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Esperando al héroe

Reflexiones en torno a la película El brau blau / El toro azul

José Antonio Hergueta: Productor de cine
Fotograma de El brau blau, de Daniel V. Villamediana.

Fotograma de El brau blau, de Daniel V. Villamediana.

Últimamente se siente una cierta dificultad para tomar en serio a los héroes. No digamos ya para creer en ellos. Así dicho, puede sonar contradictorio cuando la cartelera está repleta de superhéroes, presidentes y policías capaces de remontar todos los entuertos de la humanidad o del barrio. Aunque también es cierto que en la actualidad sólo nos resultan creíbles si parten de algún defecto, un trauma o tara de fábrica que, finalmente, les hace mostrarse incapaces o poco interesados en mantener el tipo y la gloria que les correspondería.

Cómo se come esto y, sobre todo, qué significa (si es que tiene que significar algo). En realidad, lo interesante será ver cómo afecta a esta colaboración en esta revista de tauromaquia. A fin de cuentas, no se trata de divagar, ni parece que en una cuestión como ésta haya pólvora por descubrir; pero sí un vacío que tengo la impresión de que podría llenar un círculo, dibujado en el suelo, como el que tan claramente aparece en la película El brau blau (El toro azul), y cuya representación, por su fuerza, por su magia, atrapa la atención de su protagonista y, con él, del espectador, llenando todos los vacíos y otorgando al héroe una dimensión rotunda y distinta.

UNA REFLEXIÓN FILOSÓFICA, PARA EMPEZAR

Bueno, podría contarse así: cuando alguien quiso hacernos creer que la Historia con mayúsculas se había acabado, he aquí que volvemos a vernos envueltos en tragedias. Las mismas tragedias de siempre. A nuestro alrededor, todo sigue en movimiento, nada se queda. Además, ahora cuesta identificar quiénes –y por qué– son realmente los malos. Ni siquiera la solidez del mundo libre, el equilibrio ecológico, los valores hacia los cuales nos educaron en el último tramo del siglo XX parecen hoy por hoy seguros. Diríase que han quedado en suspenso.

Quizá tengamos la suerte de ver cosas nuevas, por doloroso que cualquier tránsito pueda resultar. De momento, y esto empezó antes de la ya llamada crisis de este año 2008, sí hubo un cambio importante en la mentalidad colectiva: una falta de convicción generalizada, como si las ideas, en su sentido profundo, hubieran perdido su magia, y bastara con entregarse a disfrutar o trabajar o arreglar los desajustes que puedan surgir sobre la marcha. Así, sin más. Sin nada de fondo que nos pueda movilizar, más bien cansancio y descreimiento. En este caldo de cultivo que tan interesante y provechoso debe ser para muchos, hemos ido cayendo en el descreimiento por las grandes causas y los héroes. Intuyo que debe de haber muchas más causas para que algo así se dé, incluso motivaciones totalmente contrarias, pero lo cierto es los relatos que nos contamos hace tiempo que evidencian nuestro desencanto, tanto por el tipo de historias que más parecen interesar como por los héroes que estamos dispuestos a creernos y apoyar.

Entonces, cuando más necesitados estamos de ellos y más espacio mediático y social estamos dispuestos a darles, ¿quién se cree a los toreros? Sobre todo si es en la pasarela de moda –y no en la plaza– donde mejor se mueven, o se ven obligados a defender sus propiedades, la más importante de ellas, su imagen en los medios de masas. Estos héroes-toreros están muy lejos de los superhéroes que la gran pantalla nos propone: desvalidos, tarados, algo deconstruidos. También está su edad, ya sea la de los veteranos que siguen interpretándolos (Clint Eastwood, por ejemplo), o bien por las dificultades de un mundo altamente competitivo y desvirtuado (las últimas entregas de Spiderman). En medio, incluso fórmulas que generan gran expectación, como Indiana Jones o James Bond, también han recurrido a relecturas posmodernas de sus protagonistas, como último recurso para poder salvarlos. Hasta unseudohéroe como Arnold Swarzenneger, antes de convertirse en actor de la política, ha hecho uso de esos poderes para venderse como Terminator desconcertado o sin un destino claro. Por no hablar del joven Darth Vader, herido por el rayo, o el éxito de un entrañable Schrek, el único ogro al que, hoy por hoy, nos podríamos creer. Porque ni siquiera los ya lejanos Bin Laden o Sadam Hussein tienen verdadera capacidad para amedrentarnos –más han conseguido sus blancos oponentes–.

Aún así, semejante profusión de héroes corre paralela a su fugacidad: duran en las carteleras menos que cuanto van destrozando a su alrededor. Se diría que todos cargan ya con ese aura de desaparición, cierta prisa por migrar, la sombra de una nueva saga o la secuela que les viene pisando los talones. Así, el proceso de narración y destrucción es cada vez más rápido, y el recuerdo más efímero. ¿Quién se acuerda del héroe social o deportivo de hace dos temporadas?, ¿cuánto duran ya los líderes, con tantas ligas, competiciones y deportes?, ¿hay manera de retener algún nombre mítico, más allá de dos temporadas, tres, cuatro a lo sumo? La vida de los deportistas, como la de los héroes y villanos, es cada vez más corta. La de los toreros, también. En realidad, permaneciendo mucho tiempo en los carteles, cualquier nombre agota. No tiene hoy sentido aguantar temporada tras temporada, sino quemar el éxito lo más rápido posible, agotando las posibilidades al máximo.

Ese consumo rápido, apresurado ayuda al olvido, incluso a no exigir demasiado. Sólo algunos golpes de efecto (especiales) y las siempre impresionantes cifras (presupuesto, caché, número de copias, de tardes, de entradas vendidas, de orejas cortadas…). Las majors de Hollywood han impuesto ese ritmo de producción, promoción y consumo, en parte para barrer a la competencia mundial, pero quién sabe si también huyendo de sí mismas. Ya presos de este descreimiento, ¿quién puede creerse nada durante mucho tiempo? Mejor que haga su vida útil, el ruido justo y que pase rápido.

EN UNA ARENA CAMPESTRE

Así vamos llegando a este escenario taurino, el círculo que se cierra sobre el héroe y el toro, y que difícilmente puede estar ajeno al resto de show-businesses: exclusivas, derechos de imagen y de antena, product placement, campañas de marketing y opinión… ¿es posible estar hoy en la tauromaquia sin saber ni manejar todo esto? ¿De dónde surgen hoy los toreros y su pasión por salir al ruedo cada tarde?, ¿cómo se sostiene eso cuando en lugar de necesidad y hambre hay ojeadores, primas, programas del corazón, patrocinadores… Es difícil, qué duda cabe, y no se puede reprobar del todo a los protagonistas. En esas estamos todos, ¡cómo no iba a afectarles!

Y, sin embargo, esto no ha impedido que el héroe apareciera de nuevo, en estado puro, para recordarnos que, antes de este estado, existía otra manera de enfrentarse a los desafíos y también a sí mismo. José Tomás, con su toreo y su forma de estar, dentro y fuera de la plaza, lógicamente, ha conmocionado todo y a todos, incluidos Javier Villamediana y Víctor Vázquez. Hasta el punto de que el primero, sin haber asistido nunca antes a una corrida, cautivado por el espectáculo, decide acometer, en compañía del segundo, esta película tan original como interesante que han titulado El toro azul.

De esa mirada nueva, que pretende y hasta rezuma cierta pureza, y de la tauromaquia de José Tomás, parece emerger la brillante decisión de mostrar una corrida sin toro, construir una película con un protagonista ausente, y hacerlo en absoluto silencio y ausencia de explicaciones. Quizá se tratara de eso: desnudar el toreo para que su magia brille sola, en un gesto que se rodea de cierta mística, en línea con todo lo que sobre el ascetismo de José Tomás se viene diciendo.

¿Es, quizá, el reconocimiento del héroe lo que nos puede llevar –como al protagonista del Toro Azul– a enfrentar desafíos que hasta entonces no hubiéramos imaginado, a emprender tareas imposibles, a volcar nuestro empeño en abrir un espacio a la magia… o la fuerza? Es una conmoción muy profunda la que hemos sentido en la plaza viendo la ligereza del trazo, lo simple que se vuelve la posición –de por sí imposible– de José Tomás ante el recorrido del toro. Ante una visión como esa, es lógico que tanto el público aficionado como quien se acerca por primera vez, cualquiera que sea su intención o experiencia, se sienta movido, cuestionado. Es lo que parece estar pasando en el mundo taurino pero también fuera. Su alcance es muy grande; su poder, desconocido; y su duración, otro misterio. Incluso si finalmente resultara de vida breve, como la de los héroes de la gran pantalla, al ser éste verdadero, la huella puede ser más poderosa que su sola presencia, de por sí cuestionadora de todas las bagatelas que se ofrecen a precio de oro en este mercado de modelos e ilusiones.

DENTRO Y FUERA, TERRITORIO MÁGICO

Hay en El toro azul una imagen rotunda: la del círculo de piedras en medio del campo. Con un trazo –fruto del esfuerzo titánico del protagonista, arrastrando pedruscos con su carretilla de obra, cual héroe mítico–, se nos cuenta todo lo que al principio hemos dejado de ver, tras el fundido a negro sobre la arena de la plaza de Barcelona en la que va a torear José Tomás.

En torno a esa circunferencia se diría que el mundo se define, transformado desde el momento en que se cierra la línea de piedras: hacia dentro el terreno se va agostando, secando, allanando, mientras que hacia fuera las hierbas siguen creciendo verdes y libres en esta pradera del mundo, que Villamediana ha ubicado en el Ampurdán. Es una especie de era donde parece que fueran a trillarse todo tipo de fuerzas entre la tierra y el cielo.

Entre esas dos imágenes: el albero vacío, a la espera del torero, y la plaza inscrita en la naturaleza con apenas unas piedras ordenadas (una fantasía de nuestra percepción mental, que diría la Gestalt), la película habita la intimidad de un personaje extraño, de misteriosa y ascética vida, que ha quedado prendado de la magia del torero-héroe y habita una bella masía. Hay algo de sensualidad (poca y escasamente desarrollada, pero que va creciendo con el personaje y muestra un potencial), hay también una mirada clavada en el suelo, un exceso de introspección (a veces forzada) y unos cuervos blancos. Y hay una bellísima imagen que explica mucho del calvario de este personaje atormentado, porque feliz no se le ve, ni se le entiende, incluso queriéndolo imaginar antes de la revelación que debió haberle producido la corrida de José Tomás. Es una cruz que avanza sobre el campo, en realidad, una espada: la sombra que produce la empuñadura del estoque.

Es una pena que este retrato de soledad y silencio dé la impresión de estancarse a ratos, de estar algo forzado (en su duración) o usar de fórmulas recurrentes en el cine contemporáneo para mostrar la soledad y los procesos interiores. Sin ir más lejos, es inevitable pensar en Marc Recha en ese mismo Ampurdán, pero fácilmente vienen a la cabeza otras películas y cineastas, en realidad, muchos, pues este minimalismo narrativo parece haberse convertido en un recurso obligado del cine independiente actual. Esto nos llevaría a reflexionar si también, en la crisis actual de modelos e ideales, esa no-acción tiene categoría de género cinematográfico (utilísimo cuando no sabemos cómo mostrar al héroe o, simplemente, no nos lo creemos como tal). Últimamente se ven muchas películas concentradas sobre una pequeñísima historia, apenas una anécdota, para retratar en realidad los tiempos muertos, los vacíos, las idas y venidas de personajes que anhelan y sufren, pero que apenas hablan o construyen nada. Están, miran… parecen esperar algo mientras aguantan estoicamente, pero sin apenas proponer movimiento alguno.

Si bien en los años 60 del siglo pasado los cineastas que buscaban una ruptura con la narración tradicional empezaron a abrir este espacio (que, en realidad, había existido siempre, desde el invento del cinematógrafo, y aún antes), y llegó a ser uno de los signos distintivos de un nuevo cine, ahora la no-acción parece haberse instalado como fórmula narrativa para cualquier autor independiente venga de la cinematografía que venga. Curiosamente, esas películas de autor se parecen cada vez más entre sí, ya retraten la vida de un campesino oriental o de una joven indígena en los Andes, y pareciera que con apenas mostrar esa rutina cotidiana con cierta poesía y cuidado, la película ya está servida de esencias. La simplicidad, como el silencio o el zen, que con tanta facilidad evocamos, tienen su misterio y su arte. Difíciles, delicados. Y a menudo la banalización o saturación de estos recursos, tienden a anular su potencia. Lejos quedan los tempos de Bresson o la incomunicabilidad de Antonioni y, por obra de estos excesos, cuesta a menudo creer en la intensidad que los nuevos cineastas vuelcan en las películas llamadas independientes. Aun así, hay que seguir buscando, es esencial, incluso si, como pretende Godard, el cine estuviera a punto de morir, o ya hubiera fallecido. Hay que buscar.

Esa búsqueda está en El Toro Azul. Y conmueve, sobre todo, en su última secuencia: en realidad un plano fijo que dura casi lo mismo que una faena y que es, seguramente, la motivación profunda de todo el proyecto (de lo cual podría deducirse que otras secuencias estén apenas para poder conducirnos a ésta): una faena sin toro, sí, una faena completa realizada por un torero en trance, en un campo marcado por esa circunferencia. Un plano general, fijo, de más de diez minutos (lo que debe durar una faena). Arquitectura, coreografía, artes marciales… ¿Una manifestación de purismo? Puede que sí: sobre esa era, sin traje de luces, ni cuadrilla, ni caballos… ni sangre. Pero con una estocada certera que hace levantar al público, que aplaude emocionado al héroe, en su paseíllo, por fin, a campo abierto.

 

Fotogramas de El brau blau, de Daniel V. Villamediana.

Fotogramas de El brau blau, de Daniel V. Villamediana.

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