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Moralidad y cuestiones éticas en torno a las corridas de toros

¿Constituyen las corridas de toros una costumbre bárbara que debe ser abolida en la Europa del siglo XXI? ¿Son inmorales? Para Fernando Savater, según su «Aproximación a la tauroética», estas dos preguntas no son equivalentes.

Fernando González Viñas: Historiador y escritor

Savater se hace eco de la existencia de inmoralidades sumamente refinadas que ningún bárbaro hubiera pensado cometer jamás, lo mismo que hay barbaridades que conmueven de puro éticas. Savater tiene por moralmente buenos los actos humanos (voluntades y conscientes) que pretenden contribuir a la autoafirmación, reconocimiento y salvaguardia del hombre por sí mismo. La ética así entendida es un propósito y también una obligación del hombre para con los hombres, distinta de la piedad que puede profesar hacia otros elementos o manifestaciones no personales del cosmos en que vivimos. Literalmente llegó a decir:

«La ética es, sin duda, una forma de discriminación activa entre lo que es humano y lo que no lo es: la moral no es una actitud de reverencia general del hombre ante el universo, sino una disposición audazmente unilateral y universal a favor del hombre, dictada en la intimidad de su propia voluntad libre, por el hombre mismo. (…). Generosas vaguedades del tipo ‘hay que respetar todo género de vida’ o ‘es malo infligir dolor a cualquier ser sensible’, son afirmaciones que pertenecen a creencias religiosos pero no a la moralidad autónoma y humanista en cuanto tal». 

Aún compartiendo su opinión, es de notar que olvida Savater que lo que él llama «generosas vaguedades» son afirmaciones formuladas por el propio hombre, el mismo que en un principio sacrificaba animales a los dioses y que ya no lo hace. Por tanto, esa moral humana ha cambiado y habría que preguntarse cuá1 es la correcta, la que propugna Savater o la de una mayor sensibilidad hacia el animal.

En cuanto a los derechos de los animales, dárselos significa para Savater incurrir en dos tipos de disparates éticos: el disparate franciscano de «todos los seres animales poseen por naturaleza idéntico tipo de derecho» y el disparate positivista de «nadie tiene derechos por su propia naturaleza hasta que le sean otorgados por alguien».

Se olvida la inexcusable condición de reciprocidad que el reconocimiento de un derecho comporta. Derechos y deberes son uno. Si tienen derechos no pueden tenerlos más que humanos, pues lo que no hay son derechos animales, como tampoco deberes animales. A los animales se les utiliza, pero no se les contrata.

Ciertamente tiene razón Savater, —al menos éticamente—, pues lo que hacemos es proyectarnos (los humanos) antropomórficamente al animal y ponernos en su lugar.

Pongamos un ejemplo. ¿Tiene el animal derecho a nutrirse de alimentos para ser comido por nosotros? Quizá sea así, pero yo haría la siguiente pregunta: ¿Por qué está perseguido por Ley el engorde artificial de ganado mediante hormonas? ¿Acaso es porque el animal tiene derecho a nutrirse «naturalmente» o porque mediante esta técnica estará antes suficientemente gordo para su destino final y por ello, le impedimos vivir algún año más de lo que viviría alimentado por métodos «tradicionales»? No. Esta prohibición, por Ley, existe porque las hormonas pueden traer consecuencias negativas para la salud humana.

Esta explicación entronca con la del amor hacia los animales. No es que el animal tenga derecho natural a existir. Que le pregunten a los dinosaurios por el derecho natural a vivir (como dice Savater). La respuesta es que a nosotros nos gusta un mundo donde podamos ver ballenas y elefantes, aunque sea en zoológicos. Ese es el verdadero amor del hombre por los animales.

Por otra parte, y centrándonos en el toro, dicen los taurinos que nadie lo ama más que ellos, que reconocen su belleza y ensalzan sus gestas, o sea, su bravura. Independientemente del trato que recibe y que estudiaré posteriormente, el toro bravo existe porque asistimos a las corridas de los toros. En 1627, desaparece en los bosques de Polonia, el último antecesor del toro bravo: el auerochs o uro primigenio. Su causa no fue la evolución, sino que su ferocidad implicaba sólo una función para este animal: ser cazado. La misma situación hubiera podido vivir el toro, pero este ha tenido más suerte; aunque sería mejor decir que ha sido el hombre quien ha tenido esta suerte, porque ha encontrado una nueva utilidad para el fiero animal. Y en este término, utilidad. Muy duro, pero las especies que no son útiles para el hombre han ido desapareciendo. Por ejemplo, el número de lobos ha ido descendiendo progresivamente hasta que hace poco fue declarada especie protegida.

Por tanto, las corridas de toros permiten la utilidad y consiguiente subsistencia del toro o lo que es lo mismo, el amor de algunos por él.

En una encuesta que realicé en un instituto de F.P., los contrarios a las corridas llegaron a decir que «viva libre y salvaje en el campo». Es esta una sociedad asentada sobre la base capitalista de lo positivo y lo útil. Lo anterior sería una quimera. Queda pues en la conciencia de cada uno si moralmente es mejor la desaparición del toro de lidia o su utilidad.

Yo me inclino por la segunda conclusión. Los toros llevan una vida completamente libre, que no salvaje, apartados en el campo en manadas. Durante cuatro o cinco años tienen mayor independencia que la mayoría de los animales —si exceptuamos a los que habitan los parques protegidos—. Después de esta vida natural, se les lleva a una plaza de toros donde mueren tras veinte minutos de supuesto sufrimiento. Otros bóvidos reciben un trato totalmente diferente: tienen una muerte digna, —término éste muy humano—, pero viven prácticamente encerrados y engordados a marchas forzadas. El fin último de ambos es el mismo, servir de alimento a los humanos. Podríamos hacer también referencia al buey. Su vida transcurre monótonamente bajo un yugo, y además castrado: acudo en esta ocasión a un poema de Rubén Darío, donde un toro y un buey dialogaban. El primero ante el sonido de los clarines preguntaba al segundo: ayer el sol y el viento. ¿Hay algo más negro que la muerte? Respondió el buey: el yugo.

¿Cuál es la elección ética más correcta? ¿Se puede hacer un cómputo matemático de años por minutos de sufrimiento, dividido en metros cuadrados?

Por otra parte no está del todo claro la llamada martirización del toro en la plaza. El toro cuando sale a plaza lo hace en un estado de excitación suma. Los antitaurinos llevan muchas veces a los coloquios banderillas y picas para resaltar el daño que se le produce. No hay que negar ese daño, pero sí hay que aclarar que el cuerpo del toro no es humano y que por tanto las medidas deben ser comparadas en proporción.

Para los que asistimos asiduamente a las corridas, podemos ver que el estado de excitación del toro le impide notar en la mayoría de las ocasiones el daño físico que los antitaurinos, siempre ajenos a la fiesta, le atribuyen. Sin embargo es perfectamente perceptible, que a la hora de la muerte, si ésta se ejecuta todo lo mal que yo he llegado, a veces, a ver, evidentemente, recibe un castigo y un dolor, pero el concepto de sufrimiento es completamente humano. El sufrimiento es un problema intelectual y no se puede determinar físicamente, como aducen los antitaurinos.

Algo que desconocen totalmente los antitaurinos es que el toro recibe un daño psicológico mayor que el daño físico (según un estudio veterinario). El salir de los toriles a un mundo desconocido y sin salida, la plaza, y el intentar cornear y sólo hacerlo al aire mientras un trapo le engaña, le produce una grave perturbación. Se puede acusar que nos estamos riendo de un animal. ¿Pero lo nota, lo siente él? ¿Y qué se hace en las investigaciones científicas con animales? Ponemos a un ratón a andar sin parar en una rueda giratoria. Creamos seres nuevos combinando genes. Utilizamos a los monos para transplantes y estudiamos la reacción de los animales ante diversos productos químicos. Todo ello con único propósito: el bienestar humano. No nos preocupamos por el dolor psicológico o físico que recibe el animal.

Tanto todos estos usos —que es lo que son— que recibe el toro, como los reciben igualmente los destinados a alimentarnos, tienen un objetivo fundamental, el bien del hombre. Ese «bien» significa que el hombre se conciencie o crea que posee, lo que podemos llamar el bienestar. No el bienestar social, sino fisiológico. El hombre se encuentra a gusto cuando está bien alimentado, bien vestido, y vive en un mundo acorde con sus ideales y objetivos. Sobre el vestir y alimentarse, podría el hombre vestirse con tejido sintético, o comer solamente vegetales. Nada hay que ello lo impida. La existencia de vegetarianos (posiblemente los únicos autorizados para hablar en contra de las corridas), así lo demuestra. Pero el hombre prefiere comerse de vez en cuando unas chuletitas de cordero y vestirse con abrigos de pieles. Esto supone al hombre nada más y nada menos que un bien «moral». Físicamente no es necesario, pero moralmente se sentirá satisfecho.

También los protaurinos se sienten moralmente satisfechos cuando presencian lo que ellos llaman una buena faena, otros hablarían de una obra de teatro, de una buena película, etc… ¿Cómo justificar entonces que las corridas de toros son inmorales y no las chuletas de cordero? En última instancia ambas producen un beneficio moral último y no son absolutamente necesarias para nuestra supervivencia.

A este argumento hay que unir un dato más. El toro, una vez muerto, es consumido por el hombre, con lo cual, nos produce nuevamente un bien moral. ¿Significa esto entonces que deberíamos organizar festejos con todo bicho viviente para recibir satisfacciones dobles?

Antes de la llegada de la Ilustración, toda Europa poseía variados tipos de juegos con animales. La Ilustración supuso la razón, que acabó con tanta barbarie y crueldad, según algunos autores (Mosterín, por ejemplo). De todos modos, esa supuesta razón, no fue en realidad nada más que una reacción sensiblera desde el poder. Y digo sensiblera, porque lo que se hizo fue esconder los maltratos a animales, y no evitarlos.

Ya hemos podido comprobar cómo lo que temían los poderes públicos y eclesiásticos no era otra cosa sino las muestras de crueldad y barbarismos que al público le servían de mal ejemplo. Por ello, con la Ilustración se suprimió y escondió lo más evidente de los maltratos de los animales. Las corridas de toros y algunas otras fiestas escaparon de ellas. Por otra parte, no nos acordamos de acusar de inmoral el cebamiento de ocas para producir foie–gras, ni tampoco de la ejecución de terneros porque su carne es más blanda (siempre se ha dicho que las mujeres y los niños debían salvarse primero).

Lo que se ha intentado desde la Ilustración, es evitarle al hombre el daño moral que supone lo evidente: que el animal es, en general, alimentado y humillado para el beneficio humano.

Se puede argumentar en contra, que la lidia del toro es una morbosidad y nunca podrá ser un bien moral, ni una muerte digna —término muy humano—para el animal. Pero ¿cómo podría tener validez moral esta afirmación, cuando vemos por la televisión programas en los cuales un niño de caracteres asiáticos se cae de un columpio, camina tambaleándose y llorando hacia su padre, mientras éste lo está grabando en vídeo y, en vez de acudir en ayuda de su hijo, se ríe tanto o más que nosotros? ¿Y no es morboso un zoológico?

El abuso del hombre con el propio hombre es uno de los argumentos que superan en inmoralidad a las corridas de los toros —si fueran inmorales—. Si estableciéramos una escala de valores no serían las corridas uno de los hechos de mayor inmoralidad presentes y necesarios de exterminar antes del siglo XXI.

La corrida de toros no puede verse como algo de puertas para adentro. Si miramos lo que ocurre dentro de la plaza, puede que nos sintamos sensibilizados con la suerte de está corriendo un animal. Al salir de ella, podemos ver fácilmente que existen para el hombre preocupaciones mucho mayores, y que su existencia no es excesivamente ética.

¿Cómo podemos quejarnos de la muerte de 6.000 toros de lidia al año, cuando diariamente muere más gente de hambre? Simplemente pasa, que una cosa la tenemos aquí, presente, y la otra la evitamos cuando podemos. ¿Qué grado de perturbabilidad nos produce la guerra Yugoslava y cuánto la muerte de un novillo? Y si nos preocupan las dos cosas, ¿por qué no aparecen nunca en los periódicos el número de animales muertos en Bosnia–Herzegovina por bombas serbias?

Lo verdaderamente inmoral no es la celebración de corridas de toros, sino la hipocresía de la doble moral.

Pero esto es algo completamente humano. Es la cultura del hombre. Precisamente un hecho cultural lo son las corridas de toros. Si la cultura es un conjunto de elementos materiales y espirituales que distingue unos pueblos de otros, la inmoralidad del hombre con sus semejantes es la cultura global humana. Y las corridas de toros son simplemente una pequeña muestra de cultura autóctona.

Bousset (teórico del absolutismo), decía que «el árbol de la civilización ha de regarse con sangre». 

Se habla de que debemos superar esa cultura y llegar a una era de paz y amistad, en definitiva una era más humana, ¿pero no supone eso en realidad una deshumanización? La prueba está en Suecia, un país neutral, sin violencia aparente, con un bajo índice de delitos, sin corridas de toros. ¿Y qué sucede?, que posee uno de los índices más altos de suicidios de Europa. Sencillamente ha ocurrido que el hombre ha dejado de ser tal, se ha deshumanizado, se aburre.

Quisiera acabar este trabajo con una frase de Orson Wells en la película El tercer hombre: «En Italia, durante la era de los Borghia, asesinatos, violencia, corrupción: Leonardo Da Vinci, Miguel Angel, Raphael. En Suiza ha habido 900 años de paz, ¿y qué nos han dado?: El reloj de cuco.» 

 

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