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N.R. 28.281

Y algunos me llaman cerdo. Lo peor es que la culpa no es de ellos, pobres infelices, sino del gañán que creyó imaginarme en piedra y tuvo la osadía de empuñar el cincel.

Agustín Jurado Sánchez.

No busco compasión, la detesto. Sé que ahora, sin poderío, encerrado en una triste arenisca que torpemente recuerda mis formas, doy risa. Pero viví mi gloria. Cuando era carne me temían. Me alimentaba de la sangre de todo aquel que me retase. Mis astas, hoy infames oquedades, hurgaron mil femorales. Conocí la textura de músculos y tendones, el calor de las entrañas, el metálico olor de la sangre. Fui causa y testigo del último dolor, del que precede a la dignidad de una muerte ganada con honra. Venían a buscar la gloria. Encontraban la muerte. Su vanidad, su inconsciencia, su arrojo, su deseo… mis pitones.

Pero aquel cobarde me la jugó. Lo conocía desde cachorro. Había visto sus ojos espiarme ocultos desde la distancia. Sabía que antes o después me vendría a buscar. Y creció. Vino el hombre, aún casi niño. Hubo un primer encuentro. Yo estaba mejor que nunca. Fuerte, altivo, soberbio. Él quería arrebatarme las almas que me había ganado con limpieza. Yo sabía que ganaría. Abriría sin contemplaciones sus muslos igual que rajé la barriga de su padre. La venganza lo nublaba. Era mío. Tenía que serlo. Se presentó ante mí embutido en sus mejores pieles. Parecía brillar. Aquellas mismas pieles que llevó su padre y que su viuda madre guardó. A la izquierda un retal de remiendos. A la derecha el hierro afilado durante cien tardes de odio. Me reta. Voy por él. Primer lance. Huelo su miedo. Me esquiva. Es pura venganza, no tiene la gracia del padre. Segundo lance. Palpita. Adivino sus formas. Tercer lance. Lo derribo. Sus arterias se me presentan en exposición para que elija la que me apetezca. Hilos de vida que cortar a mi antojo. La safena. Esa huele a muerte. No quiero dilatar más el juego. De repente, caído a mis pies, me sorprende. Me envuelve la cara. No veo. Corneo, pero siempre al viento. Dónde está, me pregunto. Con un pitonazo me zafo del capotillo. Giro y giro. No lo veo. Ha huido. Cobarde. Encuentro vano. Me tranquiliza pensar que él tampoco podrá contárselo a nadie. El silencio nos calla.

Pasa el invierno. Luna llena. Un suave viento mece los pastos de terciopelo. Las lomas de la dehesa asemejan un cuerpo cubierto bajo cuya fina piel dormitan serenas. A lo lejos se recorta su figura. Es la noche elegida. Apenas nos separan unos metros. Avanzo a por él. Al instante siento un hierro en los ijares, al tiempo otro en el brazuelo. Dos ayudantes, emboscados en el pastizal me hieren a traición. Los busco entre la maleza. Reptiles traidores sin honra ni honor chillan como crías cuando los descubro. A los dos doy muerte sin compasión. Pero me falta el aire. Estoy derrotado, me venzo. Se acerca carcajeándose y antes de hundir su hierro en mi carne escupe sobre mi testuz tres generaciones de venganza. Bonita manera de alcanzar la gloria. Mancillar tu honor y sacrificar a dos de tus hermanos.

Recién despuntó el alba, todo el poblado se hizo presente. Dijo haber combatido tan fieramente que hasta sus dos subalternos cayeron en quites. Dijo que mis pitones se enroscaron en sus muslos como culebras y gallardamente los esquivó. Dijo que confrontado con mi testuz me entró a matar o a morir. Dijo que cuando caí se sentó junto a mí a llorar por haber dado muerte al único rival que mereció llamarse tal. Dijo… Y en su honor, que no en el mío, mandó tallarme de piedra y que el día que muriese me colocasen sobre su tumba como recordatorio de su gesta. Pero nadie gana del todo. Pensaba que había salido ileso del encuentro. Le nubló el triunfo y no sintió mi pitón izquierdo acariciar lo más recóndito de su alma. No sangraba, como no sangra ninguna herida del alma. Esas se guardan la elegante limpieza de corroer sin ensuciar. Y sobrevino la enfermedad. Enfermedad para la que los humanos no habéis concebido remedio. Y la soberbia lo devoró. Y tras la soberbia llegó su hija más fiel, la soledad. Héroe inútil, esfuerzo inútil, traición que se traiciona, obligado a recordar una mentira que los demás olvidaron. Nada te quedaste. Pagaste en vida la vergüenza de tu deshonor. La soledad fue tu tributo a mi humillación. Creías que podías mudarme de dios a ridícula arenisca que confunden con cerdo. A mí, que no tuve nombre, que fui idea.

Ahora me llaman N.R. 28.281

Toro ibero. Pieza N.R. 28.281

Toro ibero. Museo Arqueológico de Córdoba. Pieza N.R. 28.281 (Fotografía gentileza del Museo Arqueológico de Córdoba)

Relato finalista del concurso de relatos del Museo Arqueológico de Córdoba, 2010

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