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La lidia del Leviatán

Cuando se trata de hacer de la tauromaquia una metáfora de la sexualidad, tal como aquí se pretende, lo más habitual es debatir sobre los roles sexuales intercambiables que toro y torero juegan en la lidia, según propuso ya hace tiempo un memorable texto del antropólogo e hispanista Julian Pitt-Rivers.

Enrique Gil Calvo: Doctor en Sociología. Universidad Complutense de Madrid.
Nº18. Uros Eros. Erotismo y tauromaquia
Simbología


Bibliografía

Norbert Elias. Deporte y ocio en el proceso de la civilización. FCE, 1992. Enrique Gil Calvo. Función de toros. Espasa-Calpe, 1989. Enrique Gil Calvo.La ideología española. Nobel, 2006. José Ortega y Gasset.La caza y los toros. Espasa-Calpe, 1984. Julian Pitt Rivers. «El sacrificio del toro», Revista de Occidente, núm. 36, mayo 1984. Enrique Tierno Galván. Desde el espectáculo a la trivialización. Taurus, 1961.

¿Es el toro un emblema de la virilidad ciega y el torero una representación escénica de la femme fatale devoradora de hombres? ¿O por el contrario el torero es un Don Juan nihilista, que seduce, engaña y destruye a sus víctimas con la insaciable crueldad de un violador múltiple y un asesino en serie?

Adelantaré ya desde este mismo comienzo cuál es mi posición al respecto. Puestos a tener que elegir un bando u otro, en este dilema yo me situaría en la perspectiva de Ortega, que hace del torero un símbolo ejemplar del nihilismo donjuanesco. Pero inmediatamente advertiré que las cosas no me parecen tan sencillas, pues la tauromaquia es una institución tan compleja que presenta muchos otros ángulos y aristas, muchas veces contradictorios entre sí. 

De ahí que a continuación me sienta obligado a matizar, puntualizando esta postura con un par de consideraciones que desdibujan mi toma de partido. Ante todo matizaré la cuestión de los roles sexuales, haciendo ver que los papeles a representar por el verdugo y su víctima no están tan claros como parece, dado que se interpenetran y confunden entre sí de una forma bastante más sutil. Y después sugeriré que la sexualidad puesta en juego durante la faena no representa la obscenidad carnal o pornográfica del acto sexual sino algo más trascendente y sublimado, como es la erótica del poder político. 

Para ello dividiré mi exposición en tres fases o tercios. En el primer tercio (de varas) expondré mi hipótesis sobre cuál es la verdadera naturaleza sexual de la tauromaquia, entendida como coreografía de la potencia viril. En el segundo tercio (de banderillas) estableceré un paralelo entre la tauromaquia y la lucha por el poder, retomando una larga tradición interpretativa sobre el simbolismo político de la fiesta nacional. Y en el último tercio (de muerte) propondré mi propia versión del sentido último del toreo, entendido como faena de acoso y derribo a pie gentil de un poder muy superior: el poder público del Estado. Es mi tesis sobre la Lidia de Leviatán anunciada por el título.

UNA REPRESENTACIÓN ESCÉNICA DE LA POTENCIA VIRIL

Respecto al significado sexual del toreo, entraré en faena de frente y por derecho anunciando mi hipótesis más fuerte: el toro es un signo fálico destinado a representar la erección del miembro viril simbolizada por la embestida del noble bruto. El toro con casta (concepto éste más genésico que genital) es el toro que embiste: un toro que encarna el poder masculino por excelencia, que es la potencia viril. De ahí que se pondere tanto el peso, la bravura, los pitones y el trapío, pues como suele decirse, el tamaño importa (a ver quién la tiene más larga).Y el sentido de la faena es precisamente provocar primero y encauzar después la embestida del fálico animal para encadenar un ciclo alternante de pases enlazados con ritmo circular de entradas y salidas del anillo vaginal hasta lograr que, en el clímax de entrar a matar (como símbolo de la eyaculación, o petitemort), la embestida fálica se consuma y se consume (o sea, se extinga) súbitamente. 

De ahí que la mansedumbre del toro represente el fracaso del torero, impotente para inducir la embestida del animal que simboliza la erección del pene. Por eso la cuestión más polémica del toreo es siempre la bravura del toro, pues igual que sin erección no puede haber acto sexual, sin embestida del toro tampoco puede haber faena. Y esta conditio sine qua non de la tauromaquia alude, como no podía ser menos, al temor a la impotencia o miedo a la castración, que es la peor pesadilla o gran fantasma que aterra a la condición masculina. 

Aquí es donde interviene la ambigüedad sexual de la figura del torero. ¿Se trata de una seductora femme fatale que con su atractivo ha de provocar la embestida fálica del toro viril? ¿O se trata de un Don Juan masculino pero masturbatorio y onanista, más que narcisista, que manipula al toro como si fuera un fetiche fálico al que hay que excitar para hacerle entrar en erección? Yo me inclino por esta última interpretación, y ello por dos razones distintas relacionadas entre sí. ?

La primera es que, por fatales que sean, las femmes no pueden obtener erecciones por sí mismas, al carecer de pene y por tanto de falo (que es un pene erecto), pues lo único que pueden intentar es provocar las erecciones en los demás con su artificio físico y su coqueteo moral. Pero la femme fatale seduce aunque su víctima no consiga erecciones. Y de hecho, resulta tanto más fatale cuanto más castre a sus víctimas, inhibiendo sus embestidas. En cambio, los varones sí poseen un pene susceptible de erección fálica: una erección propia que no se puede obtener con artificios mecánicos sino que sólo puede surgir por generación espontánea como una emergencia natural. De ahí que Don Juan sólo pueda seducir si entra en erección espontáneamente, pues el donjuanismo sólo se puede probar encadenando unas tras otras múltiples erecciones sucesivas, capaces de reproducirse a sí mismas espontáneamente. Esto es lo que simboliza la acometida del toro, evidentemente: la espontaneidad más brutal, que embiste o deja de embestir por la potencia aciaga de su propia naturaleza. Y esta espontaneidad del toro es la que ha de ser dominada por la maestría del torero, que se adueña de ella para hacerla suya como si fuera propia. 

De aquí se deriva la otra razón que puede aducirse para probar la masculinidad del torero, que es la del miedo a la impotencia por falta de erecciones suficientes. Una femme fatale no puede ser impotente ni sufrir gatillazos, y en cambio Don Juan siempre está enfrentado a este supremo riesgo viril, como si pendiese sobre él una espada de Damocles lista para castrar su masculinidad. Pues el peor peligro del toro no es tanto que te alcancen sus cornadas como que tenga poca bravura, salga manso y resulte incapaz de embestir, poniendo en evidencia ante el público la falta de profesionalidad del matador: una impotencia que ofende y humilla la vergüenza torera del maestro. Y semejante vergüenza ante la revelación pública de la propia impotencia es el pecado original de la condición masculina, siempre amenazada por el riesgo de caída en la castración por inhibición de la virilidad.

En este sentido, el toreo es una demostración no sólo de potencia sexual, como arte de obtener y mantener sucesivas embestidas a título de erecciones, sino además de dominio de sí, superando el miedo a la impotencia, peor que a la muerte. Un miedo a la impotencia que resulta confirmado por el significado semántico de voces como ‘manso’ y ‘cornudo’ (al margen de la referencia caprina del ‘cabrón’), que en última instancia equivalen a castrado e impotente, pues la mansedumbre de quien lleva o deja que le pongan cuernos se atribuye a su incapacidad para hacerse valer como hombre. Y es que, en la concepción donjuanesca del mundo, ser un hombre exige poner cuernos a los demás. Pero ‘poner cuernos’ a alguien o hacerle una faena equivale a torearle, es decir, a engañarle para obtener a su costa erecciones robadas. Justo como se hace con los toros, a quienes se engaña para que embistan brindando la oportunidad de hacerles una buena faena. 

Lo cual permite hacer una lectura distinta del donjuanismo simbolizado por el torero: un donjuanismo que, de acuerdo a una cierta lectura de la hipótesis propuesta por Marañón, acapara y acumula víctimas como trofeos de caza (u objetos de consumo para usar y tirar) con el único objeto de confirmar y probarse a sí mismo una dudosa virilidad permanentemente cuestionada y puesta en duda. Pues el temor al gatillazo amenaza siempre, y por eso, tras cada última proeza, la ansiedad sobre la próxima vez asalta de nuevo, lo que exige ponerse a prueba para reafirmar la potencia viril una y otra vez.

¿Tiene esto algo que ver con la presunta homosexualidad latente de Don Juan, imaginada por Marañón? Nada en absoluto. De hecho, el miedo a la impotencia asalta tanto a los varones homosexuales como a los heterosexuales, puesto que la necesidad de tener erecciones para poder penetrar vulvas o anos y consumar el acto sexual es común a unos y otros, con total independencia de la naturaleza del objeto sexual, que puede ser tanto un hombre como una mujer o cualquier otro fetiche revestido de poderes fálicos: un toro, digamos. 

De ahí que no se pueda saber muy bien si el toro representa a la virilidad, a la feminidad, o a ambas, de forma ambivalente y confusa. Por ejemplo, los cuernos con sus astas y sus pitones muy bien pueden simbolizar los zapatos femeninos con tacones de aguja o los pechos con sus mamas y sus pezones erectos, pues asomarse al vértigo de la profundidad del escote es como exponerse al peligro de la cornamenta. Pero al mismo tiempo, el toro es un castillo de músculos forrados de negra piel reluciente que se asemeja a los superhéroes como Batman, Spiderman o Superman: ídolos sexuales de la subcultura gay, que adora con fetichismo escultural el bigote de pelo negro y la musculatura masculina esculpida y tirante bajo su ceñida piel. 

Y es que de hecho el toro representa un icono fetichista. Si se recuerda la teoría de Freud sobre el fetichismo, el fetiche es siempre un objeto mágico que permite conjurar el miedo a la castración. De ahí que se le identifique con el falo, en tanto que sus virtudes mágicas puedan suscitar e inducir la erección viril. Lo de menos es que, para el propio Freud, los fetiches significasen el falo ausente de la madre, incapaz de entrar en erección, pues la mayoría de los fetiches convencionales representan en efecto las armas fálicas de la mujer que rodean a su vulva castradora (o vagina dentata) que se traga nuestro pene: bragas ceñidas, medias negras, uñas rojas, pies arqueados, tacones altos… Pero en realidad, cualquier figura real o imaginaria, estática o dinámica, es buena como falo fetichista con tal de que sea eficaz a la hora de provocar erecciones. Los pornógrafos se excitan con la coreografía de las stripers depiladas, los pederastas con la inocencia de los menores asexuados, los gays con los fornidos atletas esculturales, los voyeurs con la violación secreta de la intimidad sorprendida…

Y en este mismo sentido, los aficionados al toreo se excitan con la coreografía circular de esa pareja de figuras acopladas que forman toro y torero mientras encadenan tandas sucesivas de pases y embestidas en serie, mientras el público entusiasmado les ovaciona con sus olés a coro que jalean el ritmo de esa dinámica metafóricamente sexual, a la espera de que semejante striptease en pareja culmine con la suerte suprema que acabará con la embestida del animal.

La muleta es el fetiche, el toro el falo y el torero la mano que manipula y masturba sus embestidas, dosificando cuidadosamente su secuencia rítmica con el arte supremo de la lidia que reside en parar, templar y mandar, a fin de que el latente vaivén de las acometidas siga palpitando con su viciosa circularidad sin que se prolongue demasiado ni se detenga antes de tiempo con una frustrante ejaculatio praecox. Y todo ello como una representación coreográfica del poder viril que se exhibe ante el público como un sujeto capaz de dominar con pleno control la imprevisible espontaneidad de la potencia sexual masculina.

LIDERAZGO POLÍTICO Y FIESTA NACIONAL

Pero la tauromaquia no se limita a simbolizar la potencia viril. Además, también simboliza el poder masculino considerado en un sentido amplio, así como el poder político en su sentido más restringido. Ésta es la temática de la fiesta de los toros entendida como fiesta nacional, por su capacidad de simbolizar metafóricamente el juego escénico de las relaciones políticas y la lucha por el poder, tal como se ventila secularmente en el ruedo ibérico de la piel de toro. 

Para abordar esta cuestión hay que partir, evidentemente, de las geniales intuiciones de un Ortega y Gasset, así como por supuesto de las jugosas observaciones aportadas por estudiosos como Tierno Galván, entre otros. Es lo que yo mismo intenté en otra ocasión anterior, con un ensayo precisamente dedicado a analizar la figura del torero y el arte de la lidia como representación metafórica del liderazgo político. Las virtudes de valor, destreza, profesionalidad, maestría y elegancia que tanto se ponderan en los toreros que triunfan en el ruedo son las mismas que los públicos españoles esperan de sus líderes victoriosos, a los que se ovaciona en los mítines aclamándoles con el título de «¡torero!» como si se tratase de matadores en plaza. 

Pero aquí quiero ir un poco más allá, desarrollando algo más la analogía que cabe establecer entre el juego político y la fiesta nacional. Para ello partiré de un autor que en mi ensayo antes citado no tuve ocasión de tomar en consideración, pero cuyo agudo análisis de otro espectáculo público, análogo a las contemporáneas corridas de toros, bien puede servir para nuestro propósito actual. Me refiero a Norbert Elias, un gran sociólogo de origen alemán pero refugiado en la universidad británica que se hizo justamente célebre por sus profundos análisis históricos de los rituales caballerescos de la nobleza cortesana. Y de entre todos sus penetrantes descubrimientos, destaca sin duda su descripción del origen del deporte moderno. 

Para Norbert Elias, el deporte moderno es una institución cultural inventada durante el siglo XVIII en el Reino Unido por una clase social muy característica, la gentry británica: la clase de los gentlemen o caballeros, que constituían la pequeña nobleza territorial independiente de la Corte monárquica. Hasta entonces, la nobleza cortesana se entregaba en sus ocios a la práctica de ejercicios de caza, esgrima o equitación como parte de su entrenamiento militar. Pero lo que hizo la gentry fue transformar radicalmente tales prácticas para inventar el sport moderno basado en la reglas de fair play o juego limpio que definen la competición entre caballeros, dando así origen a los espectáculos deportivos que hoy todos conocemos: el boxeo, el golf, el fútbol, el rugby, el hipódromo… Reglas de deportividad o limpieza en el juego que exigen cumplir estrictamente el reglamento deportivo así como respetar caballerosamente los derechos del adversario en condiciones de estricta reciprocidad: igualdad, revancha, handicap

Pero lo más significativo del análisis de Norbert Elias es que establece un explícito paralelo histórico entre la invención del deporte moderno y la invención del parlamentarismo, que permitió transformar el Antiguo Régimen absolutista para dar lugar a la moderna democracia liberal. La diferencia entre ambas instituciones es evidente, pues el deporte de competición es un espectáculo comercial y las elecciones parlamentarias son concursos para seleccionar a los representantes políticos. Pero sin embargo, ambas competiciones son abiertas y se celebran ante el respetable público: soberano colectivo y juez último con poder para sancionar el resultado final de la competición. 

Por lo demás, salvada esta distancia entre el juego deportivo y el juego electoral, ambas instituciones exhiben un mismo aire de familia que permite identificarlas entre sí. Ambas invenciones fueron protagonizadas por iniciativa de la misma clase social: la gentry británica. Ambas invenciones procedieron a regular la competición entre caballeros, ya fuera la lucha por la victoria deportiva o la lucha por el poder político en pos de la victoria parlamentaria y electoral. Y ambas competiciones pasaron a estar reguladas por las mismas reglas de fairplay o juego limpio, que impiden hacer tongo o amañar tanto los partidos o contiendas deportivas como las elecciones parlamentarias en lucha por el poder. De ahí que, desde entonces, las elecciones parlamentarias estén siempre sometidas a la misma exigencia por parte del público de limpieza electoral como condición de legitimidad.

Pues bien, esta misma intuición histórica de Norbert Elias, sobre el estrecho paralelismo entre la invención inglesa del deporte moderno y de la competición política parlamentaria, es la que también puede aplicarse, salvadas todas las distancias, a la contemporánea invención española de las corridas de toros. Como argumenté en mi ensayo antes citado, también éstas fueron inventadas en el siglo XVIII, como espectáculo público de carácter comercial, por una clase ennoblecida de propietarios ganaderos y terratenientes que puede ser entendida como análoga a la gentry británica. También las corridas están sometidas, como el deporte moderno, a un estricto reglamento que exige respetar cuidadosamente los derechos del toro bajo reglas de limpieza muy parecidas a las deportivas de juego limpio. Y también ambos espectáculos están sometidos en ultima instancia a la aprobación del respetable público, que forma su único juez soberano. 

Pues bien, si esto es así, también tenemos derecho a suponer que en las corridas tiene que darse el mismo paralelo con la competición política por el poder que se da en el caso de la invención inglesa del deporte moderno. Si las competiciones deportivas representan simbólicamente la competición política en la lucha por el poder a la inglesa, también podemos imaginar que las corridas de toros representan simbólicamente la competición política en la lucha por el poder a la española. Sobre todo, además, porque ambas invenciones, la inglesa del deporte y la española de las corridas, acompañaron igualmente las transiciones desde el Antiguo Régimen absolutista al parlamentarismo liberal que en ambos países se produjeron en torno a 1800. 

He aquí, pues, la hipótesis básica que, a partir del ejemplo deportivo analizado por Elias, se puede plantear: las corridas de toros surgen como un espectáculo público destinado a representar simbólica y metafóricamente la lucha por el poder en la arena política española o ruedo ibérico (por decirlo a la manera de Valle Inclán, cuando caricaturizó las luchas por el poder en la España liberal). Y si el gentleman deportista es una metáfora del hombre político (political man) que lucha por el poder con reglas de juego limpio (fair play), también hay que suponer que el torero es una metáfora del líder que lucha por el poder con las reglas de la tauromaquia: de ahí la importancia del traje de luces, que disfraza al matador de caballero quijotesco. ?

Ahora bien, al desarrollar este paralelo entre el deporte inglés y la corrida española, en seguida surge una divergencia que permite singularizar al caso español por su diferencia respecto al ejemplo inglés. Me refiero a la muy distinta naturaleza formal y simbólica de la lucha que se pone en escena sobre la arena del terreno de juego. En el caso del deporte moderno, sobre la arena se enfrentan dos jugadores (o equipos de jugadores) estrictamente simétricos entre sí, que compiten con poderes equitativos o al menos equiparables (para lo que se crea la figura del handicap cuando no es así) y que esgrimen uno contra otro las mismas reglas comunes de juego. Y semejante exigencia de simetría es una metáfora de la igualdad de oportunidades electorales que debe presidir la lucha democrática por el poder.

En cambio, en el caso del toreo moderno no hay simetría que valga. Por el contrario, se trata de una contienda radicalmente asimétrica, donde se enfrentan dos seres incomparables entre sí dotados de poderes abismalmente desiguales. De un lado, la ingente superioridad física de una fuerza bruta de la naturaleza, dotada de poderío insuperable. Y del otro, un alfeñique sólo provisto de su ingenio racional, pero con incomparable inferioridad de fuerzas a pesar del arma que esgrime, sin poderla usar porque se lo prohíbe el reglamento hasta el instante final. De ahí la metáfora del inerme quijote enfrentado a un descomunal gigante, sugerida por el traje de luces y reforzada por la imagen del picador. Pues bien, es en este desigual combate donde se simboliza la metáfora española de la lucha (erótica) por el poder.

TAUROMAQUIA Y ERÓTICA DEL PODER

¿Qué tipo de lucha política, tan asimétrica, se escenifica en las corridas? Mi hipótesis es la siguiente: la tauromaquia no representa simbólicamente la lucha por el poder, celebrada mediante un reto, duelo o desafío entre adversarios iguales, como hace el deporte, sino que representa simbólicamente la lucha contra el poder, protagonizada por la iniciativa provocadora de un inerme David frente a un todopoderoso y omnipotente Goliat. ¿A quién representa Goliat? Evidente­mente, al poder político por antonomasia, es decir, al poder público de Leviatán: el monstruo hobbesiano que encarna al Estado. Pues bien, eso es lo que representa figuradamente la tauromaquia: el arte de acoso y derribo mediante la virtù maquiavélica del engaño de un poder muy superior, el del Estado soberano, simbolizado por la nobleza del toro bravo que representa a la comunidad política o res publica.

Lo tradicional es entender la lucha por el poder desde el punto de vista de quien pretende conquistarlo para conservarlo y eventualmente ampliarlo. Es la doctrina realista de la Razón de Estado teorizada por Maquiavelo en clave amoral o por Giovanni Botero en versión católica (Della Ragione di Stato, 1598), una doctrina que justificó la expansión imperial de la Monarquía Hispánica desde Fernando el Católico (inspirador del Príncipe de Maquiavelo y del Héroe de Gracián) hasta Felipe IV. Pero alternativamente, también se puede contemplar la lucha por el poder desde el punto de vista de quien pretende destruirlo y anularlo. Esta otra óptica mucho más nihilista, que sólo busca el acoso y el derribo del poder legítimamente estatuido, fue la que pasó a inspirar la cultura española a partir de la Decadencia iniciada a comienzos del siglo XVII, en la lucha contra los validos de Felipe III (Duque de Lerma) y Felipe IV (Conde-Duque de Olivares). Y desde entonces, este ejercicio de la política como arte de acoso y derribo al poder ha pasado a presidir la cultura pública española.

Como he analizado en mi último ensayo La ideología española (galardonado con el Premio Internacional Jovellanos), la concepción que se hace nuestra cultura de cuál sea la naturaleza última de la lucha política es de raigambre guerrillera y conspiratoria, centrada como está en la práctica del acoso y derribo de un poder muy superior. La guerrilla insurgente contra el invasor napoleónico, que señala el tránsito desde el Antiguo Régimen absolutista al parlamentarismo liberal, constituye su ejemplo más característico, haciendo del guerrillero el arquetipo inspirador de la figura del torero: un peón inerme que ataca a traición y toma por sorpresa a una maquinaria bélica de poder insuperable hasta acabar con ella. Pero la misma estrategia de acoso y derribo del poder establecido ha venido inspirando todas las múltiples conspiraciones políticas que jalonan toda nuestra historia política, a partir de aquellas que se dirigieron contra los validos del Antiguo Régimen (desde Lerma y Olivares hasta Esquilache y Godoy), siguiendo después por los pronunciamientos liberales o conservadores de los espadones de turno que inspiraron la trilogía de Valle Inclán sobre El ruedo ibérico, y acabando por fin con los diversos levantamientos militares o populares contra el poder establecido a lo largo del siglo XX: la Dictadura, la República de Abril, la Sanjurjada, la Revolución de Asturias, el Alzamiento de Julio contra la legalidad republicana… 

Y no me refiero sólo a las insurrecciones armadas, pues este estilo guerrillero y conspirador de lucha política contra el poder establecido impregna transversalmente con su nihilismo sectario e iconoclasta todas las ideologías políticas que han actuado sobre suelo español: liberalismo, carlismo, anticlericalismo, republicanismo, anarquismo, socialismo, falangismo, separatismo, terrorismo, etc… Ello por no hablar de la actitud antisistema de tantos de nuestros personajes públicos, cuyo papel en la escena política ha solido consistir en protagonizar toreros desplantes al poder estatuido. Véase si no, para el caso, el ejemplo de Ortega y Gasset, empeñado en ponerse el mundo por montera para realizar brindis al sol, con sus provocadoras actuaciones de acoso y derribo contra el poder público: primero contra la Restauración, después contra la Dictadura y por fin contra la República. 

¿Y qué decir de la lucha política actual, heredera del estilo de hacer política instituido durante la transición a la democracia? La transición misma sólo pudo imponerse tras una torera faena de Suárez, que tuvo la maquiavélica habilidad de torear al franquismo hasta acabar con él. Pero a partir de entonces, tras la chapucera charlotada de Tejero, se observará que todos los presidentes del gobierno habidos hasta ahora, desde Suárez a Zapatero pasando por González y Aznar, han sido defenestrados del poder tras sufrir escandalosas campañas de acoso y derribo. Todo ello protagonizado por conspiraciones mediáticas dirigidas por sedicentes periodistas mercenarios que, a la manera de Lerroux en el primer tercio de siglo, no han dudado en intervenir tendenciosamente en la lucha política para tratar de manipular la opinión pública en contra del poder establecido. Algunos incluso han llegado a justificarlo con la metáfora taurina de David contra Goliat, haciendo ver que su faena mediática resultó decisiva para hacer caer al gobierno de turno: ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor. 

Es la erótica del poder que, en contra de cuanto a veces se piensa, no se disfruta tanto al ocuparlo ilimitadamente con injusto abuso de poder (según demuestran los dictadores populistas y caudillos latinoamericanos, desde Mussolini y Berlusconi hasta Perón y Chávez, pasando por Franco y Castro), como al ejercerlo con escasez de medios contra quien ocupa el poder. «Contra Franco vivíamos mejor», sostenía Vázquez Montalbán. Y esta evidencia torera demuestra que el verdadero poder se manifiesta no tanto abusando del él cuando se va sobrado, según el ejemplo del toro codicioso que siempre embiste con bravura, sino economizando con astucia las propias fuerzas, que siempre son unas fuerzas de flaqueza necesariamente escasas. Pues es ahí, en la virtud maquiavélica de administrar con elegancia tan flacas fuerzas para derribar con ellas a un poder muy superior, donde se demuestra ante el público la auténtica erótica del poder.

Es la misma lección simbolizada por la tauromaquia: una erótica del poder que, como vimos, se deriva en última instancia de la congénita y contingente flaqueza que es privativa de la potencia viril.


 

 

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