Artículos

Los toros, acontecimiento visual

En 1951, el catedrático y humanista Enrique Tierno Galván, también hombre político (murió siendo alcalde de Madrid), escribió un brevísimo ensayo que tituló «Los Toros, acontecimiento nacional».

Matías Prats Cañete.

Ignoro los motivos que le impulsaran a terciar sabiamente en la popularísima fiesta de los toros, como tampoco sé las causas por las que este delicioso opúsculo no vio la luz hasta 1988, muerto ya «el viejo profesor». En cualquier caso, es ahora cuando ha llegado a mis manos, justo cuando el Aula Taurina de la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba me solicita una aportación a ese gran empeño literario y culto que es el Boletín de Loterías y Toros; por esta coincidencia, y tomándola como buen augurio, me dispongo a elucubrar superficialmente como corresponde a un simple cronista de la Fiesta, sobre el acontecimiento de los toros, nacional según Tierno, visual e icónico por añadidura a la luz de ese otro gran suceso tecnológico de nuestro tiempo que es la televisión.

El propósito de don Enrique fue otorgar trascendencia y significado profundo a los toros basándose en su característica de acontecimiento nacional. Y, poco más o menos, lo razonaba así: «En el conjunto de elementos que componen la realidad social hay que distinguir, por un lado, los ‘hechos sociales’, que son los modos necesarios de su constitución, sin los cuales la realidad social no existiría, verbigracia, las relaciones sexuales entre hombre y mujer, el hambre, el nacimiento y la muerte, la prole, las cosas…; por otro lado, hay que distinguir los ‘actos sociales’, que vienen a ser las consecuencias en el ámbito social del obrar humano libre y reflexivo, cual puede ser por ejemplo, una asociación». Pero —y ésta es la clave de su ensayo— entre los hechos y los actos sociales hay un tercer constitutivo, no adornado con la nota de necesariedad, ni tampoco producto pleno del obrar libre y reflexivo, que son los «acontecimientos». Y aquí viene el original corolario del profesor metido a ensayista taurino: los acontecimientos «aparecen constituyendo la realidad social con un peculiar carácter de exigencia; exigen no que nos adhiramos a ellos, sino que nos definamos ante ellos. La actitud que tomemos ante el acontecimiento preincluye una cierta concepción del mundo… A mi juicio, el acontecimiento se podría definir sólo parcialmente como la realización en espectáculo de una concepción del mundo es acontecimiento». Tierno Galván no duda en ejemplarizar los Toros como un acontecimiento cien por cien, y además nacional, de donde se deriva que son un espectáculo que se transmuta en acontecimiento nacional en la medida en que subyace en él, en sus ritos y en su historia, en sus protagonistas y antagonistas (toreros y toros), en los espectadores que participan apasionadamente en la lidia, un modo común de entender el mundo y sus cosas, la vida y la muerte, el arte y el riesgo.

Lo curioso es —como añade el ensayista— que «toda concepción del mundo tiene como carácter fundamental una pretensión de vigencia exclusiva», de donde el españolísimo modo de entender el mundo que subyace en el acontecimiento taurino excluiría cualquier otra concepción del mundo demarcada por diferentes coordenadas geográficas e históricas. ¿No les suena esto a argumento clarificador, o por lo menos atendible, en la pugna «Toros, sí, Toros, no» que parece figurar en el orden del día de la Comunidad Europea? A la vista está que al profesor Tierno Galván no le faltaban razones para sacar los Toros del contexto de violencia y crueldad en que lo tienen las culturas de raíz sajona. Los Toros como acontecimiento son una manera de ser, una seña de identidad nacional, y no un problema de conciencia, concepción que nos distancia de otros pueblos europeos como, al contrario, nos une a muchos españoles por encima de regionalismos, localismos y sentimientos económicos. «¿Qué hay en el acontecimiento taurino —concluye Tierno— capaz de unimismar situaciones sociales distintas, puntos de vista diferentes y, sobre todo, que afecte al pueblo en conjunto de modo tan radical?».

De ser cierto —y no hay por qué dudarlo— que este ensayo fue escrito cuando todavía no había irrumpido en España la televisión, se nos ocurre una pregunta nada ociosa: ¿Es neutral la televisión, o por el contrario beligerante en el dictamen de que los Toros son unacontecimiento nacional más que un espectáculo? ¿Acentúa la televisión una u otra característica? La televisión ha venido a acentuar muchos de los rasgos propios de las corridas de toros, su riqueza plástica, su colorido, su sonoridad ambiente, su sol y su sombra. Si los Toros son una fiesta de sangre y muerte, de arte y suerte, una «parusía de la muerte» a la escala de la embriaguez, embriagado el torero por la lucidez dominadora de su mente, embriagado el toro por su agresividad y fiereza, que tanto le ayudan a alcanzar la plenitud de su ser en la lidia, embriagados los espectadores por la convicción y la sensación de estar participando —tomando parte— en la más primigenia tragedia humana, la de burlar a la muerte; si los toros son todo esto y, como dice Tierno Galván, la propia disposición circunférica de la plaza contribuye a que el espectador se sienta parte de un torbellino cuyo vértice lo forman el torero y el toro, hasta el punto de hacer de la corrida el espectáculo en que se da la máxima concentración local, visual y psicológica, ¿qué pensar de los Toros en la televisión? ¿Factor de refuerzo de la «última plenitud de la pasión» (la de vivir pasivamente la acción heroica del diestro), o factor de neutralización? ¿Cómo actúa la televisión en un público masivo y heterogéneo que tal vez nunca pisó el albero de una plaza de toros? ¿Qué ofrece la televisión cuando transmite una corrida de toros: un acontecimiento nacional o sólo un espectáculo, o quizá nada más que un programa?

Haría falta otro ensayo para contestar a estas preguntas. La pantalla pequeña es un macroespacio en el que todas las distancias se borran, un «territorio visivo» que no es la plaza de toros sino su representación en imágenes con volúmenes y distancias que no son los de la realidad, sino las «distancias–distantes» propias de las cámaras. Hay una palabra, proxémica, cuñada por Edward T. Hall, el autor de La dimensión oculta, que designa las observaciones y teorías sobre el empleo que el hombre hace del espacio personal. No es ésta la ocasión de profundizar en la «dimensión oculta», pero sí de atestiguar la existencia de un mecanismo de fijación de distanciasde aplicación decisiva en el fenómeno de la comunicación. A las distancias propias del hombre —la distancia íntima, la distancia personal, la distancia social y la distancia política— por todos experimentados a diario, la televisión añade las nuevas distancias creadas por las cámaras, los objetivos y los planos, que meten la fiesta entera, en toda su grandeza y en toda su miseria en las 625 líneas del receptor. Nunca se habían visto los toros sin salir de casa. Nunca, nadie, se había acercado tanto al toro y al torero, comiéndoles el terreno e imponiendo nuevas distancias. ¿Es esto para los toros–espectáculo y no para los Toros–acontecimiento pasional, o viceversa? ¿Llegará a ser intoreable en la invasiva televisión lo que es uso y costumbre en la realidad social? Habrá que pensar en esto. El profesor Tierno Galván no pensaba en la televisión al redactar su interesante ensayo y ya dio la voz de alarma:Cuando el acontecimiento taurino llegue a ser para los españoles simple espectáculo, los fundamentos de España en cuanto a nación se habrán transformado. Si algún día el español fuere o no fuere a los toros con el mismo talante con que va o no va al cine, en los Pirineos, umbral de la Península, habría que poner este sentido epitafio: «Aquí yace Tauridia; es decir, España». 

 

test

Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura

Gobierno de España | Ministerio de Cultura