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Toros y feminidad

En primer lugar quiero dar las gracias a la organización de este Congreso Internacional Taurino por invitarme a participar y hablar de toros en esta tierra cordobesa, noble y bravía, cuna de importantes e históricos toreros como Lagartijo, Machaquito, Guerrita, Manolete, Manuel Benítez El Cordobés o Finito de Córdoba.

Mariate Cobaleda: Doctora en Filosofía por la Universidad de Salamanca.

Además, me parece muy interesante el tema elegido para este Congreso, como es el tema de los toros desde su simbolismo erótico. Y es que, el simbolismo taurino es abarcador de todo lo humano. Porque el toro es espejo de humanidad.

Mi exposición se va a centrar en el carácter de feminidad que se encuentra al fondo de la milenaria cultura taurina. La feminidad, desde el principio de los tiempos, se encarna en la diosa-madre-tierra, que en las religiones meridionales era representada en forma de vaca sagrada.

El Paleolítico Superior supone el momento en el que se inicia la cultura taurina, con las pinturas rupestres de toros, bisontes y bóvidos en las paredes y techos de las cuevas. 

De esta época tan misteriosa de la humanidad primera datan las importantes esculturas arqueológicas denominadas «Venus» paleolíticas.

Se trata de figuras femeninas, con formas redondeadas, pechos y vientre voluminosos, que podemos considerar símbolos de la Diosa-Madre-Tierra, emblemas de la maternidad y de la fecundidad universal. De entre todas ellas nos llama la atención la Venus de Laussel (Francia) que porta en su mano derecha el cuerno de la abundancia, símbolo de la fecundidad. 

Debemos recordar que en las antiguas religiones taurinas, agrícolas y solares, de la meridionalidad, como Mesopotamia, Egipto, la India, Creta, Grecia, Roma o la Península Ibérica, la Madre-Tierra, era una diosa-vaca, que estaba asociada al dios-toro solar, masculino y fecundador. 

Los mitos taurinos y agrícolas se repiten en estas culturas. Cuentan la historia del dios-toro solar, hijo y esposo fecundador de la diosa-madre tierra. Un dios que muere en invierno y resucita en primavera, al ser rescatado de la muerte por su madre y esposa, la diosa-vaca, emblema de la agricultura, redentora de la humanidad. 

Estos mitos agrícolas y taurinos revelan a la humanidad el misterio de la inmortalidad: el toro que muere como el grano de trigo en el seno de la tierra para dar fruto con la llegada de la primavera.

Todo sale de la tierra y todo retorna a ella. La Tierra, la maternidad, la feminidad, por tanto, es el principio de todo lo creado. Es el alfa y omega de la creación. 

La madre tierra, representada en forma de vaca. La madre tierra que es el prototipo de nuestras Vírgenes. También en nuestra religiosidad popular española, el toro ha estado asociado desde siempre a la Virgen.

Así, por múltiples lugares de España, encontramos antiguas leyendas que se repiten: cuentan la misma historia, la historia de imágenes de Vírgenes que habían sido extraviadas y que son encontradas en el campo gracia a la ayuda de toros o de vacas.

Como la Virgen de Valdejimena, en la provincia de Salamanca: Cuentan que un toro tenía una querencia muy afirmada por un lugar de la dehesa: iba a escarbar todos los días al pie de una encina. El vaquero que estaba al cuidado quiso saber de qué se trataba, y cavó allí donde el toro escarbaba, y apareció la imagen de una Virgen. 

Debemos referirnos a la Virgen de la Cabeza de Andújar, cuyo santuario se encuentra en un cerro de Sierra Morena, a donde todo el pueblo acude en romería el último sábado del mes de abril. 

Según la leyenda, la Virgen fue descubierta el año 1227 por un vaquero que buscaba a una vaca que se le había perdido. El vaquero encontró la vaca junto a la entrada de una cueva, de cuyo interior salía una luz resplandeciente: era la imagen de la Virgen. 

De todas maneras, no olvidemos que la ciudad de Córdoba celebra su importante feria taurina en honor a la Virgen de la Salud. Como muchas ciudades y pueblos de España. Recordemos que la Virgen de Agosto es una Virgen muy torera, por todo el calendario o el mapa de fiestas españolas. Y la Virgen del Pilar, patrona de España, cierra la temporada taurina en nuestro país.

La feminidad y el simbolismo taurino, siempre unidos en la cultura española. El toro, símbolo de la virilidad y principio fecundador de la feminidad. 

Debo referirme al Toro Nupcial, que según el profesor Álvarez de Miranda es el origen de nuestra lidia actual. Es el toro de las bodas, un ritual festivo que se celebraba en lugares del norte de Extremadura y sur de Castilla. 

Consistía en que el novio, después de la ceremonia religiosa de la boda, lidiaba un toro en presencia de la recién desposada, ante la casa conyugal. La lidia del toro de las bodas garantizaba la fecundidad femenina, la fecundidad del nuevo matrimonio. No olvidemos que, etimológicamente, matrimonio viene de madre, de maternidad.

Pero en la estética de la lidia de toros actual, también encontramos simbolizado el matrimonio o el juego entre lo femenino y lo masculino, entre el yin y el yan de las religiones orientales. Al torero podemos entenderlo como símbolo de la feminidad.

La historia de las religiones ya nos da buena muestra de la feminidad del torero. Recordemos las lidias cretenses que aparecen en los frescos de Cnosos. En estos frescos es frecuente encontrar a la mujer convertida en torero, realizando acrobacias-rituales-taurinas. No olvidemos que la imagen de la mujer-torera es una constante en las tauromaquias de Picasso, en las que la mujer-torero muere penetrada por los pitones del toro.

No es difícil apreciar la feminidad que envuelve a la estética y la plástica del torero. Las formas externas, movimientos y actitudes del matador, afirman su carácter femenino: la montera parece una peluca femenina y su capote se asemeja a una falda de volantes.

El filósofo Julián Marías nos recuerda que la belleza femenina reside en la gracia: «Y esa gracia de la belleza femenina es algo alado, ligero, opuesto a la gravedad del varón: gracilidad quiere decir delgadez, esbeltez, gracia y levedad al mismo tiempo». 

Parece como si Julián Marías en estas palabras, se estuviera refiriendo al torero grácil, cuando se acerca al carácter de la belleza femenina: «fugitivo, huidizo, como si fuera a echar a volar», nos dice. 

Recordemos que las faenas del torero Enrique Ponce desprenden «una sensación de ingravidez por la grácil ligereza del intérprete que, muchas veces, parece flotar sobre la arena».

También la belleza y el encanto femeninos residen en la ternura y la dulzura, aptitudes propias de la mujer que podríamos encontrar en la estética del torero. Curro Romero, padrino de la alternativa de Cristina Sánchez en la tarde de Nimes (mayo, 1996), le dijo a la toricantano en el momento ritual de la entrega de trastes, que no le sería difícil a ella, como mujer, interpretar el arte del toreo, ya que el toreo es ternura, cualidad muy arraigada en el corazón femenino y maternal. 

El diestro desde el temple simbolizaría a la mujer ideal, que encanta y enamora tiernamente. Es la mujer que ayuda y guía al varón-toro a encontrar su mejor «yo», su eterno manantial originario. Es el torero que sabe extraer del toro su clase, bravura y nobleza. Es la mujer que pronuncia al varón desde su nombre mítico, virginal y auténtico. «Dicen que el hombre no es hombre, mientras no oye su nombre de labios de una mujer», como dice el poeta A. Machado.

Es atracción hacia la entraña originaria y maternal, lo que la mujer provoca en el varón; porque la mujer es ovario, placenta, capote maternal que cobija y envuelve; manto de grana y oro que oculta el misterio de la fecundidad y de la tragedia. 

Y es que, hay toreros que, al templar, parecen acariciar tiernamente al toro, maternalmente. Y la caricia auténtica, según Rof Carballo, debe ser templada, tierna; debe suspender el tiempo: porque «una caricia apresurada es la negación de toda ternura. Si la ternura se atropella, basta esto para revelar su falsedad: Hay en toda ternura una sosegada espera, al tiempo que una seguridad tranquila». 

Estas palabras de Rof Carballo nos hacen pensar en el toreo, porque es preciso torear templado, acariciando tiernamente al toro, «desmayándose» en el pase. El torero que, a nuestro juicio, representa en su toreo de muleta esta caricia tierna y maternal, esta conversión de la violencia en ternura y en cadencia, es José María «Manzanares». El temple y la caricia consisten en la entrega honda y confiada.

Y en el arte del toreo el lance más hondo con el capote es el lance a la verónica. Recordemos que la Verónica es esa mujer del Evangelio que enjuga el rostro ensangrentado de Cristo en su Pasión. Ese gesto se plasma en los toros, en el pase a la verónica con el capote. 

Ese momento evangélico en que Cristo imprime su semblante de pasión en un pañuelo blanco de mujer. Ese pañuelo blanco femenino, símbolo de la pureza y de la maternidad honda y virginal. 

Cristo elige a una mujer para que guarde su pasión en lo más puro de sí misma. En un pañuelo blanco, símbolo de inocencia, en un pañuelo de mujer, símbolo de maternidad. Es la mujer que guarda en su alma el secreto de la gran pasión. Tal vez, por eso, la verónica es el lance más hondo de todos los que en la lidia se ejecutan con el capote. 

Actualmente no sería difícil imaginarnos al torero como mujer. Con la alternativa de Cristina Sánchez –aunque 1999 haya supuesto el año de su retirada de los ruedos–, parece explicitarse la concepción del torero como encarnación del Eterno Femenino.

Pero la historia de la Tauromaquia nos proporciona abundantes ejemplos de mujeres torero que dejaron su impronta, su estilo y valor, por los ruedos. Sólo son cinco las matadoras de toros que contamos en la historia: Juanita Cruz, Bertha Trujillo Morenita del Quindío, Raquel Martínez, Maribel Atiénzar y Cristina Sánchez. Pero hay otros nombres de mujeres que sin haber tomado la alternativa han logrado granjearse un nombre importante en la historia de la tauromaquia. De todas estas podemos destacar : Conchita Cintrón, La Pajuelera, Teresa Alonso, Marina García, María Aguirre La Charrita Mexicana, La Fragosa, La Guerrita, Dolores Pretel La Lolita, Ángeles Pagés Angelita, María Salomé Rodríguez La Reverte, las hermanas Palmeño, Angelita Álamo, Juanita Aparicio, la estadounidense Patricia Mcomichk, Ángela Hernández, Rosario de Colombia, Carmela, Mari Fortes…

Simbólicamente a mí me parece muy interesante la estética que puede ofrecernos una mujer torero: maternidad, suavidad, delicadeza, ternura… Pero no así lo puramente plástico, pues las formas femeninas, más anchas y redondeadas, rompen la verticalidad que puede ofrecernos la figura del varón. 

Creo que el traje de luces no resulta apropiado para la figura de la mujer. La chaquetilla corta, por ejemplo, armada y bordada, hace más pequeño el corto talle femenino. Tal vez, con un diseño más adecuado del traje de luces podrían solventarse los defectos plásticos que percibimos en las mujeres torero.

Por otra parte, debemos subrayar que la estrategia femenina para conquistar, encantar y enamorar al varón se identifica con las técnicas que el torero emplea al lidiar al toro. 

En el sainete lírico-taurino de Jacinto Benavente titulado «La Sobresaliente» (con música de Chapí, estrenado en 1905) se explica el método que la mujer debe emplear para conquistar y enamorar al varón, acudiendo a la metáfora taurina. Los aficionados actuales de la fiesta entenderán perfectamente este lenguaje taurino que no ha variado su uso desde entonces:

El lidiar a los hombres
y el lidiar a los toros
piden el mismo arte
y el mismo aplomo.
Los hay boyantes,
los hay muy claros,
los hay muy finos
los hay… marrajos.
Hay que abrirse de capa
con el que acude con muchos pies,
y hay que saber dar largas
al que, buscando el bulto, quiere coger.
Si dos se quieren
y están de acuerdo,
pues la estocada resulta a un tiempo.
Pero si no arrancan, hay que arrancarse
y hacer por él;
que Costillares, para estos bichos,
buscó la suerte del volapié.

La estrategia femenina, como la del torero, se basa en la ley del aplazamiento y la demora. La mujer seduce por esa ley de la «presencia en la ausencia» –como dice la Esthética Originaria de Santiago Pérez Gago–, que enciende la pasión del varón sin llegar a consumarla, del mismo modo como el torero intenta someter y dominar al toro, aplazando el momento del encuentro, la hora de la verdad, manteniendo las distancias.

Y desde la imagen de la mujer conquistadora y coqueta aplicada al diestro, nos acercamos a la imagen de la mujer fatal que toma la iniciativa, domina al varón y lo encauza a su capricho, y, como la mantis religiosa, lo mata después de poseerlo. 

La mujer, entendida como la causa de la perdición del varón, hija legítima de aquella Eva del Paraíso, es la figura de Carmen de Próspero Merimé, convertida en ópera por Bizet; o la protagonista femenina de Sangre y Arena de Vicente Blasco Ibáñez, cuyo auténtico placer erótico parecía consistir en la destrucción de los varones a los que seducía y los volvía locos por sus encantos. 

El torero para el poeta Miguel Hernández es el símbolo de esa mujer fría, dominadora, desdeñosa y destructora, burladora del corazón del enamorado. Un enamorado que, herido y maltratado por la mujer amada, encuentra su metáfora en el toro de lidia:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle como un fruto.
Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

Otra de las interpretaciones simbólicas de la lidia es la que atribuye al toro el papel femenino, de mujer. La conciencia popular española, de tradición machista, se ha encargado de elaborar los paralelismos entre el toro y la mujer, como entes que deben ser sometidos al varón-torero. Como decía el profesor Enrique Tierno Galván, «la mujer es vista como una entidad rebelde y bravía a la que hay que domeñar por los mismos medios y técnicas que se emplean en la brega taurina». 

Y es cierto, porque en el Refranero nos encontramos con numerosos ejemplos que aconsejan el trato que el varón ha de dar a la mujer. Creemos que muchos de estos refranes pueden ser considerados auténticos principios del arte de torear.

Así, uno de esos refranes, basado en la conciencia machista, aconseja al varón en el trato con la mujer, y nos dice nada menos que esto: «A la mujer y a la cabra, la soga ni corta ni larga; ni tan corta que se rompa, ni tan larga que se pierdan la mujer y la cabra».

Nos habla el refrán de la «distancia» o libertad precisa que el varón ha dar a la mujer. Recordemos que en la práctica de la tauromaquia es muy importante la intuición de la distancia o el sitio que deberá mantener el diestro frente al toro. 

Es la intuición de los terrenos a la que se refería Ortega y Gasset. Cada toro requiere su distancia precisa. Si el torero no le da la suficiente distancia, citándolo demasiado cerca, conseguirá ahogar al toro, y los pases y la faena resultarán forzados, y no se llegará a la armonía ni al equilibrio.

Otra de las normas de la tauromaquia es intentar romper las querencias del toro. Ello es síntoma de torero dominador y poderoso. El varón respecto a la mujer ha de intentar la misma actitud, como nos dice el refrán: «Quebrarle a la mujer la querencia, es buena ciencia». 

Pero serán los propios toreros los que lleguen a identificar al toro con la mujer amada. Muchos de ellos comparan la emoción que sienten al torear con un sentimiento de enamoramiento. 

Juan Belmonte, por ejemplo, sentía la lidia como un acto de amor: «Se torea y se entusiasma a los públicos del mismo modo que se ama y se enamora a la mujer, por virtud de una secreta fuente de energía espiritual que, a mi entender, tiene allá, en lo hondo del ser, el mismo origen». 

Incluso en la lidia muchos toreros confiesan haber llegado al orgasmo sexual, en los momentos culminantes de sus faenas, como es el caso del diestro Manuel Benítez «El Cordobés». 

Estas manifestaciones orgásmicas, a las que llega el torero en el momento culminante de su faena, son manifestaciones somáticas que también pueden ser encontradas en la experiencia mística, algo de lo que los propios místicos han sido conscientes: San Buenaventura habla de los «in spiritualibus affectionibus carnalis fluxus liquore maculantur». Santa Teresa y San Juan de la Cruz tratan de ello explícitamente.

También el maestro Antoñete confiesa el placer erótico que llegó a sentir con alguno de sus toros memorables: «A Atrevido, lo amé como se quiere a una mujer. Cuando pasaba bajo mi mano, el placer me inundaba, temblaba por dentro, gozaba como nunca». 

La relación del toro en la lidia es sentida por el torero como un amor ideal, irreal, perfecto e inalcanzable. El diestro Agustín «Parrita» nos dice que es un sentimiento inefable: «es imposible expresar con palabras el placer que se siente cuando se tiene dominado a un toro y te compenetras con él. No es comparable ni al beso de la más bella mujer. Tiene mucho de sensual, de erótico. Yo creo que sólo haciendo el amor con la mujer ideal se le puede comparar». Parrita, con esta confesión, está comparando al toro con la mujer ideal, con el Eterno Femenino. 

Pero además, el toro es el emblema del Eterno Femenino porque es el símbolo de la tierra y de la agricultura. El toro de lidia que llega del campo a la ciudad representa el emblema, la bandera y la divisa de los trigos, de las encinas, de los robles y el rocío. 

Un toro que trae en sus astas la brisa pura y los frutos más nobles de la tierra y de los campos, para entregarse en el ruedo desde su inocencia, que es nobleza, desde su bravura que es valor, firmeza y perseverancia. Y se convierte así en espejo y modelo ético de humanidad para hombres y mujeres que cultivan su honda personalidad. 

Por eso, me duele mucho comprobar que toreros como Jesulín de Ubrique se atreven a degradar el simbolismo femenino que se revela en la estética más profunda del arte del toreo. De todos son conocidos sus famosos espectáculos taurinos «sólo para mujeres».

La figura de Jesulín se convertía en el «macho ibérico» por excelencia. Las espectadoras arrojaban prendas íntimas y femeninas, al ruedo. Así la sagrada tauromaquia de la tierra y del sol se convertía en un soez, vulgar y chabacano espectáculo, que humillaba y degradaba a la mujer misma. Del erotismo estético y mítico que encierra la lidia, se pasaba a la vulgaridad. 

Jesulín ha querido después interpretar un toreo serio, alejándose de aquella imagen de sex-symbol que en su momento quiso granjearse; un toreo serio que va dirigido al espectador circunspecto y ortodoxo, dirigido al aficionado. Pero este aficionado jamás podrá perdonar a ese torero que deshonró un día la categoría de «torero». Por eso, su actual toreo serio no ha encontrado eco entre el público al que va dirigido. 

Frente a esta imagen degradante de la mujer, potenciada por el «producto Jesulín», el simbolismo de la mujer en los tendidos ha de ser sublimado, reconvertido en emblema de la honda feminidad. Para muchos toreros, la presencia femenina en la plaza se hace necesaria para su creación artística. 

Muchos son los que afirman que ellos no torearían si no hubiese mujeres en los tendidos de las plazas. Se lo hemos oído decir a Santiago Martín «El Viti». Y quieren, los toreros, ser vistos por las mujeres en los tendidos, toreando en el ruedo y exponiendo su vida. Tal vez desean que la mujer se mire en su alma, en su emoción y en su arte. Tal vez se sientan más seguros con la mujer como testigo, encarnación de la madre ausente que, por lo general, no acude a ver torear a su hijo. 

Lo cierto es que, como nos dice Julián Marías, la virilidad es brindis a la mujer, porque «el «señorío» que define el proyecto originario viril está compuesto por el entusiasmo hacia la mujer. Esto quiere decir que lo que el hombre hace para saber, poder, dominar, alcanzar riqueza o seguridad, lo hace primariamente por la mujer, en referencia a ella, para poder brindarle esa figura humana en que el varón consiste».

Y el arte del toreo es un brindis a la mujer, a la entraña originaria y maternal. Templa el torero, como la mujer desde su ternura. Templa la vida, que galopa entre embestidas de muerte para alcanzar la gloria desde la quietud y la serenidad estoica. 

El torero es también símbolo de España y de la tierra madre que lo vio nacer. Su estética, su personalidad artística y sus virtudes toreras parecen cultivadas en la tierra y aprendidas de sus frutos, como podemos leer en unos versos del poeta malagueño José Antonio Muñoz Rojas, dedicados a la figura inmortal de Manolete:

Era la serenidad hecha figura,
la elegancia hecha paz, pasión ardida,
tan vieja de su pueblo y de su río.
Lo mismo que un olivo en el desprecio,
en el esfuerzo y la melancolía.
Lo mismo que una vid y una aceituna,
en el dar generoso en pobres suelo.

Y cuando muere el gran torero cordobés es la propia tierra-madre, Andalucía, la que llora desde su entraña maternal, telúrica y femenina, como nos sigue diciendo el poema dedicado a Manolete:

Llórale, vieja madre, Andalucía.
Llórale en tus piedras y en tus ríos.
Lloren por las cañadas tus adelfas,
olivares y viñas de tus lomas.

Aquí está la gran pasión de España. La gran pasión que, como decía Machado, es la nostalgia del origen. Así es la tierra de Andalucía, cargada siempre de pasión, porque ha aprendido a convertir la pena y la tragedia en cante jondo y torería.

Dejad a la tierra de Andalucía que llore, que cante, que rece y que sueñe. Dejad que las torres de Córdoba coronen «de honor, de majestad y gallardía», la gloria de nuestro gran torero inmortal y héroe de España, Manuel Rodríguez, «Manolete».

Así es la España madre y fecunda, arrebatada por el sol y la pasión, y por el toro, como aquella diosa Europa, aquella diosa madre tierra de los griegos, enamorada y fecundada por un bello toro blanco. Un toro que era la encarnación del sol y de la luz. El toro mítico que hizo madre a Europa.

Pero resulta que ha sido España la que ha sabido mantener ese origen mítico y cultural, esa filiación taurina que hoy ha perdido Europa a favor de la economía frente a la cultura. Y es que, no lo olvidemos, España es el único país del mundo que, desde el Paleolítico hasta nuestros días ha seguido manteniendo el toro en su cultura.

El toro nos descubre lo que somos, como patria y como pueblo. Nos integra, a hombres y mujeres desde la personalidad común y universal del pueblo español, y de la verdadera tradición. Esa tradición que consiste en la solidaridad entre nuestros antepasados y nuestros descendientes.

Desde lo más hondo de la tierra cordobesa, entre la serranía y los encinares, es más fácil escuchar el bramido del toro ancestral y tótem de España. Un toro bravo en el que el pueblo español se siente pronunciado, como decía el poeta Miguel Hernández en estos versos:

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.

Cuando perdamos casta y espíritu, cuando perdamos en nuestras crisis personales la luz de la esperanza podemos apelar al toro de España, como lo hace Miguel Hernández, en ese toro maternal y telúrico, que se levanta sobre las crisis y las sombras:

Alza, toro de España,
levántate, despierta,
despiértate del todo,
toro de negra espuma,
que respiras la luz
y rezumas la sombra
por tu piel cerrada.

Nada ni nadie podrá arrebatarnos a «ese toro metido en las venas que tiene mi gente», como decía Rafael Alberti. A ese toro, inmortal y eterno, que «nada puede doblarlo, que nadie puede matarlo, porque toda España es él».

 

(Mariate Cobaleda es Doctora en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Su tesis doctoral fue titulada La lidia del toro bravo, auto y trance de Esthética Originaria. Autora del libro El simbolismo del toro. La lidia como cultura y espejo de humanidad. También es subdirectora de la Editorial Órbigo y miembro de su Consejo de Redacción. Ha impartido distintas conferencias y cursos y participa habitualmente en congresos taurinos. Actualmente es Senadora por la provincia de Salamanca).

 

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