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La isla de los toros

Hace algunos años, descubrí en Alemania una novela japonesa, que aún se mantiene inédita en España, escrita por Yasushi Inoue y que llevaba como título Der Stierkampf, nombre que traducido del alemán al español quiere decir «La corrida de toros».

Fernando González Viñas: Historiador y escritor

Descubrí entonces que los japoneses no tienen corridas de toros, pero sí combates de toros, enfrentamientos directos entre dos toros. El título original de la novela es Toogyuu, que ha de traducirse por «Toro». Inoue murió en 1991, siendo uno de los novelistas más reconocidos del Japón. El último día de agosto de 2009 un barco me llevó desde Matsue, en la isla principal del archipiélago japonés hasta Okinoshima, una de las cuatro islas que forman las islas Oki, situadas en el Mar del Japón, para conocer esos combates de toros, un espectáculo que puede encontrarse también en otros países como Corea, China y Suiza. Los combates entre toros no son un espectáculo arraigado en todo Japón. Son escasos los lugares en los que se celebran.

En dirección al puerto, desde el autobús que tiene la particularidad de tener asientos plegables que pueden usarse para ocupar el pasillo central, avistamos por las calles de Matsue políticos saludando con sus manos enguantadas en blanco y su sonrisa de agradecimiento. Ayer fueron las elecciones generales y, teniendo en cuenta el carácter japonés, me resulta imposible saber si estos políticos entusiasmados y agradecidos son del partido perdedor o del ganador.

La mayor particularidad del ferry que nos lleva desde el puerto de Shichirui hasta las islas Oki es que no dispone de sillas. El suelo sirve para ello. Absoluta esencia japonesa. Viva el horror vacui. Subo a la cubierta y allí, al frescor marino, sí hay donde sentarse.

Tomo mi pastilla japonesa para el mareo mientras Keiko, mi japonesa acompañante, me dice que se acerca un tifón a Tokio. Hemos tenido suerte, vamos en dirección contraria. Nos alejamos de la costa y puede disfrutarse de un paisaje montañoso verde que quiere devorar al propio mar. Tres horas después desembarcamos en la isla mayor de las Oki. El paisaje no se distingue del que hemos dejado en la isla de Honshu. Con el coche alquilado circulo con mucha precaución, se circula por la izquierda como los ingleses, con destino a nuestro hotel a media hora del puerto y ciudad de Okinoshima. Por suerte estas islas tienen una población reducida o que está escondida y son pocos los coches con los que me cruzo. En el hotel, cuyo dueño lo es también de algunos de los toros que van a enfrentarse al día siguiente, nos indican dónde podemos encontrarle.

Encontramos al señor Saito en otra cafetería de su propiedad. Es un señor bajito y pelado al uno, de piernas fuertes, brazos de culturista que se reducen a la nada en las muñecas y ojos vibrantes. Con entusiasmo nos habla sobre sus desvelos para mantener y promocionar la fiesta de los toros y el turismo en la isla. Dice tener 15 toros, todo un logro por lo que cuesta criarlos. Nos pide que le acompañemos a los establos donde tiene algunos. Le seguimos en el coche de alquiler, la carretera encajonada entre campos de arroz de un verde luminoso y las montañas enmarcándolos con sus verdes rugosos. Llegamos a los establos, unos destartalados habitáculos de madera en la que hay estabulados cinco toros. Dice que hay un mercado de toros en el que se presentan 100 o 200 toros y se eligen para el combate cuando tienen unos cuatro meses de vida. Hace casi un milenio que hay noticias documentadas sobre combates de toros en Japón. El señor Saito se muestra orgulloso de sus criaturas, toros que pasan de los 500 kilos y que tienen pequeños cuernos en forma de lira. En definición de un ganadero español serían cornicortos y veletos. Además de estabulados, están atados por una cuerda que traspasa su hocico. El señor Saito me cuenta el secreto a la hora de escoger los toros para el combate: los ojos; a mayor brillo, más fuerza. Y nos enseña a su hijo predilecto, un mastodonte de 1.000 kilos que ya ha participado en más de 100 combates. Dice también que a la hora de pasearlos, sujetados por la cuerda, les colocan unos zapatos especiales para que no se dañen las pezuñas. Maíz, pienso, trigo y soja, todo mezclado, es el manjar que reciben. Unos seis kilos por toro y día. Todo un dispendio sin gratificación económica posible pues los combates, celebrados dos veces al año en la isla, son gratuitos. Cuando le explico que en España caben 20.000 personas en algunas plazas, incluso 50.000 en la de México y que la sensación del momento, el torero José Tomás, cobra lo que cobra, suelta un ohhh mientras el brillo de sus ojos indica que elucubra sobre las posibilidades de negocio. Finalmente nos invita a ir a las cinco de la tarde, curiosa coincidencia, a un santuario sintoísta cerca para ver el ritual en el que se ofrenda sake para pedir por la victoria de sus toros.

A las cinco de la tarde acuden las cuadrillas con sus toros al santuario sintoísta. Cuatro toros en total se han decidido por este santuario de la isla. Cada grupo de hombres o cuadrilla se distingue de los otros por el cinturón de algodón que le sujeta los yukata (una especie de kimono corto de verano) algunos con un pañuelo verde, amarillo o azul, anudado en la cabeza. Esperan todos junto a un torii1 de piedra, al borde de los campos de arroz. Nos invitan al sake de sus grandes botellas unas cuadrillas y otras, y tocamos los toros, fuertemente sujetados por las cuerdas que atraviesan los orificios de sus narices. Una de las cuadrillas, cinco bravos jóvenes, traspasan el torii y suben la escalinata, penetrando en el bosque, para verter sake y sal en el santuario. Una vez realizada la ofrenda sagrada, todas las cuadrillas conducen sus toros hacia una espacio circular junto al torii, en otro bocado dado al bosque por la mano del hombre. Esta «plaza» es apenas una circunferencia excavada en la tierra, delimitada por talanqueras de bambú y sin gradas. Media docena de señoras mayores presencian desde un banco al borde de la plaza, cómo pasean los toros. Llevan comida en bandejas y nos invitan a probarlas y a sake. Ellas y nosotros dos, además de los que llevan los toros, somos los únicos que presencian esta ceremonia de petición de triunfo a los kami, dioses o fuerzas de la naturaleza. Van vestidas sencillamente, como campesinas, con algún mandil aún colgado y pañuelos en la cabeza. Nos explican que antiguamente la presentación de los toros en esta ceremonia era mucho más vistosa, con banderas, cánticos y mucha gente. Parece que la afición taurina, también aquí, decae.

Conduciendo por la izquierda exploramos la isla antes de que llegue la noche. Surcamos las montañas por carreteras estrechas sin tráfico y contemplamos el atardecer desde las cimas, viendo cómo el sol se esconde en el mar y proyecta sus rayos entre las hebras de nubes. Las otras tres islas cercanas que completan el archipiélago, de un azul grisáceo, parecen esperar que alguien las visite. Un barco se dirige hacia ellas. Más allá de ellas está Corea del Norte, con una islita japonesa deshabitada en medio cuyas aguas territoriales se disputan ambos países por un asunto petrolífero. Tienen también los ojos rasgados, pero las distancias entre ambos países van más allá de este mar en calma. Por de pronto, me gustaría saber quién peina a los líderes políticos de Corea del Norte y quién es el sastre que les proporciona esas chaquetas que marcan sus barriguitas. Las nubes del horizonte se tiñen de rojo, quién sabe si como respuesta a mis preguntas y volvemos al coche hasta el hotel parando para introducirnos en un campo de arroz, a punto de ser cosechado, para fotografiarme junto a su luminoso verdor.

Sería necesaria la ayuda de un pescador para explicar la cena que el hotel nos sirve. Predomina el pescado crudo: gambas, caracolas de mar, pescado blanco; pero también hay un pez frito, una ostra, un pudding de huevo, un cuenco con ensalada y otro con pulpo, setas shiitake, otras setas diminutas llamadas enoki, un poco de pescado rebozado (tempura) acompañado de un poco de sal marrón propia de la isla, un cuenco de fideos, sushi y sopa de surimi (albóndiga de pescado) con una bolita blanca que parece alcanfor de las abuelas para que no se apolille la ropa y que se llama fu. Y todo por partida doble. También hay una ollita con un fuego debajo que el camarero nos enciende y en la que se cuecen trocitos de pescado blanco. No hay que olvidar las salsas, el picante wasabi, ni tampoco los colores de este arco iris: rojos, rosas, blancos, amarillos, verdes, marrones… Cuando pruebo la gamba cruda, que se deshace en mi boca, pelada excepto en el rabo que ha de comerse sin pelar, me pregunto quién fue el desgraciado que inventó lo de cocer las gambas. Desconozco cómo preparan en la isla los filetes de toro, pero con este pescado no siento excesiva curiosidad.

El hotel Island Park es un refugio junto al mar que no visitan ni los japoneses. El turismo en la isla es muy escaso y los combates de toros tampoco atraen público.

Nos hemos levantado temprano porque el señor Saito nos ha invitado al desayuno ritual de su cuadrilla de cuidadores de toros. Antes tomamos té en el hotel mientras la televisión anuncia que el tifón ha pasado de largo por Tokio y en la isla de Kyushu, al sur, ha habido un terremoto. Nada del otro mundo. El señor Saito, amable y atento, ha enviado a uno de sus empleados para que nos recoja. Cuando llegamos al lugar del desayuno, la cuadrilla acaba de entrar. En una mesa larga y baja, sobre tatamis, se sientan los seis miembros de la cuadrilla de los dos toros que por la tarde lucharán bajo la bandera del señor Saito. Llevan camisetas azules decoradas en la espalda con una cabeza de toro. El señor Saito, con camisa blanca, se sienta algo retirado, junto a nosotros, y les da un pequeño discurso. Luego comienzan a comer y nos invitan a sake, servido desde un recipiente que es un tronco de bambú abierto por uno de sus nudos. La cuerda que pende del recipiente es la cuerda que sirve para sujetar al toro. Nos ofrecen ciruelas japonesas llamadas ume que según nos dicen evitan la mala suerte. Su sabor es muy intenso, como un fogonazo de pólvora en la boca. Mientras, la cuadrilla de «toreros» da buena cuenta del sake y la cerveza.

El señor Saito me sigue haciendo preguntas sobre los toros españoles, parece que entusiasmado más con las cifras de negocio de las corridas españolas que con el arte de Cúchares. Después sigue aportando datos sobre sus toros. Dice que sus toreros no cobran, son gente del campo que lo hace por el honor de los toros. Sus toros, como todos, tienen los cuernos arreglados para que las puntas estén más finas. Dice que ha intentado mezclar sus toros con toros australianos pero con resultados poco satisfactorios. Le explico que en el asunto de la genética taurómaca el experto es un tal Miura y el nombre le suena. Lógicamente: es un apellido japonés y así se llamaba un espía nipón, con puesto en la embajada japonesa en Madrid durante la segunda guerra mundial y que pasaba sus tardes en la plaza de toros de Las Ventas. Sigue contándome que intentó clonar sus toros pero que fue imposible porque la sal influye mucho en la biotecnología y al ser una isla, este elemento está aquí muy presente. Entretanto, ha entrado un personaje peculiar, con pañuelo azul atado a la cabeza y de considerable edad; va vestido como un campeón de kárate, cinturón negro incluido. Está risueño y será el encargado de verter el sake y la sal en el ruedo antes de iniciarse el combate. El señor Saito lo saluda y continúa contándome su vida y su vinculación con los toros. Me dice que ahorró en su época universitaria hasta reunir dos millones de yenes –pongamos igual número de pesetas para redondear– y estaba tan interesado por los toros que quiso irse a Bangladesh a cuidar vacas. Si no fuese japonés diría que el señor Saito desvaría, aunque puede ser un proyecto de futuro original cuidar vacas en uno de los países más poblados y pobres del mundo. Su padre, (lógicamente) consternado ante la decisión de su hijo, le convenció para que se quedara y cuidara toros aquí. Compró entonces diez toros por medio millón de yenes y ante los gastos que éstos acarreaban, unos cuatro millones al año, se hizo funcionario para poder mantener su extraña afición. Al cumplir los 40 años hizo el hotel y se jubiló de funcionario a los 56 para dedicarse a sus toros y negocios. Le explico que si un funcionario español se jubilase a los cuarenta para dedicarse al sector privado le daría una medalla el Ministro de Trabajo. Asiente con un ohhh. La ironía no se capta en Japón.

Actualmente el señor Saito tiene 115 empleados, 5 hoteles, cuatro más en el complejo turístico de la isla, y uno más en el puerto. El 60% de la capacidad hotelera de la isla está en manos del señor Saito, un hombre que raya los 60 años y tiene aspecto de niño feliz y satisfecho con un tebeo en la mano. Sus planes futuros van más allá: al ser la isla el límite occidental de Japón, quiere atraer a turistas de Corea, Rusia y China. El señor Saito acaba hablándome de la isla, de los delfines y ballenas que se avistaban antiguamente frente a sus costas, de los calamares de un metro que pueden pescarse en otoño y del calamar gigante de siete metros que pescaron una vez. Intentaron comerse el calamar pero el sabor era horrible. El señor Saito es, sin duda, el mejor embajador que Okinoshima puede tener. Es también el organizador y responsable del espectáculo de esta tarde.

Uno de los empleados del señor Saito nos lleva en coche hacia el lugar del combate.

Atravesamos los campos de arroz para después penetrar en la montaña y disfrutar de un bosque de bambú sugerente y luminoso. El empleado, amable y encantado de llevar un extranjero raro en su coche, resulta conocer al dedillo la isla, especialmente su botánica, y me va explicando todo lo que vemos desde las curvas de las montañas. Me hace partícipe de la visión de una flor lila y blanca que está en peligro de extinción. Me señala un extraño árbol al que en primavera le brotan flores rosas y que se llama nemunoki. Dice mi diccionario que se trata del árbol de la seda o Albizzia Julibrissin. Nos encontramos con un pequeño lago con patos; todo este paisaje es parque natural protegido y aunque no lo fuese, este viaje hacia el interior de la isla con explicaciones botánicas de un nativo estaría muy cotizado para los que buscan un viaje a un lugar inédito. Finalmente hemos de salirnos de la carretera y aparcar el coche en un camino ancho escoltado por árboles de diversas especies que tocan el cielo. Estamos en mitad del bosque y por el camino de tierra una furgoneta llega con dos toros amarrados subidos a la parte trasera descubierta. Huele a verde, a pino y resina y los helechos, espléndidos, cubren el suelo. Dice nuestro guía que abunda el ciprés japonés pero que en la isla se da la particularidad de que hay árboles que o se encuentran en el sur del Japón o en el norte. Me enseña la planta juuyaku, que, según él, es famosa por poder curar diez enfermedades y, de hecho, su traducción sería «diez medicinas». Un paraíso botánico.

Van llegando señoras con gorros y bolsas de comida. Entre los cipreses, enormes, están atados los toros a sus troncos y cerca de ellos las diferentes cuadrillas y supongo que simpatizantes tienen montados sus picnics y comen y beben sake en vasos de tronco de bambú. Hay niños, abuelas, familias, música, un puesto de salchichas, otro de pulpo y uno de refrescos. La plaza está excavada en un hoyo del terreno y el desnivel de la montaña sirve de graderío. Troncos de bambú delimitan el círculo. Tres grandes árboles dan una buena sombra a los espectadores. Mi excelente guía botánico me dice que son típicos de la isla de Hokkaido, la más septentrional de las grandes islas japonesas, y dan un fruto pequeño que puede comerse. Los diferentes grupos de personas me miran con interés y un señor de mediana edad, del equipo de los pañuelos rojos se me acerca y me pide que vaya junto a ellos a beber sake. Aún no han comenzado los combates y se come y se bebe esperando la hora. Todo lo que comen es pescado, servido en recipientes de bambú, y me veo obligado a beber sake a más velocidad de la debida. Cuando me preguntan de dónde vengo les digo que del país de los toros,Supein, y exclaman un ohhh admirativo. Seguimos siendo toreros en todo el mundo. Son amables, quieren echarse fotos conmigo y me regalan el pañuelo rojo que indica el toro al que siguen. Ellos no son dueños de ningún toro pero, para celebrar el 60 aniversario de su colegio, han dado dinero para un toro que les represente. Llega entonces un pelirrojo, evidentemente con el pelo teñido, con bastante sake ya en el cuerpo, y me dice que quiere irse a España y ser torero. Tiene cabeza para ser picador, pero me lo callo.

Soy el único extranjero, toda una atracción en esta pequeña isla. Poco a poco la plaza se va llenando, las abuelas con sombrilla ocupando los únicos bancos disponibles, el resto en los troncos de árbol puestos a modos de talanqueras en el suelo o directamente sentados en la ladera. Comienza la ceremonia. Hay una presidencia desde la que el señor Saito, micrófono en mano, escoltado por los demás dueños de los toros, dirige la función. Las cuadrillas, cada una distinguida por el color de su pañuelo atado a la cabeza o a modo de cinturón, introducen a los toros en el ruedo a medida que el señor Saito los va anunciando. Los introducen de menor a mayor peso y algunos toros, al parecer los más renombrados, llevan detrás porteadores de banderas de distintas empresas que patrocinan a los toros. Una vez dentro, pasean a los toros, siempre bien amarrados, para que el público pueda admirarlos. Hay expectación y ambiente de fiesta, de celebración popular. Han entrado ocho toros por un lado de la plaza y cuando los sacan después del paseíllo, entran otros ocho por el otro lado. Se repite la misma ceremonia, incluidas las banderolas verticales sujetadas sobre mástiles de bambú. El señor Saito me ha proporcionado un cartel con los ocho enfrentamientos del día. Dieciséis toros medirán sus fuerzas y sus pesos oscilan entre los 500 y los 1.000 kilos. Una vez retirados de nuevo los toros, salen al ruedo sus dueños y todos juntos beben sake en círculo. A continuación un grupo de niños de unos 6 o 7 años salen a realizar una danza y cánticos típicos. La cultura local aprehendida desde la infancia. Sale un espontáneo, uno de los que me invitaron a sake, un señor mayor, bajito y fibroso, que los imita incitado, con seguridad, por los efectos del sake. Finalmente salen los «toreros» y echan sake y sal al centro del ruedo.

Todo el mundo se retira y se anuncia el inicio del primer combate. Por cada uno de los lados abiertos de la plaza entra un toro acompañado y sujetado por la cuerda del hocico por dos ayudantes. Entonces, colocados los toros en el centro del ruedo, se quedan con ellos uno sólo de los toreros de cada toro. 650 kilos frente a 620. Es el primer combate, llamado shibakai o cortar el césped. Los toreros, obligándoles tirando de la cuerda, enfrentan la cara de sus bóvidos. Éstos, al verse frente al adversario, se atacan mutuamente con la testuz; los toros han olvidado que tienen cuernos y se empujan, frente contra frente para hacer huir al rival. Hay un forcejeo semejante al de dos luchadores de sumo, el deporte nacional japonés, con murmullos entre los espectadores. A veces uno de los toros retira la testuz y su torero le tira de la cuerda y con voces, una jerga propia, le obliga a volver al enfrentamiento. Unos cinco minutos dura este combate hasta que los jueces lo declaran empate. Hay aplausos y se llevan los toros. Entran otros dos, de 400 y 430 kilos, los más pequeños de la tarde. Entretanto los niños bailarines se han sentado detrás de mí y me preguntan por qué tengo una nariz tan larga. ¡Qué monos! El segundo combate también es declarado empate. La presidencia, mientras tanto, está obligada a beber dos vasos de sake antes y después de cada combate. No me cabe duda de que el señor Saito va a coger una buena borrachera. Me pregunto qué pasaría si sueltan a los toros, si embestirían a las personas. Se suceden las peleas, la cuarta especialmente interesante por la bravura de los toros se despide con un gran aplauso del público y algarabía de los seguidores y cuidadores del toro vencedor. En la sexta pelea, los toros vienen desde lo más alto del bosque seguidos por banderas y cánticos de sus numerosos seguidores. Cuando los toros se colocan uno frente a otro ocurre lo inesperado: ambos cantan la gallina. Ninguno quiere pelea a pesar de las reiteradas voces de sus toreros y de empujarles la cabeza contra la del contrario. Otros ayudantes salen con ramas de árboles que acaban de cortar a golpear a los toros en los lomos; la gente se ríe y el enfado de los toreros es descomunal. No hay nada que hacer, han salido mansos.

Quedan dos combates, los de los toros de más peso. En el primero la comitiva baja nuevamente cantando desde el cerro, entre los árboles; es el toro del señor Saito y su empleado experto en botánica me invita a unirme a la procesión y cantar con ellos. El enfrentamiento entre los toros de 800 y 830 kilos es espectacular. Esto es ya de nivel, al igual que ocurría con el sumo, en donde los últimos combates son para los mejores luchadores. El sumo, por otro lado, tiene su origen en un ritual practicado en los santuarios sintoístas, de ahí la semejanza con este espectáculo taurino, salvando las distancias entre los rellenos señores del sumo y los cebados toros. Los toros empujan, alternándose en la ventaja pero ninguno echa la cara atrás o huye. Fijan su posición durante un buen rato y el combate se alarga más allá del cuarto de hora. Como movido por un resorte uno de ellos empuja fieramente y consigue que el otro recule, caiga al suelo y huya finalmente. El entusiasmo entre el público es grande. La cuadrilla del vencedor salta entusiasmada a la plaza y varios se suben encima del toro, como El Cordobés en Jaén en los años 70.

Llega el último combate. El más esperado. Un toro de 840 kilogramos frente a un mastodonte de exactamente 1.000. Hay por supuesto comitiva, aplausos, cánticos, –la cuadrilla entona algo así como un ¡ayopa ayopa hey!–. Sólo hombres participan en las cuadrillas. En el fragor del combate el toro más pequeño cornea al grande, la excepción del día. Pero el grande no se echa atrás, resiste. Por momentos el pequeño parece que acorrala al grande, le hace retroceder; el grande se recupera, sus 150 kilos de más le dan esa ventaja. Casi diez minutos dura la pelea, entre jaleos del público hasta que por fin el mayor pone en fuga a su rival con resultado de júbilo, griterío y subida a los lomos del animal de hasta tres hombres, alguno de ellos ya considerablemente vencido por los licores de Baco.

El espectáculo ha durado dos horas y media. La plaza, ese hueco en el bosque, ha sido el centro de la isla. Mujeres, hombres y niños se mezclan en las laderas que ejercen de graderío y animan a los toros. Varios tenderetes se han instalado para poder comer pulpo o comprar alguna bebida, aunque la mayoría de los espectadores han venido a este lugar del bosque como el que va de picnic, con la comida y la bebida necesaria. Se me acerca un japonés, pelo extrañamente largo con una cámara de video y me pregunta si me puede hacer una entrevista que discurre en un chapurreo anglonipón. A estas alturas hay ya grandes borrachos, especialmente los de más edad, comprensible si se tiene en cuenta que los japoneses toleran muy mal el alcohol debido a un asunto genético, pues la mitad de ellos carecen de la enzima aldehídodeshidrogenasa, encargada de metabolizar el alcohol. El picador pelirrojo de gran cabeza viene bajando la ladera dando trompicones y cuando llega a mi altura me dice: «España, Margarita». Un enigma. Luego me habla de sus otros conocimientos sobre España: la tomatina, Raúl, Zidane. La gente va abandonando poco a poco el claro del bosque. Los toros se vuelven a montar, normalmente de dos en dos, en esa especie de furgonetas estrechas y descapotables típicas del país, para ser llevados a sus respectivos estables donde les espera una temporada de buena comida, paseos y entrenamiento hasta que vuelvan a la plaza a medir nuevamente sus fuerzas.

Aún tenemos tiempo al día siguiente para visitar la ciudad de Okinoshima, la ciudad más grande de estas pequeñas islas. Es entonces cuando descubro que la isla en la que estamos se llama Doogo, nombre que parece que se usa poco pues hasta ahora todo el mundo habla de Okinoshima para mencionar la isla. La ciudad es un lugar pequeño, con calles abiertas a los canales donde descansan los barcos de pesca. Todos los barcos tienen una farola, señal de que la noche es su aliada para pescar desprevenidos a los peces. Un paseo junto a estos canales es un paseo por el silencio. Algunas casas tienen un huertecito con macetas en las que hay plantados tomates cherry, fresas o geranios. Una señora aburrida, al vernos, sale inmediatamente de la casa para ver al extranjero. Me habla ante su jardín de sus bonsáis, tiene muchos y algunos deben tener ya unos decenios, y de sus crisantemos. Todo lo tiene plantado en macetas en la puerta de su casa. Las puertas abiertas de todas las casas y la calma absoluta recuerdan a otros tiempos en los cuales los postigos de las casas siempre estaban abiertos. Poco después nos cruzamos con un monje budista en bicicleta. Dudo ya si sorprenderme ante nada cuando me percato de un extraño artilugio giratorio ante la puerta de una casa y del que penden calamares enteros dando vueltas para secarse más rápidamente.

Subimos un camino en dirección a una de las colinas que bordean la ciudad entre mariposas negras del tamaño de una mano que vuelan con altivez y aves de presa en la altura del cielo que lo hacen sigilosamente. A un lado y al otro encontramos huertas y también un pequeño santuario sintoísta. En la cima de la colina encontramos un cementerio. En un rincón hay una cerca con algunas lápidas. Debe ser el cementerio ruso del que habla uno de los trípticos de información que nos dieron en el puerto. Efectivamente hay una gran lápida en vertical con inscripciones en ruso junto a una cruz latina y otra griega. Tiene un ramo de flores frescas. Parece que alguien se ocupa de estos rusos que descansan aquí desde la guerra ruso-japonesa de 1905, un conflicto que fue el principio del fin del zarismo, derrotado sin paliativos por un emergente país que pronto vio que era posible expandirse a costa de otros. Detrás de estas tumbas rusas hay un gran cerezo que a buen seguro florecerá espléndidamente en primavera. Poco consuelo para los ocho rusos que no saben por qué están enterrados en este lugar, rodeados de lápidas budistas con botellas de sake para consolar el alma. Aunque bien pensado, como ruso inevitablemente muerto, se debe estar mejor en esta cálida y plácida isla que bajo las nieves de Vladivostok.

Antes de embarcar entro en una tienda y recibo una nueva muestra de la amabilidad de los habitantes de esta isla y de su entusiasmo por agradar a un extranjero. Hiroe, que así se llama quien me atiende, después de saber que vengo «del país de los toros», todo un salvoconducto en esta isla, me regala una foto del combate de toros y un paipái. Tras pedirme que me eche una foto con él, saca una guitarra española y comienza a tocar. Es un tipo peculiar, bajito y lleva una gorra de la que se escapan largos pelos, escasos y entrecanos. Parece orgulloso de la afición de la isla a los combates de toros. Sabe que hay corridas de toros en España y pone las manos como si tuviese un capote imaginario, aunque desconoce que el toro se mate en nuestro país y se sorprende al saberlo. Cuando le aclaro que luego el toro se come se queda más tranquilo, quizá justificando la muerte del animal ante la inexistencia de filetes de carne sintética. Nos despedimos entre grandes reverencias, muy complacido Hiroe de poder conversar con un extranjero. Termina diciéndome que le gusta visitar Rusia, un lugar en el que, según él, se compran todos los coches japoneses de segunda mano. Rusia, puerta trasera de Japón. Hiroe podría haber aparecido en Botchan, la novela de Natsume Soseki que relata en clave de humor la vida en una pequeña isla. Soseki me parece un escritor sorprendente teniendo en cuenta su nacionalidad. Destila una profunda ironía en la mencionada obra que transcurre en la isla de Shikoku. Pero no nos llamemos a engaños, otra de sus novelas, Kokoro, nos vuelve a recordar que en los escritores japoneses el sufrimiento humano y el suicidio son el pan nuestro de cada día.

Abandonamos la isla paraíso para cualquier botánico pensando en que la idea del señor Saito de traer turistas rusos es descabellada. Sin hoteles a pie de playa, sin aquapark y sin casinos será difícil. Los combates de toros tampoco están pensados para atraer a miles de personas, aunque en otras partes de Japón sí hay un sentido comercial y se han construido en los últimos años plazas de toros circulares cuya fuente es indudablemente la plaza de toros española.

Ya en el barco contemplo la bandera de las islas Oki, dos olas estilizadas en distintos azules sobre un fondo blanco. La costa verde me hace desear que el señor Saito no tenga éxito y estas islas no acaben destrozadas como casi todo el litoral español, el precio por tener una habitación de hotel al borde del mar. Con todo, la mayor de las carencias de estas islas es la falta de chiringuitos a pie de costa. Ahí sí que al señor Saito le queda trabajo por hacer.

Conforme se pierde la costa de estas cuatro islas emerge la de Honshu. Acostumbrados al avión, pienso que esta visión debería ser la que vieron los pioneros españoles y portugueses que arribaron a Japón en el siglo XVI. Unas costas agrestes comidas por la vegetación.

Ha quedado atrás la isla de los toros, una isla que comparte su afición con otros lugares en Japón, muy pocos, la famosa Okinawa entre ellos. Algunos de estos lugares han caído al progreso y han construido pequeñas plazas de toros que se asemejan a las españolas, sin duda su fuente de inspiración. En Okinoshima aún se conserva la pureza de la inocencia en los combates de estos toros con cuernos pequeños en forma de lira, de la misma estirpe (wagyuu, que viene a significar «toro japonés») que los sabrosos vacunos de Kobe cuya exquisita carne, a precio de oro, es alimentada con cerveza y masajes diarios. Inocencia por cuanto el lugar de enfrentamiento es un hueco circular en el umbrío bosque, acotado por unas talanqueras de bambú, el negocio permanece ajeno y prima la jornada de fiesta, en su sentido de encuentro social, de toda la comunidad, niños y ancianos incluidos, participando con su presencia de un ritual cuya presencia se pierde en los siglos y en la que a pesar del carácter sintoísta de la celebración; una creencia en que lo sagrado abarca desde una piedra hasta un toro: y nadie discute sobre la conveniencia o no la lucha entre los toros.

1. Un torii nada tiene que ver con un toro, un torii es la voz japonesa que designa la puerta monumental de entrada a los santuarios sintoístas y que suele ser una construcción sencilla, de madera o piedra, con un pilar transversal horizontal y dos verticales a modo de una portería de fútbol. Los torii están exentos, dando entrada a todo el conjunto del santuario que consta normalmente de un jardín o espacio natural más amplio, incluso un monte o como en la isla de Mijayima, el propio mar, pues el torii que da entrada al santuario de esta isla se encuentra plantado sumergido en parte en el mar, a escasos metros de la costa.

Combate de toros en Okinoshima.

Combate de toros en Okinoshima.

Este artículo es un extracto del libro Japón. Un viaje entre la sonrisa y el vacío, publicado por Almuzara (2010)

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