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Los universos míticos de Camarón y Curro

En esta tierra donde se siente la tragedia, y la muerte se convierte en rito, donde somos elocuentes en el dolor, ha muerto Camarón de la Isla.

Juan Carlos Cabrera Jiménez: Historiador

En este tránsito donde siempre se sale a hombros y la mayoría sólo dejamos una frías líneas en algún registro o acta, donde alcanzar la gloria desde los sueños infantiles, sólo es posible dentro de la personalidad sobrante de esta Andalucía y de sus más hondas expresiones. Es, con la ausencia de José, cuando se han unido aún más los dos universos que míticamente representan Camarón y Curro. Una amistad artística que también une a las personas.

Camarón quiso ser torero y cuando iba a las tientas terminaba cantando: ese era su sino. Este cruce de intenciones lo podemos constatar con otros flamencos, desde Antonio Chacón, Caracol padre, Aurelio, el Niño de Marchena, el Príncipe Gitano, hasta Rancapino y Turronero. Pero en esta doble dedicación tauroflamenca, podemos hablar también de toreros como: Juan Belmonte, Sánchez Mejías, «El niño de la Palma», Rodolfo Gaona, e incluso Manolete. 0 escuchar las grabaciones de Juan de Dios Pareja Obregón, de los Peralta, o a Antoñete, Curro Romero y Gitanillo de Triana en un disco por fandangos. Y es que si Camarón era íntimo de Curro, Manolete lo era de Caracol. Así que no nos extrañen las frecuentes uniones entre toreros y artistas flamencos: Rafael el Gallo y Pastora Imperio, Sánchez Mejías con la Argentinita, Chicuelo con Dora la Cordobesita, Antonio Márquez con Concha Piquer, Aparicio con Maleni, Paquirri con la Pantoja, y Curro fue yerno de la Piquer.

Y es que cante y toros son amistades de siempre, que se reúnen en la taberna. Donde el aficionado, palabra peyorativa en origen, puede dialogar a gusto sobre el duende, la gracia, la majestad, la ortodoxia… Sobre los misterios comunes del cante, los toros, y el vino.

Estos dos hermanitos gemelos como los llama Andrés Amorós, se han ligado en singulares espectáculos que combinan toreo y cante. Con fechas recientes han sido hermanados en un festival de Badajoz, o el intento de Écija organizados por Tagore. Dos tipos de expresión que presentan numerosos denominadores comunes. Una fraternidad que ya han estudiado, entre otros, González Climent, Félix Grande y Quiñones con Blas Vega.

Como lo define Jean Marie Legomodeuc en su espléndido artículo «Arte Flamenco y Tauromaquia: dos discursos homólogos»(Candil, Revista de Flamenco. Peña Flamenca de Jaén, nº 76), el flamenco y la tauromaquia son dos elementos vivaces enraizados en la cultura popular andaluza. Sus representaciones dramáticas, donde los sentimientos se exacerban. Dos tipos de expresión pasionales que traducen una vuelta a lo esencial, a lo auténtico, es decir, a los valores y sentimientos primordiales del hombre.

Tienen términos comunes: temple, compás, tercio, remate, tientos, palmas y olés; y, como el lenguaje, son una expresión viva del pueblo andaluz. Es el pueblo el que se expresa, el que se manifiesta mediante estas dos artes populares. En lo referente al cante, Luis Melgar y Ángel Marín en su libro Arte, genio, y duende, nos dicen, que está en constante evolución, al igual que el toreo: como manifestaciones creativas que son. El artista aporta lo esencial, la sinceridad y la espontaneidad, a los cantes o cánones del toreo, que son fruto de una sabia evolución. Y es que cualquier cambio, que transgreda las formas y estructuras de su pureza, en vez de enriquecer, dañará seriamente los pilares artísticos. Y no es porque falte inspiración sino porque son un arte ya con solera, con una madurez casi perfecta en sus concepciones estéticas.

El toreo al igual que el flamenco es un arte atemporal que se desvanece en el tiempo. Para entenderlo tenemos a la envidia que se acrecienta entre los aficionados, que por la edad o por otras razones han tenido la suerte de ver u oír tal o cual artista. De ahí el carácter fetichista, o ese cante o esa faena que uno intenta recordar cometiendo el absurdo de torear con un paño o de interpretar aquel cante que no sonará igual.

Eduardo Durán, el gitano poeta, en un artículo del Libro de oro de la tauromaquia, llega aún más lejos en la identificación entre toreo y cante jondo. Compara los estilos del cante con los del toreo, así nos habla que han toreado por soleares Belmonte y Manolete; Joselito por tarantas y por malagueñas del Mellizo y por el estilo de Juan Breva y que murió en Talavera toreando por soleares. Para este autor, como para otros, podemos hablar de una escuela cordobesa de estilos sobrios, basado en gustos estáticos y de poderosa personalidad, y de otras escuelas, en cuyas aulas se sentarían tanto toreros como cantaores. Y en este ambiente «tauroflamenco», como lo llama González Climent, es donde el arte será premiado con «olés». Exclamaciones que reflejan la emoción de un momento, y que suenan en ocasiones similares. Como si fueran los mismos públicos, esos aficionados que son los únicos que gustan del «duende», que poéticamente definió García Lorca «Es un luchar y no pensar… sube por dentro desde la planta de los pies… es el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte».Por eso, como dice Eduardo Durán: «de todas las bellas artes, toreo y cante son los que más emocionan a los espectadores, las que más compenetran a los públicos con los artistas, porque los funden en la misma emoción».

Como hemos visto, la relación íntima de estas artes, es un hecho, que estaba ahí desde siempre. Una simbiosis que arranca desde las más hondas maneras de expresión, que la configuran como manifestaciones únicas, que apagan a la modernidad y que provocan a la intelectualidad; por ser manifestaciones legítimas de un pueblo al cual representan, dentro de un contexto «light», que margina a la cultura propia y acoge productos foráneos, que nunca sabrán expresar nuestros sentimientos, dentro de un comportamiento estético que se sabe creativo y efímero.

 

 

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