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Tres sillas frente a la cama

Jordi Grau: Director de cine

Resumen de la intervención de Jordi Grau, en el congreso Uros-Eros, el 22 de noviembre de 2006, en la Filmoteca de Andalucia, en Córdoba. Esta entrevista correspondía al espacio titulado Un torero, un día que rodó el autor para el programa de T.V. «Y siete», hoy desaparecido en el laberinto de los archivos del Ente Televisivo.

Una vez le hice a Curro Romero una entrevista en la cama. El estaba en la cama, yo junto a la cámara haciéndole la entrevista, no vaya usted a pensar mal (O tal vez bien, según se mire). A los pies de la cama, tres sillas con tres vestidos de torear –Salmón y Plata, verde manzana y oro, grana y Azabache–, ofreciéndose para ser elegidos. Curro estaba a gusto y no paraba de hablar.* Entre otras muchas cosas me dijo que «Torear es como hacer el Amor, con el final obligado de la penetración y la muerte». En otra ocasión había afirmado que «El toro es una caricia», todo lo cuál apoya la teoría de Eduardo Pérez Rodríguez –y quizá, antes, la de Karl Braun– de que en el supuesto juego amoroso entre toro y torero, este lleva la parte femenina y el animal la del macho, fogoso y cargado de urgencias, que es provocado y eludido con gracia, con suavidad incluso por parte de la hembra. Claro que, después, a la hora de la verdad, la de la muerte, la hembra se convierte en macho y penetra con la espada a su compañero/a, cumpliéndose así el rito de la fecundación, reflejado en el mito persa de Mitra que, matando al toro que asedia a los hombres, les concede a estos los ríos y las plantas, provenientes de la sangre y la carne del toro después de ser absorbidos estos por la madre Tierra.

Leyendas aparte, los tres vestidos de torear a los pies de la cama de un torero que sólo elegirá cual ponerse en el último momento, refuerzan la teoría de la parte femenina del matador de toros, superficialmente considerado como símbolo de la inteligencia y el valor masculino que consigue dominar a la fuerza bruta y elemental del toro. El mismo vestido en sí, evolucionando desde los atuendos de cuero utilizados por los «cazadores» –o «matadores»– de toros a campo abierto, hasta la seda bordada de nuestros días y desde hace ya un par de siglos, puede considerarse como la progresiva femeneización del torero, que muchas veces parece la figura de una mujer disfrazada de macho, exagerando la fuerza de las hombreras doradas en contraste con la fragilidad de la ceñida taleguilla que pone en evidencia las formas del cuerpo que enfunda. ¿Sería disparatado considerar al torero no como un ser femenino o masculino, sino como la suma de los dos, la representación ignorada pero secretamente apetecida del hermafrodita? ¿No es el torero el ser deseado, admirado, misterioso, con el que se identifican tanto los hombres como las mujeres, alrededor de ese círculo máximo que es el ruedo? Todos vemos –o queremos ver– al matador de toros como ejemplo de virilidad, gallardía, pero aceptamos también la esencial delicadeza de su comportamiento, de sus maneras de andar y de vestir, su astucia para llegar con sutiles engaños hasta la muerte del toro, como Judith cortando la cabeza de Holofernes después de haberle sometido en la cama. 

En cualquier caso, el componente erótico del hecho taurino es evidente, sin que ello signifique olvidar lo mítico y ni siquiera lo técnico o lo religioso, que todo viene a ser uno y lo mismo. La mezcla de lo delicado con lo rudo –seda bordada junto a la arena áspera y sucia con restos de sangre y excrementos– nos lleva al recuerdo del roce –caricia– sobre pieles suaves que acaban en el vello duro como de crin de caballo o pelo en la oreja del toro, el sudor y el aliento, el ardor y el desmayo…, todo lo denso e ingrávido que rodea el misterio del sexo. ¿No es acaso un placer erótico el del mismo torero, pasándose «por la faja» –recordemos: de seda– los cuernos amenazantes, a veces astillados y siempre agresivos, del animal con que juega y al que ama y engaña? El peligro, el riesgo, vencidos por la osadía, son elementos de alta excitación erótica, como la presencia, la posibilidad o certeza de la Muerte que nos lleva a esta afirmación de la Vida que es el sexo en busca del orgasmo liberador, al éxtasis colectivo que los espectadores taurinos sentimos compartiendo el miedo al peligro, la gracia y la fuerza del juego posiblemente trágico que se desarrolla en el ruedo, en el fondo de ese inmenso útero de la plaza de toros, honda y redonda como un ¡Olé!

Los tres vestidos de torear a los pies de la cama de Curro Romero que, como la más voluptuosa de las vampiresas, espera hasta el último momento para ataviarse de la forma mas adecuada para seducir y, después, empuñar el arma que producirá un desenlace fatal. ¿No es esta acaso la imagen perfecta del hermafrodita, el ser completo capaz de engendrarse a sí mismo, el ser único que solo se realiza en el éxtasis? Porque el erotismo no está en el orgasmo, sino en su búsqueda, en la caricia. Esa caricia que, según el mismo Curro Romero, está en el juego de la muleta. Un juego sutil y arriesgado, tan vital como ambiguo, que compartimos todos desde el tendido sin sexo. O con todos los sexos del mundo.

 

(Jordi Grau ha realizado una docena de películas, ocho de las cuales ha guionizado él mismo. En 1962 dirige su primera película Noche de verano. Su última realización, Tiempos mejores, data de 1994. Dirigió la película que inició el destape, La Trastienda. Grau ha dirigido también una película casi olvidada de temática taurina, El Espontáneo (1963).

 

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