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Entropía y Tauromaquia

Breve ensayo sobre simbología taurina

Luis Gómez Rodríguez: Miembro de la Real Academia de Doctores

La Cosmogonía mítica de Hesiodo y la judeocristiana de la Biblia, tan profundamente dispares, tienen sin embargo, dos elementos fundamentales en común: un Caos, cuya esencia es el desorden, y un principio ordenador que establece y vigila el orden del Universo.

 

I El Cosmos y el Caos

Para los griegos de la antigüedad clásica, en principio existía el Caos, un abismo sin fondo donde erraban los elementos sin norte ni dirección. En el seno de este abismo coexistían dos entidades indefinibles, las Tinieblas y la Noche, Erebo y Nicte, que al separarse una de otra y ambas del Caos dieron lugar al nacimiento de Urano y Gea, el Cielo y la Tierra. La pareja Cielo y Tierra organiza el Mundo en un Cosmos equilibrado, simétrico y ordenado. Urano y Gea tuvieron varios hijos; del matrimonio de dos de ellos, Cronos y Rea, nace Zeus, el dios supremo, garante del orden, encargado de velar por el equilibrio del Universo y proteger a la familia y a la sociedad.

En la concepción judeocristiana, la Biblia comienza la exposición presentando la Tierra como un Caos sin orden, sin pobladores, sin luz. En el primer capítulo del Génesis se lee: «La tierra estaba desierta y vacía y las tinieblas reposaban sobre la superficie del abismo»; pero —dice San Jerónimo— el espíritu de Dios incubaba sobre aquel Caos, como la gallina sobre los huevos, para sacar el orden y la hermosura del Universo.

Pasados los siglos, el desarrollo de la Ciencia vendría a aclarar, en el siglo pasado y de manos del físico alemán Clausius, que la organización del Caos no fue definitiva, que la transformación del desorden en orden no fue completa. Surgió el concepto de entropía, palabra cuyo significado etimológico es «vuelta» y parece sugerir una vuelta a las andadas, un retorno o tendencia parcial al desorden y al Caos. Con base en este concepto, la Física pudo estudiar la degradación de la energía y predecir la muerte térmica del Cosmos, al proclamar que la Entropía del Universo tiende a su máximo. Más allá de la Física, la Metafísica ha podido asegurar que el Universo no es eterno pues, en el tiempo trascurrido, se hubiese producido ya su muerte térmica. Pero el concepto trascendió los límites de la Física y de la Metafísica para llegar a la Biología: lo que sucede en el macrocosmos, en el Universo, ocurre también en el microcosmos, en el hombre. La salud resulta ser un estado que resiste al desorden; la enfermedad, un aumento del desorden corporal, esto es: un Aumento de Entropía corporal que llega a su máximo en la muerte. Fue una intuición genial de los hipocráticos considerar la salud como una «Eucrasia», mezcla ordenada y equilibrada de los cuatro elementos —Agua, Aire, Tierra, Fuego— y la enfermedad como una «Discrasia»; la alteración o desorden de la mezcla.

Saquemos, como conclusión de lo expuesto para nuestro propósito, los sinónimos y antónimos de la Entropía:

Entropía—desorden, caos, enfermedad, muerte.

Negaentropía o entropía negativa—orden, organización, salud, vida.

 

II Del rito al mito

Es noche cerrada. El pueblo está a obscuras. Por sus calles silenciosas danzan las sombras como almas en pena. Las puertas de las casas están abiertas de par en par. En el interior de los hogares reinan las tinieblas y el temor. No es un pueblo abandonado, es una población atemorizada. Estamos en Coria, un pueblo extremeño de la provincia de Cáceres que se dispone de singular manera a celebrar las fiestas solsticiales de verano, el paso del Sol por el Trópico de Cáncer. Un toro astifino y corniveleto, negro zaino como la noche, hace su aparición y se enseñorea de las calles. Es «el toro de San Juan», un peligroso «quinqueño» que, en sus correrías, sembrando el pánico y la confusión entre el vecindario, puede llegar hasta la intimidad de los hogares.

Coria no es un caso único. El juego, el rito, variable en la forma, pero de igual significado en el fondo, se repite en regiones alejadas, como Cataluña y Aragón, en «la momerota» del Maresme o en el «bou roig» del Pirineo catalán. En la Fraga oscense, la «Gallica Flavia» de los romanos, el «bou» es un hombre disfrazado de toro con piel y cuernos, que embiste sin piedad a los transeúntes, besa a las mujeres, solteras o casadas, y arremete contra los novios y maridos sin que tengan derecho a oponerse a sus fechorías.

Estos ritos ancestrales conforman un mito susceptible de interpretación simbólica. Los mitos no son una forma de interpretación lógica del mundo, intentan más bien explicar el mundo y la vida mediante imágenes o símbolos dirigidos más a la fantasía que a la realidad, más a la sensibilidad que al entendimiento. Mediante un proceso especulativo de abstracción, algunos (Delgado 1985) añaden a los ya clásicos símbolos de la mitología taurina, fertilidad, fecundidad, fuerza, poder, realeza… uno más: el toro como símbolo de riesgo, ruina, desolación, hostilidad y peligro antisocial. En el gran teatro del mundo, el toro asume un nuevo papel mítico: El toro símbolo de la entropía.

 

III El silencio, el abanico, el clavel

En la lucha contra la adversidad, el hombre ha seguido, en términos generales, dos líneas de conducta: cuando considera el infortunio superior a sus fuerzas, recurre a la Divinidad; cuando cree poder vencerlo por sus propios medios, se apresta a la lucha. De análoga manera, se puede clasificar la lucha contra el toro, y por ende contra lo que el nuevo símbolo que le hemos atribuido representa —desorden, entropía— por tres procedimientos: La taumaturgia, la taurocatapsia, y la tauromaquia.

La taumaturgia taurina, los milagros en los que el noble toro pierde su fiereza, presenta numerosos casos. Los discípulos del apóstol Santiago no podían mover el pesado mausoleo en que las rocas, donde fue depositado su cuerpo, milagrosamente fundidas, convirtieron su tumba. Piden ayuda a la reina Lupa, que en su corazón recela de los cristianos, y ella les aconseja que vayan a un prado cercano para uncir los toros, que allí hay, a una carreta. Los toros son bravos y la reina piensa que darán buena cuenta de los apóstoles; pero los toros se rinden a la señal de la Cruz, se dejan uncir mansamente y arrastran la carreta, con el mausoleo del apóstol, hasta el patio central del palacio de la reina, el mismo lugar que hoy ocupa la catedral de Santiago de Compostela.

En una calle de Salamanca, un toro desmandado pone en peligro a unos niños que allí juegan; Juan de Sahagún ordena al astado: ¡Tente necio! y el toro se amansa sumiso. Hoy día, muy cercana a la iglesia de San Juan de Sahagún, la calle del milagro recuerda el suceso: es la calle de «Tentenecio».

San Pedro Regalado, un humilde franciscano, es el patrón de los toreros por un hecho milagroso análogo, ocurrido en las calles de Valladolid. Los ejemplos podrían multiplicarse.

La taurocatapsia se practicaba en la antigüedad, en Tesalia. Un toro era perseguido a caballo hasta rendirlo. En una ceremonia similar en las «poleis» griegas, al llegar las fiestas targuelias, un pecador público o considerado como tal era expulsado violentamente, a veces con agresión y muerte, de la ciudad, para purificarla. Era el «chivo expiatorio». Quedan numerosas reliquias de estos ritos; citemos, por ejemplo el «toro de Tordesillas» que, tras atravesar las angostas calles del pueblo, cruza el puente sobre el Duero e intenta ganar el bosque sin conseguirlo, víctima de los caballistas que le alancean y le dan muerte. En todos los casos, se presenta al toro, símbolo de entropía, de desorden, que, desde la comunidad amenazada es expulsado al exterior y allí sacrificado para asegurar la paz social.

La tauromaquia, por el contrario, es la lucha contra el toro y todo lo que simboliza, dentro de la comunidad y en su presencia. La corrida es un sistema ordenado y organizado para luchar contra el desorden. La plaza representa al Cosmos; el público es la representación de la Sociedad. En la corrida todo está organizado y reglamentado: las características de los toros, la intervención de los toreros, los terrenos, los tiempos para la expresión popular de aprobación o repulsa, los premios o las censuras, y todo bajo la mirada vigilante de la autoridad. Un detalle: Los aficionados saben, por el movimiento de los caballos de los alguacilillos, cuando se va a iniciar el paseíllo, si la corrida es de toros o de novillos. Antiguamente no había corrida de novillos y se permitía la presencia del público en el ruedo antes del comienzo de la corrida. Los alguacilillos procedían al «despeje de plaza»; era preciso restablecer el orden y exigir que cada espectador ocupase su localidad. Luego los alguacilillos a caballo recorrían el círculo para comprobar que todas las puertas de la barrera estaban cerradas y en orden; lo hacían uno en el sentido de las agujas del reloj y otro en sentido contrario. El movimiento ha quedado como símbolo de orden en el ruedo, pero sólo en las corridas de toros.

El matador asume y personifica el papel de Zeus, garante del orden, protector de la sociedad, defensor de la familia. Pero ¿y el toro? Observemos el arrastre. ¿Por qué, en las antiguas corridas le hacían el honor de ser arrastrado después de los caballos muertos durante la lidia? ¿Por qué se destina un período para el aplauso en su honor? ¿Por qué se le concede la vuelta al ruedo en premio equiparable al del matador? ¿Por qué, en ocasiones, se le perdona la vida, se le indulta? Pues porque, desde la mentalidad mágica, el toro asume el papel de víctima, se viste con el sambenito de la entropía, carga con la representación de chivo expiatorio, para mover a la Sociedad y al individuo a la búsqueda del orden y del bien, a costa de su propia sangre, en actitud de indudable resonancia religiosa; pero desde el pensamiento lógico, el pueblo sabe que es un noble animal que defiende su vida con bravura y gallardía.

Rapto de Europa

Toro como encarnación de Zeus raptando a Europa a través del mar (delfín). Imagen de un vaso etrusco, Caere, hacia 580 a.C.

La puntilla del último toro acaba con la corrida. Luego, se vacían los tendidos, se apagan los focos, y se cierran las puertas: la puerta grande, por donde salen los toreros triunfantes, la puerta de la enfermería, que es la alternativa de la gloria, la puerta de arrastre, por donde salen las víctimas del sacrificio. El ruedo queda vacío y obscuro, silencioso y solitario. Sólo algún mugido del toro sobrero rompe el silencio, sólo algún rayo de luna, escapado entre las nubes, tiñe de plata la arena ensangrentada del ruedo. Se ha celebrado el rito; el mito se ha cumplido.

Pemán, en un bello poema sobre la corrida, deja sobre el albero de la plaza, como signos de la terminación de la ceremonia, tres símbolos: el silencio, un clavel y un abanico. Son símbolos de entropía negativa, de antientropía: el silencio es signo de paz, el clavel es belleza y armonía, el abanico es indicio de viento en calma. Son señales de que el mito ha logrado su objetivo.

El poema de Pemán termina así:

Silencio. En el redondel,
inmóvil, triste, callado,
Un abanico olvidado
… y un clave!

 

(Primer Premio de Prosa AEFLA 1998).


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