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Lecturas del rito. La raíz ideológica de los toros

Estudiando la polisemia inherente en todo ritual, asistí a un curioso coloquio de antropólogos, esa especie de pirotécnicos intelectuales que despliegan interminables ríos de argumentos para hablar de cualquier cosa menos del hombre.

Juan José Fernández Palomo: Filólogo

Fue allí donde nació la idea de este artículo. Advierto, antes de que el lector siga leyendo, que yo no soy antropólogo ni presunto.

Todo ritual, cualquiera que sea el origen, significa algo; se despliega toda una legislación para que dicho ritual sea cumplido, una legislación compuesta de signos que debemos indagar, descodificarlos y, si es posible, interpretarlos. Pero el ritual permanece en el tiempo apenas ligeramente modificado, casi estático; mientras que los significados de los signos que lo conforman sí son susceptibles de ser modificados, movidos y reinterpretados a lo largo del tiempo y sus avatares. Dicho de otra manera, como tal esconde su origen en el pasado, el signo lo inventa, más o menos conscientemente, el hombre de cada época. A veces se ven cosas y otras veces se «quieren ver cosas».

La Fiesta de Toros es, no sólo sino también, un rito. Muy mediterráneo tradicionalmente, pero quizás no tanto, como apuntan nuevas teorías. Pero, ¿cuál sería la raíz ideológica de la corrida de toros tal y como la vemos hoy? Es en esta pregunta en la que voy a basar esta digresión.

Los ritos, como el teatro, —tal vez rito de ritos—, hoy desvirtuado, son como una maqueta en la que se ve reproducido el sistema social. Cualquier manual básico de Antropología lo presenta de forma evidente; sin embargo no debemos olvidar que no es sólo un modelo de realidad sino también «para» la realidad: no lo que hay, sino lo «que debe haber». Así, el rito alcanza su carácter pedagógico, una suerte de «educación sentimental», término muy dieciochesco acuñado precisamente cuando la corrida de toros, empieza a tomar la forma que le conocemos.

¿Qué se aprende en los Toros? ¿Cuál es la vocación pedagógica de este ritual? Planteando estas cuestiones pretendo responder a la que da origen a mi razonamiento.

La Fiesta de Toros tiene una clara raíz católica, asociada a las fiestas religiosas de manera comprobada y evidente. Es un rito donde se lleva a cabo un sacrificio, donde el torero aparece como un sacerdote oficiador, con su capote de paseo ricamente adornado y con una imagen asexuada. Los iconos semejan los de la misa católica: la capilla, santiguarse, «hacer la cruz», la «verónica» (por Santa Verónica), etc.

Pero hagamos otra lectura contradictoria. El torero puede verse como héroe y modelo de salvación, modelo de éxito carismático y de individualismo. Y esta es una lectura eminentemente calvinista, la raíz misma de la Modernidad como se entiende desde finales del siglo XVII. Esta otra lectura —no excluyente— permite hundir la raíz ideológica de las corridas en la Ilustración —época de reglamentos, recordemos—. Y qué es la Ilustración sino la laicización del calvinismo. Esta muestra de la corrida como «glorificación» del éxito personal es de clara inspiración puritana, nacida tan al norte de donde celebramos la Fiesta. Bueno, debo precisar: hablo de la corrida urbano–burguesa que conocemos reglamentada, no de las capeas rurales, donde esta lectura no podría hacerse.

Incluso la interpretación sexual de la Corrida de Toros es de claro análisis calvinista. Fue en la Inglaterra de la Restauración (s. XVIII) cuando el sexo y el amor se convierte en cosa de dos, la lascivia y el sexo estaba fuera y pasa a estar dentro. Nace así la sexualidad, como pasión administrada, como juego de la mujer que flirtea lo necesario, que administra los embites del varón, dosifica su lujuria y se mantiene hasta conseguirlo en matrimonio. Aparece esa mujer falsamente casta, la que crea una necesidad que nunca es satisfecha; es decir el paradigma de la hipocresía puritana. Es en esa época cuando aparecen las novelas rosas de éxito inmediato (Richardson, más tarde Austen), que no eran más que instrucciones para la mujer virtuosa, intentos de «profesionalizar» la castidad: puro calvinismo.

El paralelo es claro, en la corrida se explica el destino de los varones. El torero —travestido—, mujer, incita al varón, toro, se le engaña, se administra su empuje…

Lo que pasa es que los tiempos cambian, los roles cambian y ahora la seducción se queda sólo en eso, observen, si no, el «ruedo» de cualquier discoteca. Pocas faenas se rematan y, en definitiva, lo que impera es el «toreo salón»; excesivamente nos tememos.

Pero no es sólo un paralelo sexual. El destino es mucho más amplio: es el éxito, la distinción del resto de iguales con sus baches y su premio. Y esto sí que es realmente una consecución eminentemente puritana. De acuerdo que la concepción protestante excluye el sacrificio, derramar sangre, el oficio pomposo…, pero nosotros tratamos de leer el fondo, no la forma.

El primer reflejo intelectual de mentalidad moderna, entendida ésta como manera de dirigir la conducta humana, será posiblemente la figura de Hamlet. No lo digo yo; es este un argumento suficientemente probado: Hamlet como la encarnación del héroe moderno, transición hacia una manera diferente de entender nuestra realidad. Hamlet estudió en Wittemberg, donde Calvino expuso su tesis. Su convulsa duda, su afán por alumbrar lo oculto son predecesores de la Ilustración, un canto oscuro, a la vez favorable, a lo que se esconde tras el destino, las dudas el afán intelectual del hombre.

Goya y sus monstruos nacidos del sueño racional son la misma cosa. Tras un escaparate, para algunos monstruoso o truculento, aparece una forma de entender y —lo que es más importante—, de explicar la conducta del hombre.

El argumento basado, subjetivamente y con razón, en la crueldad la Fiesta de Toros, se rebate por sí mismo. Nada podemos hacer contra los que esgrimen la crueldad gratuita e innecesaria como ingrediente principal del Arte.

Pero: ¿y si los toros no son Arte? Si hubiésemos fabricado una manifestación artística a partir de un rito de aprendizaje y consejo, si en el ojo del huracán estuviese la raíz de ciertos comportamientos presentes y futuros ¿qué argumento esgrimiría contra este fondo?

 

 

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