la vara para adelantar el caballo al objeto de tapar la salida natural de la res.
b) Sobrepasar la situación del estribo izquierdo del picador actuante.
c) Situarse al lado derecho del picador ni colocarse en esa dirección.
d) Agarrar a los caballos por los bocados durante la ejecución de la suerte de varas, salvo peligro inminente para el picador.

En este artículo hay preceptos, los relativos a las rayas de picar, cuyo cumplimiento es controlado rigurosa e insistentemente por el público, pero otros pasan desapercibidos, por ininteligibles, incluso para los burócratas encargados del cumplimiento de la reglamentación taurina, para algunos aficionados, ¡y hasta para el legislador que los redactó!, p.e:

— ¿Qué significa ejecutar la suerte obligando a la res por derecho?
— ¿Por qué se prohíbe que nadie se adelante al estribo izquierdo? Si todos se colocan delante de la cabeza del caballo ¿qué sentido tiene esta prohibición?
— ¿Y la prohibición de colocarse a la derecha del picador?, una vez colocado el toro en suerte ¿acaso no es absurdo que el lidiador a pie se sitúe entre el toro y el caballo?, entonces ¿por qué prohibirlo?
— ¿Cuál es la salida natural de la res?

Hay muchas más preguntas pero, por ahora vamos a limitarnos a éstas.

Para indagar sobre ellas es necesario ignorar la forma habitual de practicar la suerte que nuestros ojos ven a diario, y especialmente la imbatibilidad del piquero, pensemos con racionalidad todos los detalles de la actuación del picador montado en un caballo vulnerable. El varilarguero ha de producir una herida en el morrillo del toro aguantando su embestida a caballo parado, y lo lógico es que lo haga de forma que se aminore la, muy elevada, probabilidad de resultar derribado. Tengamos en cuenta los recursos de los que dispone el picador y fundamentalmente sus limitaciones.

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Suerte de picar actual.

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Suerte de picar antigua.

¿Cómo debe presentarse? ¿de frente o de costado? Imagine que gobierna un barco, y que otra nave se apresta a embestirle, ¿le ofrecería su costado, para que así el blanco fuese mayor y le volcase e incluso le partiera por la mitad? o ¿procuraría ponerle la proa?, pues lo mismo ocurre con el caballo: es mucho más inestable y vulnerable frente a los empujes laterales, y por ello ¡habrá que presentarlo de frente! Además, en esa posición, la postura del jinete armado con su vara larga es mucho más natural y por tanto más sólida, sin el escorzo al que obliga la recepción lateral de la embestida.

La presentación lateral de la cabalgadura es totalmente irracional y sólo puede entenderse desde la plena conciencia de la invulnerabilidad. Sólo se presentará así «la acorazada de picar», en términos de Joaquín Vidal, y no un picador.

¿Cuándo se ha de clavar la puya? No se puede esperar a que el toro llegue a la cabalgadura, pues en ese momento ya estaría derribando, hay que intentar detenerlo, o al menos frenarlo, con la vara cuanto antes. Es decir habrá que echar por delante el palo y clavarlo en cuanto el toro baje la cabeza para lanzar la cornada y desde allí empezar a oponerle resistencia. El espectador puede apreciar esa oposición por la curvatura que produce en la vara. Al igual que los toreros han de adelantar capotes y muletas también los picadores han de adelantar el palo.

Pero por fuerte que sea la resistencia opuesta nunca podrá con la pujanza del toro, que acabará llegando al caballo, hiriéndolo y derribando al jinete,… si no se le desvía oportunamente. ¿Cómo se puede desviar al toro? Evidentemente moviendo el objeto de su atención, que son los pechos del caballo. Lo mismo que el torero mueve los engaños sin dejar que el burel los toque, el picador debe mover los pechos del caballo marcando una trayectoria de salida y templando la embestida. El picador ha de templar simultáneamente con las dos manos, con la izquierda manejando las riendas del caballo, y con la derecha, que maneja la vara, dosificando la presión ejercida sobre el toro.

¿Hacia qué lado hay que mover al caballo? Si la vara está clavada en el toro no queda otra posibilidad que abrir la cabalgadura hacia la izquierda. (¡Todo lo importante en el toreo es por la izquierda!)

A pesar de ese movimiento de los pechos del caballo, llegará un momento en que la cogida será inevitable, a no ser que se interponga algún otro objeto que se lleve tras de sí al astado. Y para eso están los capotes de la infantería, que previamente se habrá apostado en el sitio conveniente: ¡a la altura del estribo izquierdo del picador cuando este se encuentra en la posición inicial! Si estuvieran más adelantados en lugar de facilitar la salida del toro evitarían su entrada al caballo ¡Ya empiezan a cuadrar cosas!

También se entiende por qué no debe colocarse nadie a la derecha del picador: si alguien así lo hiciera, más que favorecer el desvío de la embestida hacia la izquierda del picador, lo estaría obstaculizando, y favoreciendo el encontronazo de toro y caballo.

Después de todos estos razonamientos, pueden ustedes decir de este autor que ha descubierto la pólvora, y así es, pues José Delgado «Pepe Hillo», en su Tauromaquia publicada por primera vez en 1796, ya describía así la suerte de varas a herradura parada:

La suerte de picar de frente a caballo se ejecuta situándose el picador en la rectitud del terreno que ocupa el toro; y luego que este parte y llega a jurisdicción le pone la garrocha en el cerviguillo y abre al mismo tiempo el caballo por la izquierda; y cargándose sobre el toro lo despide por la cara del dicho caballo ó en línea paralela con él. De esta definición resulta que nunca le es lícito al picador ni salirse antes de tiempo, ni atravesarse en la suerte, ni dejar de ver llegar al toro, y faltando a cualquiera de estos preceptos, aunque tenga delante al más claro y sencillo le ha de dar precisamente una cogida.

Tampoco Pepe-Hillo descubre nada nuevo, pues repite lo que ya decía, dieciocho años antes, el varilarguero D. José Daza3, aunque en términos más oscuros, en su libro «Precisos manejos y progresos del arte del toreo», reeditado recientemente por la Universidad de Sevilla y la Real Maestranza de Caballería.

Obsérvese que con este planteamiento táctico de la suerte de varas:

— se pretende evitar el embroque con el toro salvaguardando la integridad del caballo, (¡distinto es que se logre!)
— la duración de la suerte es mínima como la de un capotazo, que al fin y al cabo eso es, pero con el pecho del caballo
— es necesaria la reiteración de la misma pues, en cada entrada, la herida producida en el toro es un leve picotazo
— precisamente por inferirse en pequeñas dosis, se puede ajustar la intensidad del castigo para reducirlo al mínimo necesario.
— los toreros de a pie tienen un papel secundario pero esencial en la realización de la suerte: ellos no se lucen pero sus quites son imprescindibles.
— el caballo empieza de frente al toro y girando hacia la izquierda termina paralelo a la barrera pero por dentro (dejando al toro por fuera)

En cambio, con el planteamiento actual, todo es al contrario:

— se busca el embroque con el toro
— la suerte es larga y tediosa
— las heridas producidas en el toro son muy graves y profundas, mucho más de lo necesario
— los toreros a pie no hacen quites sino «pones» y «dejes» (todo está basado en que metan al toro en el caballo y lo dejen allí)
— el caballo empieza de costado al toro y, girando hacia la derecha, termina paralelo a la barrera pero por fuera, dejando al toro por dentro.

En este aspecto, más parece que la suerte de varas haya sufrido una involución desde 1750 hasta nuestros días.

Esta es la teoría que se aplicaba en el siglo XVIII, y que aún hoy permanece en las reglamentaciones, sin que nadie quiera entender lo que en ellas se dice. Pero

¿CUÁL ERA LA REALIDAD EN AQUELLOS TIEMPOS?

Es muy conocido el dato, extraído de los Anales de la Real Plaza de Sevilla del marqués de Tablantes, de que en el año 1743, la Maestranza compró 33 caballos para picar los 117 toros lidiados esa temporada, y esos mismos caballos figuran después, en la contabilidad, como vendidos entre sanos y heridos. Es decir que ¡no se produjo ninguna baja en el ruedo!

También son muy frecuentes, en las fuentes bibliográficas, las anécdotas referidas a Luis Corchado (en 1801 ya actuaba en la Maestranza), Francisco Sevilla (se presenta en Madrid en 1830)4 ó a José Trigo (nacido en 1814) en la línea de haber picado varias corridas con el mismo caballo y haberlo sacado ileso. Concretamente Álvaro Domecq y Díez, en el undécimo tomo del Cossío dice que fueron 21 las corridas picadas por este último con el mismo caballo tordo.

Y finalmente otro dato. En la primera crónica taurina, con la que se inicia la costumbre de que los periódicos dediquen un espacio a la información taurina, aparecida el día 20 de junio de 1793 en el Diario de Madrid, y firmada por «Un Curioso», se dice:

«el primer toro fué de la bacada de D. Joseph Gijón, de Villarubia de los Ojos de Guadiana entró a 14 varas, y á 10 banderillas, no hirió caballos, y lo mató Pedro Romero á la primera estocada».

Evidentemente no siempre se lograba sacar al caballo ileso, pues la pujanza y codicia de los toros rebasaba con frecuencia a la táctica elusiva, pero lo cierto es que la mortandad de equinos era baja.

Sin quitarles razón a algunos autores, como Santiago Ortiz, que achacan esa reducida mortandad a que la mayoría de los astados lidiados en aquella época eran moruchos o de media casta, que recargaban poco y huían pronto, creemos, coincidiendo con Corrochano, que la clave está en la propiedad de los caballos. Durante el siglo XVIII pertenecían al varilarguero que los montaba, con lo cual, además de encargarse de que reunieran las condiciones adecuadas para realizar la suerte, procuraba sacarlos sanos y salvos del lance, pues sabido es que «el ojo del amo engorda al caballo».

RAZONES QUE HAN CONDUCIDO A LA SINRAZÓN

En un principio los varilargueros, como residuo de la extinta corrida caballeresca, eran los importantes: los que atraían la atención del público y por tanto encabezaban carteles y paseíllo, los que mejor vestían y los que más cobraban. Se contrataban independientemente de los lidiadores de a pie, entre los cuales figuraban los matadores sin ningún rango especial, y según Luis del Campo cobraban más, porque al correr los caballos de su cuenta, la remuneración incluía el valor de los que pudieran desgraciarse. (¿Se va entendiendo por qué cuidaban de sus caballos?).

Conforme va avanzando el siglo XVIII, con la aparición de figuras como Francisco Romero, Pepe-Hillo y sobretodo Joaquín Rodríguez «Costillares», los matadores van adquiriendo mayor rango, las cuadrillas se van aglutinando en torno a ellos y los varilargueros van perdiendo independencia y relevancia. El proceso lo culmina Paquiro (1831), figura con la que comienza el siglo XIX para el toreo, con la total sumisión de los piqueros al incorporarlos en la cuadrilla bajo su mando, dando lugar a la estructura que hoy conocemos.

Este proceso implica dos cambios importantes, el primero, y principal, la total subordinación a los intereses del matador (ya no hay que hacer las cosas bien sino como mande el maestro), y el segundo, el de la propiedad de las monturas. No nos resistimos a copiar literalmente al Cossío:

El día en que los grandes piqueros José Fernández y José Daza, en la plaza de la Maestranza sevillana…, tuvieron que soportar la zumba de un picador mediocre, cuando se vieron obligados a echar mano de los caballos dispuestos por la empresa –«caballeros, ya todos somos picadores que andamos montados igualmente»–, la suerte de picar sufrió una transformación completa y una pérdida de la que no ha vuelto a recuperarse.

En efecto, al ser suministrados por las empresas, o por contratistas ad hoc, los caballos empiezan a dejar de ser los idóneos para realizar de la suerte, tal como la hemos descrito, aumentando la probabilidad de resultar alcanzados y heridos. Los picadores recelan y se instaura la costumbre, que después se convertiría en ley, de la prueba de caballos para comprobar su aptitud. Pero unas cuantas monedas pueden hacer apto el desecho.

Por otro lado, la ganadería brava va especializándose por lo que sus productos son cada vez más agresivos y menos huidizos, y ello también contribuye a aumentar la probabilidad de alcance de solípedo. Los ganaderos se enorgullecen de que los picadores caigan, derrotados por la pujanza y codicia de sus toros, y se toma como índice de bravura el número de caballos muertos. Es fácil imaginar la presión que ejercerían esos siempre poderosos señores, y a mediados del siglo XIX más, sobre los picadores, para que no pusiesen mucho empeño en defender una cabalgadura que, además, no era suya. Otra vez el dinero presionando en la misma dirección.

Se entra así en una espiral descendente, que se extendería a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XIX: como el caballo no va ser defendido sino entregado a las astas del toro, el contratista baja la calidad del producto suministrado, del cual, a su vez, el picador no puede esperar ninguna colaboración. Acaban saliendo al ruedo animales famélicos y desahuciados para morir sin remisión: los jamelgos que hemos visto en los viejos daguerrotipos.

Otro factor que favoreció la matanza de jacos fue el pronto descubrimiento, por parte de los matadores (los que realmente mandan), de que el picador tiene dos formas de lesionar y quebrantar al toro, una con la puya, y la otra con el caballo, echándoselo encima. Es proverbial la orden de Guerrita a su picador «Pegote»: «¡Déjalo que romanee!» pues era consciente de que cuanto más tiempo lo tuviese en vilo más poder perdería el toro. Se trataba de que el picador le hiciese al toro el mayor daño posible por todos los medios disponibles; no interesaba defender al caballo sino entregarlo. Se llegaba incluso a no hacerle el quite a los caballos derribados, para que el toro se quebrantara con ellos al cornearlos y levantarlos en vilo.

Quizá fuese ésta la verdadera causa por la que, a instancias de Guerrita, comenzó a presentarse el caballo perpendicularmente al toro, con la excusa de que así se hacía en el campo, y en efecto, en las tientas así se procedía para que al ganadero, en su labor selectiva, no le quedara la duda de si el animal probado se había salido de la suerte o no.

Y los picadores… a pasar fatigas dando tumbos y costaladas, calladitos dentro de la cuadrilla como secundarios que son, y reclamando gremialmente a la Administración puyas más lesivas para aminorar sus cuitas.

Mientras todo esto está ocurriendo en el ruedo, en el tendido va cambiando la sensibilidad del público. El vibrante espectáculo de los toros poderosos poniendo en apuros a las plazas montadas va, paulatinamente, dejando de ocultar la crueldad hacia los caballos. La matanza de caballos se hizo insostenible y con el nuevo siglo empezaron a tomarse medidas para aminorarla, evitando en lo posible los riesgos corridos por los picadores. Entre ellas: se deja de citar en las reseñas periodísticas el número de caballos muertos como indicador de bravura, se traza la primera raya de picar para que los picadores no salgan más allá, se abandona la puya de limoncillo adoptando la de arandela, los picadores dejan de estar en el ruedo a la salida del toro para aparecer cuando ya está fijado y se comienzan a probar gualdrapas y caparazones, antecedentes de los petos cuya implantación obligatoria y generalizada tiene lugar en 1928: la transformación más profunda de la fiesta, casi equiparable a la revolución belmontina, según muchos autores.

La efectividad del peto es total, termina con la mortandad de caballos, y casi con los batacazos de los piqueros. Los montados siguen actuando como antes, siguen echando el caballo sobre las astas del toro, pero ahora, con el nuevo aditamento, el agarre con el toro ni termina en costalada, ni se deshace instantáneamente, es más duradero y por ello se agravan las heridas producidas en el astado. Comienza la crueldad hacia el toro.

PETOS Y CABALLOS

Los petos5 comenzaron con reducidas dimensiones, protegiendo sólo las partes más vulnerables del caballo, como pecho, vientre y costado derecho, sin entorpecer su movilidad y permitiendo los derribos.

Prueba de un modelo de peto en 1928

Prueba de un modelo de peto (1928)

Corrida de toros en 1932

Corrida de toros (1932). Autor: Manuel Vaquero. Archivo RAGEL.

Pronto, en 1934, se aprueba un nuevo modelo de peto que, según la propia Orden Ministerial,

… ofrece la innovación sobre los actualmente en uso, de constar de una pieza que cubre la parte posterior del caballo.6,

Modelo de peto aprobado en 1934

Modelo de peto aprobado en 1934.

Así, añadiendo un faldón por aquí y otro por allí, y manguitos por debajo, hemos llegado al peto actual que hace al caballo inexpugnable e impide totalmente su movilidad, recuerden cómo los monosabios han de desnudarlos para que los jacos se levanten cuando son derribados.

El peto actual

El peto actual.

A efectos de comparación, el peto de 1934 pesaba 15 kilos, y el actual, según el vigente Reglamento Andaluz, puede llegar a pesar 28’75 Kgr., estando autorizado además el uso de manguitos, con un peso no superior a 15 Kgr. Total 45 Kgr. ¡Se ha triplicado!

Pero lo mejor para darse cabal cuenta de esa evolución es analizar las siguientes fotos, en las que, aprovechando la ocasión, también puede observarse la evolución del caballo: de lastimeros pencos hemos pasado a

¡caballos más propios para arrastrar cañones en guerras napoleónicas que para dulcificar la embestida de los toros!,

como exclama Pedro Romero de Solís.

Corrida de toros en 1955

Corrida de toros 1955. El Ruedo.

Corrida de toros en 1964

Corrida de toros 1964. El Ruedo.

Corrida de toros en 1969

Corrida de toros 1969.

Corrida de toros en 2000

Corrida de toros 2000.

Hay otro aspecto a tener en cuenta en la evolución de los caballos, que no puede apreciarse en las fotos. Al ir protegidos por el peto, los caballos de picar son muy duraderos, cumplen trienios, y con ellos adquieren una sabiduría, que los taurinos profesionales (especialmente los palabreros y demás charlatanes televisivos) califican de torería, y en realidad no es más que un conjunto de resabios y marrullerías siempre en contra del toro: por ejemplo, el volcarse sobre las astas o avanzar a dos pistas en lugar de dar el pecho.

Para terminar con este apartado ¿cómo creen ustedes que tomaron los picadores la implantación de los petos? Cabe pensar que con inmensa alegría, ya que acabarían con todas sus caídas. Pues no, a los picadores no les gustó el peto, y como su aspiración siempre ha sido convertir la puya en mortífera lanza, aprovecharon las pruebas previas a su implantación para lograr una puya mucho más dañina (la de arandela).

Y ya que ha salido el tema, hablemos brevemente de

LA PUYA

La vara de detener siempre ha terminado con una punta acerada de tres filos, y para evitar su penetración excesiva en el morrillo del toro, así como los desgarros, se ideó, ya desde los primeros tiempos, un tope consistente en encordelar voluminosamente gran parte de su longitud dejando libre el extremo, obteniéndose así la puya de limoncillo. El término, como todos los utilizados en el ámbito taurino, es sumamente descriptivo: da la impresión de que la puya ha atravesado longitudinalmente un limón. En la Tauromaquia de Pepe-Hillo se señala que la parte desnuda de la púa debe tener uno o dos dedos (aprox 3’5 cm)

La evolución de la puya no ha estado en esa parte desnuda, que siempre ha tenido unas dimensiones muy parecidas, sino en el tope de encordelado, tema sobre el que han contendido tradicionalmente picadores y ganaderos. Los primeros queriendo adelgazarlo para aumentar su seguridad, y los segundos queriendo engordarlo para que sus toros pudiesen entrar más veces al caballo. El argumento esgrimido por los picadores era que, al echarle la vara al toro, como llega inclinada, un encordelado voluminoso «rebota» en el morrillo antes de que la púa hiera al animal, produciéndose el consiguiente marronazo. Y el de los ganaderos que, al reducir su abultamiento, el encordelado pierde eficacia como tope, aumentando la penetración de la puya y los daños causados en el toro. Se tiene constancia de que los picadores de la cuadrilla de Guerrita solían cortar los cabos del encordelado de limoncillo para que este se deshiciera en el primer encuentro y así poder lastimar más en el toro.

Diversos tipos de puyas

Diversos tipos de puyas. El Ruedo.

Con ese tira y afloja transcurre el siglo XIX, en el que se suceden la puya de limoncillo, la puya anaranjada, la de limoncillo relamido, y la cilíndrica, cuyas penetrabilidades teórica, real y ocasional pueden apreciarse en el gráfico.

Penetrabilidad de las diversas puyas

Penetrabilidad de las diversas puyas. Fuente: Suerte de vara. Luis Barona y Antonio Cuesta.

Con la puya cilíndrica el encordelado apenas funciona como tope, hay mucha diferencia entre la penetración teórica y la real; la teórica sigue siendo la longitud de la púa desnuda y la realidad es que en el cuerpo del toro entra la pirámide, el encordelado y cuanto palo haga falta. Para evitar esto, en 1917, aparece el primer tope metálico, el de arandela, pero situado después de un encordelado que sigue siendo cilíndrico y más delgado que el anterior.

Este es un hito muy importante en la suerte de varas: el encordelado, que hasta ahora se había considerado tope, toma carta de naturaleza penetrante, es decir desde ese momento, todo el mundo acepta que ha de penetrar entero en el cuerpo del toro, que al toro «¡hay que meterle las cuerdas!». En palabras de Fernando Marcet:

el puyazo pasó de ser un pinchazo, con un acero pulido de no más de una pulgada de altura, a monstruoso castigo con un barreno cuatro veces mayor, grueso y áspero

La arandela tenía un diámetro de 6 cm. que se demostró insuficiente como tope y muy eficaz para aumentar la extensión superficial de las heridas. Se estuvo usando hasta el Reglamento de 1962, que instauró la puya de cruceta que hoy, con leves variaciones, conocemos. Al ser la cruceta un tope más eficaz hubo que compensar a los picadores con un encordelado cónico más fino, y más largo, pasó de los 6 a 7,5 cm. Finalmente, el Reglamento de 1992 afina aún más el encordelado y lo devuelve nuevamente a los 6 cm de longitud, siendo esta la puya vigente allí donde no hay reglamento autonómico.

En Andalucía, la puya en vigor está descrita en el primer párrafo del artículo 46 del Reglamento autonómico:

1) Las puyas tendrán la forma de pirámide triangular de acero, con aristas o filos rectos y caras planas, y sus dimensiones, apreciadas con el escantillón, serán 26 milímetros de largo en cada arista por 19 milímetros de ancho en la base de cada cara; estarán provistas en su base de un tope de madera o plástico PVC que sujete la pirámide. El referido tope, de forma cónica, deberá tener 25 milímetros de diámetro en su base inferior y 50 milímetros de largo, terminado en una cruceta fija de acero, de brazos en forma cilíndrica, de 50 milímetros desde sus extremos a la base del tope, y un grosor de 8 milímetros.

La puya andaluza

La puya andaluza.

Obsérvese cómo el subconsciente traiciona al legislador y habla de dos cosas, por un lado de la puya, de lo penetrante, y por otro del encordelado como tope. Bueno, del encordelado no, de su sucesor que es un tronco cono de madera o plástico PVC.

Para terminar, algunas

CURIOSIDADES SOBRE LA SUERTE DE VARAS

SOBRE LA ESTANCIA DEL PICADOR EN EL RUEDO

Desde el principio de las corridas de toros hasta 1805, fecha en que las prohíbe Carlos IV a iniciativa de su valido Godoy, los varilargueros permanecían en el ruedo a lo largo de toda la lidia del toro actuando en cualquier momento. Recuérdese que en la cogida mortal de Pepe-Hillo, que tuvo lugar el 11 de mayo de 1801, a la hora de entrar a matar, el quite se lo hizo el picador Juan López con un puyazo a caballo levantado. Es en 1808, al reanudarse las corridas de toros por motivos políticos, cuando los picadores abandonan el ruedo a la hora de poner banderillas.

Hasta 1930, fecha en que el Reglamento lo prohíbe, los picadores estaban en el ruedo a la salida del toro. Hasta entonces, la lidia de un toro se fraccionaba en tres partes, que por ello recibían el nombre de tercios: el de varas, el de banderillas y el de muleta. Ha permanecido el término pero, al no salir los picadores hasta que el toro esté fijado, la lidia, en realidad, consta de cuatro tercios, valga la contradicción.

El motivo de esta prohibición, a la que hay que contemplar conjuntamente con la implantación de los petos, fue la disminución de la mortandad de caballos, pues eran muchos los que caían en las embestidas iniciales de los toros.

DE LA POSICIÓN EN EL RUEDO Y LAS RAYAS DE PICAR

Eso de que el picador se coloque «preferentemente en la parte más alejada de los chiqueros, situándose el otro picador en la parte del ruedo opuesta al primero» es una novedad de las últimas reglamentaciones.

Tradicionalmente, desde el primer reglamento, el de Melchor Ordóñez, en 1847, los picadores se situaban a la izquierda, según se sale, de toriles, el más moderno a unos 10 metros y el más antiguo en torno a 15, separados unos tres metros de tablas. Por eso cuando, al salir del chiquero, un toro derivaba hacia la derecha se decía, con toda propiedad, que había salido contrario.

De nuevo estamos ante la pervivencia de un término que ha perdido sentido, y el colmo de la paradoja es que sobrevive para indicar lo exactamente opuesto, ahora se dice que un toro sale contrario cuando se desvía hacia su izquierda.

En relación con las tablas, los picadores, al igual que el resto de los lidiadores, siempre han tendido a actuar cerca de ellas, por la seguridad que dan en los momentos de peligro. Las reglamentaciones tenían que obligarles a salir de ahí, y los aficionados valoraban las salidas hacia los medios como demostración de valor y dominio de la cabalgadura. Los ganaderos querían que, si era necesario, los picadores saliesen hasta los medios en busca del toro y estos se negaban. El contencioso comienza a decantarse a favor de los piqueros el 11 de octubre de 1908, fecha en la que por primera vez, en Sevilla, se pone límite a las salidas trazando una circunferencia en el ruedo. Esta novedad es obligatoria en toda España a partir de 1917. Saber que esa primera raya de picar se colocó a instancia de los picadores, nos puede hacer conscientes del ridículo que hacemos al convertirnos en celosos guardianes de su infranqueabilidad.

No ocurre lo mismo con la segunda, la de afuera, que aparece, por Orden del Ministerio de Gobernación de 11 de abril de 1959, a instancias de Domingo Ortega y en contra de la práctica de colocar a los toros debajo del caballo para no dejarles desarrollar su embestida, aminorando así los riesgos del picador. ¡Aquí, los toros de largo no los quiere nadie!

La circunferencia de afuera es una raya que defiende el derecho del ganadero, a lucir su trabajo, y el del público a presenciar la embestida del toro. Como espectadores hemos de exigir que, en el cite, se mantenga una cierta separación mínima entre toro y caballo, la reglamentación actual la fija en tres metros, y no que el picador se mantenga próximo a las tablas.

Resumiendo:

— la suerte de varas no tiene por qué ser la carnicería que hoy vemos ¡otra suerte de varas es posible!
— No hace falta inventar nada, ya está todo inventado, lo único que hace falta es respeto para los animales intervinientes, en especial para el toro, porque sin él nada, de lo que ocurre en el ruedo, tiene sentido.

Para terminar, tres agradecimientos:

— el primero, al Dr. Abad Montes por su ingente labor de documentación, de la que nos hemos aprovechado para elaborar esta sesión,
— el segundo, a Fernando Pérez Bueno por la elaboración de las animaciones que han ilustrado nuestras palabras, y
— el tercero, a ustedes por su paciencia y atención.

 

Este texto corresponde a la conferencia de igual título que se pronunció en abril de 2010 dentro del curso ‘Los toros desde la barrera: tauromaquia para espectadores’, reconocido por la Universidad de Granada con cuatro créditos académicos.

 

 

1. Barona, Cuesta y Montero ¿Cumplen las puyas su misión? Revista de Estudios Taurinos 9.

2. Santi Ortiz. Lances que cambiaron la Fiesta. 2001.

3. Afamado varilarguero que ejerció en los alrededores de 1750 (albores de la corrida a pie), «Precisos manejos y progresos condonados en dos tomos, del más forzoso peculiar arte de la agricultura, que lo es del toreo, privativo de los españoles» de 1778.

4. Mucho tiempo en la cuadrilla de Paquiro.

5. Reales Ordenes del Ministerio de la Gobernación de 7 de febrero, 12 de marzo y 13 de junio de 1928. Se aprobaron tres modelos, los presentados por D. Esteban Arteaga, por la Sra. Vda. de Bertolí, y por D. Manuel Nieto Bravo.

6. Orden del Ministerio de la Gobernación de 3 de agosto de 1934. Modelo presentado por D. Cipriano Reyes Ortiz.

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