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Una luz sobre la época oscura de la tauromaquia. Las fiestas de toros en la primera mitad del siglo XVIII.

Durante el primer tercio del siglo XVIII, salvo excepcionales corridas extraordinarias, estuvo tácitamente prohibido, en todo el territorio bajo el dominio de la Monarquía española, correr toros.

Pedro Romero de Solís: Sociólogo

Un tercio de siglo que, en algunos casos, como en el de Madrid fue un período aun más dilatado. En la capital del Reino, que sepamos, el rigor de la prohibición fue tan severo que impidió que se corrieran ordinariamente toros hasta 1737 en que se organiza una «corrida» para ayudar a la construcción de un puente sobre el río Manzanares que permitiera a los fieles acudir, sin dificultades, a la ermita de San Isidro. Esos años sin toros, prácticamente el tiempo de una generación, es decir, el tiempo suficiente para desaparecer, es lo que llamo la «época oscura de la Tauromaquia» ¿Cómo fue que no desaparecieron del todo? ¿Cómo eran las corridas de toros que, por fin, pudieron celebrarse en el segundo tercio del siglo XVIII?

En 1725, Felipe V decide levantar, por una vez, la prohibición para celebrar el conmovedor regreso de su hija la infanta María Ana Victoria de Borbón y Farnesio, que volvía del país vecino, después de haber fracasado el proyecto de su matrimonio con el heredero de la Corona de Francia. Esta fiesta será la señal, en el centro del poder administrativo, del comienzo de una erupción taurina sobre la piel entera de nuestro país: en efecto, aquí y allá, saltan noticias, inconexas, fragmentadas, incompletas, rumores al fin, de celebraciones, más o menos clandestinas, que nos señalan un resurgir, todavía tími do pero indomeñable, de nuestra ancestral costumbre de correr toros. Sin duda, esas débiles señales fueron la primera luz de esperanza, el primer resplandor, que ilumina la época oscura de la tauromaquia.

Nos proponemos describir este opaco pero también heroico período, reproducir las distintas formas de sustitución de la tauromaquia caballeresca, observar las nuevas suertes que perpetúan el juego y celebrar, finalmente, el retorno victorioso de la fiesta, el triunfo de una tradición que, sin duda, nos distingue, nos hace distintos del común de los mortales. Intentaré reconstruir, de imaginar, cómo eran aquellas corridas y qué papel desempeñaron los distintos grupos sociales comprometidos en su creación.

En primer lugar voy a ocuparme de los toros y de la Nobleza ya que entiendo que van indisolublemente unidos. Numerosos historiadores contemporáneos, en plena sintonía con los valores sociales que han dominado nuestra época, avanzaron la proposición ideológica que afirma que «con la llegada a España de la dinastía de los Borbones los nobles abandonaron la Tauromaquia». Esta afirmación, a fuerza de aceptada, ha terminado por convertirse en un lugar común que niega toda matización por lo que me he recomendado someterla a crítica.

A partir del siglo XVIII, una parte representativa de la Nobleza española se va a entregar, de una forma callada pero con una intensidad y creatividad extraordinaria, a la cría y mejora del toro de combate. Esta afirmación parece insinuarse en Madrid y Pamplona aunque los datos que poseamos no nos permitan afirmarlo tajantemente, ya sea en el caso de Madrid, por el corto número de corridas que se celebraron, ya sea, en el caso de Pamplona, por las escasas referencias que disponemos sobre la procedencia estamental de los ganaderos.

Ahora bien, la vinculación entre ganaderías de reses de lidia y Nobleza está abrumadoramente demostrada en el caso de Sevilla. La mayoría absoluta de las reses que se lidian en la primera mitad del siglo XVIII en la Plaza de Toros de la Real Maestranza pertenecen a vacadas cuyos propietarios son nobles, es más, son caballeros maestrantes. Reordenando los datos transmitidos por Ricardo Rojas de Solís, marqués de Tablantes, resulta que al año siguiente de haberle concedido Felipe V a la Corporación de la Nobleza sevillana el privilegio de correr toros, es decir en la primavera del año 1730, la Maestranza inicia su actividad taurina pública con una memorable corrida, en su Plaza de la Resolana, donde todos los toros que se lidian pertenecen a ganaderías cuyos propietarios –los Marqueses de Valle–Hermoso, de Nevares, de Tablantes, de la Granja, de Medina y el Conde del Águila– son, todos, maestrantes de Sevilla. El éxito obtenido aconsejó repetir la función en el otoño de ese mismo año. Esta vez la fiesta, de carácter extraordinario1, estuvo organizada por el Ayuntamiento y tuvo lugar en la plaza de San Francisco con la asistencia del propio Rey Felipe V, a la sazón en Sevilla donde había venido a curarse de un mal de melancolía. Mas, a pesar de ser el Cabildo ciudadano el que organizase la fiesta, no sólo los toros pertenecieron a vacadas de la Nobleza sino que también los toreros fueron tres «caballeros maestrantes» asistidos, cada uno, por cincuenta lacayos. Así pues, los nobles, aunque aceptemos que no se prodigasen, tampoco habían dejado, como se ve, ni de cuidar sus vacadas ni tampoco de ejercitarse en la monta a la jineta. Cuarenta y nueve títulos de Castilla, todos pertenecientes a la nobleza sevillana, todos maestrantes, envían toros a su Plaza a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII. Algunas de estas vacadas, como las del Conde del Águila o la del Marqués de Valle–Hermoso, eran tan largas que pudieron asumir, ellas solas y en más de una temporada, la responsabilidad de proveer de toros a la Plaza de Sevilla. En fin, estos indicios me parecen suficientemente elocuentes para descubrir la entrega fervorosa de la Nobleza, desde principios del siglo XVIII, a la cría y a la selección del toro de lidia.

Existen ciertos elementos equívocos que han colaborado a sostener la falsa suposición de la retirada nobiliaria de las fiestas de toros. Por ejemplo, no se puede olvidar que una buena parte del estamento nobiliario, como era de prever, participó en la Guerra de Sucesión permaneciendo fiel a la dinastía hasta entonces reinante en España, la dinastía de los Austrias, de modo que, la victoria de las armas francesas, produjo, por fuerza, su retraimiento social. La Guerra de Sucesión supuso también, entre otras pérdidas, la derrota de la caballería ligera española y, con ella, la monta a la jineta que era, como se sabe, la disciplina ecuestre con la que los nobles quebraban rejones y movían los ejércitos montados. Por otra parte, la nueva táctica de combate de las armadas europeas, introduciendo el fusil y la bayoneta de codo, hizo desaparecer, en las formaciones, la distancia que exigía la dimensión de las picas, fue suprimido el intervalo entre los hombres y, en 1728, se introdujo en las filas de los soldados españoles el «paso cadenciado». Los movimientos de los ejércitos se ralentizaron y el caballo fue refrenado. Algunos famosos capitanes se aproximaban a las filas enemigas al mando de sus compañías con los caballos al paso. Acabo de verlo recreado, cuidadosamente reproducido, en Barry Lindon, una de las películas más brillantes que dirigió Stanley Kubrick, recientemente fallecido. La escuela histórica de equitación española quedaba, definitivamente, obsoleta. No siendo, por consiguiente, el momento ni de los jinetes españoles, ni de la nobleza tradicional, muchos nobles, distanciados de las nuevas tácticas militares de la misma manera que abandonaron el ejercicio del combate también se ausentaron de las fiestas públicas y, en consecuencia, de los brillantes palenques de las ciudades y de la Corte. La otra parte de la Nobleza, aquella que se mostró partidaria de la nueva y más progresiva dinastía, por «cortesía» adoptaron la monta al «estradiote», la cual, incompatible con el correr toros, forzó su claudicación. Por otra parte, los cortesanos que rodeaban a Felipe V, en su mayoría franceses, presionaban para que el Rey mantuviera la prohibición de un ejercicio en el que ellos, dados a la monta a la brida, no podían sino fracasar. Se entiende que, en Madrid, la prohibición fuera más rigurosa que en otros sitios donde la influencia francesa no era tan notoria, tan comprometida. Así pues, una gran parte de la actividad ociosa de los nobles, ya fueran de una u otra «sensibilidad», la dedicaron al campo, a la caza, al desarrollo agrícola, al cultivo de la invención técnica, etc., en fin, buena parte del interés colectivo de la Nobleza se desplazó a sus señoríos, iniciándose, a partir de ese momento, una nueva inclinación por la agricultura que si, por una parte, se adelanta al próximo, al inmediato advenimiento del concepto de la propiedad «burguesa» de la tierra, por otra, renueva, en el paisaje rural, la arquitectura de los cortijos que, por su nombre mismo, pequeñas cortes, señalan, aunque sea a nivel simbólico, un punto de ironía, de distancia, ante el nuevo mundo que se les imponía.

Así pues, en el sistema general de actividades agrarias del siglo XVIII, brillará con una luz de excepción el cultivo de las ganaderías de reses de lidia: en esas manadas de animales silvestres, los nobles invertirán, además de su ilusión, buena parte de su concepción de la vida y de la muerte. En efecto, la ganadería de toros de lidia será el resultado de proyectar la concepción nobiliaria de la vida sobre la muchedumbre animal. La nobleza había probado el valor de sus vástagos en el torneo y fijado esa cualidad moral en el linaje a través de una política matrimonial que solía realizarse en el interior de un círculo casi parental y que buscaba, a través de alianzas de sangre, transmitir y aumentar el «valor» de sus futuros miembros. El principio esencial de esta política de sangre consistía en prohibirse toda unión con cualquier familia marcada por un estigma de deshonra, sobre todo, la cobardía2. La búsqueda del toro bravo sigue un procedimiento análogo: por una parte, los ganaderos instituyen parentelas en los animales silvestres formando hatos que aíslan del exterior —los que se llaman rebaños cerrados— e impiden, en su interior, que se produzcan apareamientos libres. Es decir, las conexiones consanguíneas o familiares, entre los animales, dejarán de regirse por la aleatoriedad de la naturaleza para ser, en adelante, dirigidas por una política ganadera que, al igual que la del «linaje», estará orientada al fortalecimiento de la «casta», a la reunión y concentración de las cualidades que exige el combate.

La prueba de valor característica de la nobleza —el torneo— fue reproducida, desde principios del siglo XVIII, en la explotación ganadera con el nombre de tienta: esto es, un combate controlado con los animales jóvenes que permitía eliminar todos aquellos que se mostraban escasos de fuerza, cortos de bravura, menguados de fiereza. Se comprende que el grupo social del que surge la invención del tentadero tuvo que ser la Nobleza o cualquier otro que estuviera plenamente participado por el sistema de valores nobiliarios. Sabemos, por un documento fechado en 1717 del Archivo Municipal de Pamplona, que Francisco Melgón, factor de un importante ganadero de Benavente, al ofrecer sus toros para la fiesta de San Fermín se declaraba seguro de que todas sus reses resultarían excelentes pues acostumbraba a «probarlas» a los tres años de modo que las más bravas se devolvían al monte después de ponerles nombre para, años después, lidiarlas, mientras que las otras, las desechadas, se vendían para carne o se castraban para dedicarlas a la labor. En los últimos años del mismo siglo, José Blanco White, describía en la cuarta de sus famosas Cartas de España, un tentadero que tuvo ocasión de contemplar en su juventud, antes de partir para el exilio en Inglaterra, en los siguientes términos: «Hacia el comienzo del verano los ganaderos andaluces, que son por lo común hombres de gran fortuna y rango social, invitan a sus amigos a la tienta de los becerros nuevos, que tiene por objeto seleccionar a los que van a ser destinados al ruedo (…). Estas reuniones son fiestas en toda regla. Alrededor de los muros del patio que sirve de plaza de toros se coloca un andamiaje especial para acomodo de las señoras. Los caballeros esperan a los becerros montados a caballo (…). En las muñecas de las damas (…) se ve brillar una gran profusión de brazaletes y colgantes de oro y plata (…). Todos los jinetes llevan una (…) garrocha con la que sólo tratan (…) [de] resistir la embestida de los novillos (…). Podría suponerse que unos animales tan jóvenes se espantarán a la vista del jinete (…) pero no (…), suelen, por el contrario, repetir los ataques (…) Para que sea digno de los honores del ruedo, el novillo debe atacar, varias veces, al garrochista (…) aguantando el aguijón de la vara». Blanco White insiste diciéndonos que el becerro que titubeaba en la tienta demostraba públicamente su escaso valor siendo de inmediato moralmente «despreciado» y, por la fuerza de la prueba, asimismo «depreciado»: en consecuencia, los vaqueros, sin piedad, lo derribaban por tierra, bien para someterlo al yugo, esto es, a la dimensión esencial del esclavo, bien para destinarlo al matadero donde, convertido en carne, perdía la posibilidad de adquirir un nombre y quedaba reducido al mero valor de una «cosa». Sólo el que pasaba la prueba le esperaba el más alto destino, combatir como un guerrero, alcanzar la fama, morir como un héroe, adquirir notabilidad y distinción, lograr, en fin, simbólicamente, algo análogo a la condición nobiliaria.

Me interesa retener, de esta magnífica descripción de un tentadero en un cortijo andaluz, a finales del siglo XVIII, el ambiente de justa caballeresca que lo presidía. El texto parece sugerirnos, además, que cuando Blanco asiste al tentadero, éste ya era un ritual suficientemente codificado, lo que implicaría que tuviera ya varias decenas de años de vigencia y ejercicio. Si unimos esta noticia con la que acabamos de referir del Campo de Benavente constataríamos que esta técnica ganadera dirigida a la obtención de bravura pertenece por entero al siglo XVIII. Es el momento de volver a recordar que la virtud cardinal del caballero residía en el valor, en el coraje, en una braveza de ánimo tan en perpetua excitación que le hacía preferir la honrosa muerte antes que la vida vergonzosa. Ese mismo comportamiento es el que trató el ganadero de extraer del fondo instintual y misterioso del toro silvestre para fijarlo en su carácter y poco a poco ir convirtiéndolo en un toro de lidia. Así pues, cuando recordamos la tienta, no nos podemos sustraer a la evocación de la justa nobiliaria y nuestro espíritu emigra, de un juego a otro, saltando el espacio de los siglos. Evocamos el palenque de damas ricamente ataviadas, las cintas de seda flotando al viento, la armadura de los picadores, el movimiento de las lanzas rematadas con puyas de acero reluciente, el instante de la carga, el fragor del embroque, la convulsión de la herida, el olor acre de la sangre, en fin, una tras otra, las manifestaciones envolventes que forjan y exaltan los valores de la nobleza. Pero no nos equivoquemos, en la dramatización del combate, que posteriormente se representará en el ruedo, los espectadores no siempre se identificarán con los toreros sino que, arrastrados por una pasión dionisíaca, muchas veces lo harán con el toro para ponerse contra el caballero, contra el poder, frente a la autoridad, pero ¡ay! mientras más intensa sea esa confrontación, con más eficacia interiorizarán los valores sociales que, ocultos, transporta el toro: valor, fiereza, bravura, en suma, nobleza. Los mismos valores del estamento aristocrático que —¡curiosamente!— también se le exige mantener al matador, al héroe popular. Toros, matadores y espectadores, en virtud del entusiasmo festivo, quedan unidos por el sortilegio de un mismo valor, apasionadamente compartido, el valor de la nobleza.

Ahora bien, si desde el punto de vista de la explotación del agro, la formación de ganaderías de reses de lidia supuso elevar las tareas pecuarias, en ese siglo menospreciadas, hasta lo más alto del Arte de la Agricultura, la erección subsiguiente de plazas de toros, con la posibilidad de reunir en un mismo espacio a un numeroso concurso de personas, era la forma arquitectónica elegida, tanto para ser la caldera donde se forjara un nuevo poder, el poder de la opinión colectiva, como también para levantar el formidable círculo lítico donde contenerlo, donde controlarlo. Es decir, tras la construcción de las plazas de toros es preciso descubrir la voluntad político–social de la Nobleza de liderar la sociedad fraguando alianzas con la nueva mayoría social, con el pueblo. No quiero pecar de prolijo pero me gustaría recordar que hubo corridas de toros que se organizaron en Sevilla sólo con la intención de sufragar los gastos necesarios para recoger de la calle una cantidad de pobres, prácticamente insoportable como decían los analistas de la época, que andaban, sin hogar, mendigando por la ciudad. El crecimiento del número de habitantes de las capitales durante el siglo XVIII fue general. Una población de componentes sociales y comarcales completamente nueva, distinta, se fue formando a lo largo del siglo XVIII. Las nuevas corridas de toros iban dirigidas a esta nueva población y la Plaza de la Real Maestranza de Sevilla se propuso, nada menos, que albergarla en su totalidad.

Ya tuve ocasión de explicar, fijándome en el aforo previsto para la Plaza de Sevilla, que los promotores de corridas de toros en el siglo XVIII proyectaban unos edificios gigantescos. Por ejemplo, el aforo diseñado para la plaza de Sevilla ascendía a 14.000 espectadores. La población de Sevilla menguada de pobres, de ancianos, de menores, de sacerdotes, de frailes, de monjas, de antitaurinos, de abúlicos y de perezosos, coincidía exactamente con la capacidad proyectada. La Nobleza sevillana había construido un edificio civil con unas dimensiones en las que cabía… ¡la totalidad de la ciudad activa! En consecuencia, la contribución de la plaza a la formación de la mentalidad colectiva tuvo que ser determinante, incalculable3.

Sin duda alguna, detrás de estas cifras, se esconde el proyecto de transformar radicalmente la fiesta de toros y convertirla en una auténtica manifestación ciudadana total. Aquí, en Sevilla, asistimos, pues, a la invención del primer espectáculo total de multitudes. Esta construcción, insisto, hay que verla en su dimensión política correcta: es el aspecto arquitectónico de la estrategia nobiliaria de recuperación política de la ciudad. Las corporaciones de la nobleza que existían en algunas de las ciudades más importantes de la época —Sevilla, Granada, Ronda—, con diferencia de pocos años, deciden construir, a su costa y bajo su responsabilidad, otras tantas plazas de toros, arquitecturas por primera vez especializadas en la exhibición de estos combates y en la concentración de públicos de dimensiones hasta entonces inimaginables.

Desde el punto de vista de las plazas de toros, los años treinta, del siglo XVIII, son muy importantes porque se decide su inmensidad y se inventa su circularidad, ambas características que, si es cierto que se rescatan de los edificios de la Roma clásica —son los primeros balbuceos del «neoclasicismo»—, simultáneamente, también facilitan la lidia y determinan su evolución. La circularidad, desde el punto de vista del espectador, era tan determinante como que, al poderse contemplar todos los unos a los otros, generaba un sentimiento desconocido en la ciudad, era la primera vivencia de unidad colectiva, el sentimiento radical de pertenencia a un grupo social cargado de protagonismo y negatividad, de oposición y exigencia. Sin duda se trata de la primera experiencia espiritual de la moderna idea de «pueblo». Entendemos que la fascinación que tuvieron por los toros los viajeros de la época no estaba alimentada sólo de exotismo oriental y barbarie primitiva.

Ese sentimiento de identidad nunca se había experimentado. Una voluntad de poder, un vértigo colectivo, emanaba de la disposición envolvente que determinaba la revolucionaria arquitectura circular. El clamor que, a veces, se elevaba, atronando el espacio —la voz de la colectividad— a veces se hacía oír contra la autoridad. Ese rugido inquietante parecía deducirse de la propia arquitectura concéntrica. El peso, la influencia, el poder del espectador sobre la función forzó a los toreros a entrar en una dinámica de invención, de temeridad, de arrojo completamente nuevo. El público influía poderosamente tanto en los toreros como en los ganaderos que se veían obligados a moldear sus acciones en clave pública. Aquí, en Sevilla, en la Plaza de la Real Maestranza, por consiguiente, se produjo la primera manifestación de opinión pública. En resumen, el toro bravo y la plaza de toros, la estimación radical de la bravura y la expresión soberana de la opinión, fueron las aportaciones, esenciales como se ve, que hizo la Nobleza del siglo XVIII, a la corrida de toros y, por supuesto, al sistema de valores que la produce y la reproduce. Valores que, fijémonos si, por una parte, iban a liderar la evolución de las fiestas de toros, por otra, son los mismos de los que proviene la identidad señorial de nuestro pueblo.

A partir del momento en que Felipe V, en 1725, decidió organizar una corrida para consolar a su hija y burló su propia prohibición, el rigor antitaurino de la corte comienza a relajarse. El Rey concede, cuatro años después, a la Real Maestranza de Sevilla el privilegio de correr toros y fue, asimismo, este melancólico Rey, el que nombró «caballerizos de campo» a toreadores para premiar sus más lucidas actuaciones.

Como era de esperar, las noticias que nos llegan de la celebración de algunas fiestas de toros en la España del primer cuarto de siglo, provienen, sobre todo, de ciudades pequeñas, de villas y pueblos periféricos de las grandes ciudades. Corridas que, aunque las sepamos desde el punto de vista administrativo rigurosamente prohibidas en la capital del reino, sin embargo por el estudio de Ramón Cabrera sobre la prensa del siglo XVIII, sabemos que la Gaceta de Madrid recogía corridas que se celebraban en Pinto, en Tarazona, en Chamartín, en Aranjuez, etc. Es muy probable que investigaciones futuras en archivos de pueblos y ciudades más periféricos, nos descubran auténticos hervideros taurinos y constatemos que el pueblo nunca perdió el contacto festivo y sacrificial con sus toros. Tenemos algunos datos, van apareciendo otros, nos viene llegando, con venturosas noticias, un viento festivo con un fuerte olor a toro. Pero no son sólo noticias. Realmente son, sobre todo, gentes, ríos de gentes, que provienen del fondo del país y que se acercan a las ciudades cuya población, en este siglo XVIII, va a aumentar, después de un siglo de estancamiento. Pero, con sus esperanzas de una vida mejor, con su deseo de incorporarse a la urbanidad, estas gentes traen también sus formas peculiares de jugar con los toros y llegarán con su tenacidad a mostrarlas, años después, en el centro mismo de las plazas públicas. En estas ciudades en crecimiento y en plena transformación, con nuevas y distintas necesidades de alimentación, el abasto de carne y, por consiguiente, el matadero, con sus concentraciones de trabajadores culturalmente situados entre el campo y la ciudad, va a ser el espacio donde va a producirse la mezcla, la alquimia, de tantos y diversos juegos como traen del agro, del monte o de la sierra, los nuevos ciudadanos, el proletariado urbano. La moderna corrida de toros, desde su primer balbuceo es, sin duda, una fiesta urbana. Fiestas en los pueblos, villas y ciudades de pequeño rango, de una parte, y continua emigración del campo a la ciudad, de otra, fueron los movimientos sociales que permitieron que, a pesar de las prohibiciones públicas, nuestra fiesta no se perdiera y pudiera refugiarse en los mataderos. Así, tan pronto como las condiciones políticas lo permitieron, saltaron al centro emblemático de la ciudad, a la plaza, conmoviendo la vida pública.

A finales del siglo XVII, la evolución de la táctica militar, en la medida en que había «refrenado» los caballos en el campo de batalla, facilitó el éxito «moderno» de la vara de detener y, con ella, de una lidia que se basaba más en el sosiego del caballo y en la habilidad de vaciar al toro del embroque que en el nervio y el vértigo de la jineta. Toda la tauromaquia moderna empezó a basarse en la naturalidad de los avances lentos, en la mayor contención del cuerpo, en el ahorro de energía física, en el desarrollo de una economía de medios a cambio de una mayor destreza y, por supuesto, en la observación, estudio y comprensión del enemigo. Es el momento de los varilargueros y de su vara de detener. Un arma que después pasaría, con ciertas transformaciones en el sentido de aumentar su agresividad, a la que denominamos actualmente «puya». La vara larga era un palo de madera, generalmente de fresno, armado con una punta de hierro de tres caras, que a la distancia de «una pulgada», es decir, a dos o tres centímetros del extremo, llevaba un limoncillo o rollo de cuerda y estopa muy apretado que servía para que la punta no profundizara ni hiriera más que superficialmente al toro, por mucha fuerza con que el varilarguero apretara, pues ésta nunca podía ser mucha por cuanto que, montado sobre un caballo sin peto, la ejecución de la suerte exigía vaciar al toro por la izquierda de la cara del caballo mientras que tiraba de las riendas hacia la derecha buscando salir los antes posible del embroque. En ese instante, además, intervenían, los capeadores para hacerle el quite del toro al caballo y al picador. La gran diferencia entre la suerte de varas de entonces y de ahora estriba en que antes los chulos intervenían, una y otra vez, con sus capas, para proteger al caballo de la brava codicia del toro mientras que hoy, por el contrario, los hombres de plata parecen actuar para proteger, con sus quites,… ¡al toro! ¡qué cambio!

Veamos, a continuación, qué nos dicen las informaciones de la época sobre la ejecución de la suerte de la muerte. Dejémonos guiar por la comparación de dos corridas, una celebrada en Madrid en 1737 y la otra en Sevilla al año siguiente, que conocemos, la primera por un documento administrativo de la época publicado por Baltasar Cuartero y la otra por una Métrica descripción debida a la pluma de Joseph María Mato y publicada en en 1738. Pero, incluso, antes de fijarnos en la muerte de los toros averigüemos ¿cómo era el despliegue real de la corrida? ¿cómo se sucedían las distintas suertes? ¿cómo se distribuían el tiempo y el espacio de la fiesta los representantes de los distintos grupos presentes en la contienda?

El primer anuncio corresponde a una fiesta de toros celebrada en la plaza redonda de madera de la Casa–Puerta perteneciente a la Archicofradía Sacramental de San Isidro. Se trataba de una corrida de 20 toros de «acreditadas ganaderías», donde se lidiaron, por la mañana, algo menos de la mitad de los animales como «toros de prueba» para picadores o varilargueros. En esta primera fase intervinieron picadores armados con vara de detener de los que sólo se sabe que la mayoría eran «andaluces»; por la tarde, rompieron rejones caballeros apadrinados por nobles titulados. Un documento de época descubierto por Cuartero previene, asimismo, que hubo «banderillas frías y de fuego, dominguillos y otras diversiones». La corrida finalizó con la muerte del toro por lanzada de a pie.

El texto sevillano es una larga versificación titulada «Métrica descripción de las plausibles reales fiestas que la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla ha celebrado… en obsequio de las solemnes nupcias que celebró el señor don Carlos de Borbón, rey de las Dos Sicilias, con la señora doña María Amelia, princesa real de Polonia» de la que podemos obtener datos preciosos sobre el contenido de la «corrida» que tuvo lugar en la Plaza de San Francisco. Ambas funciones, la de Madrid y la de Sevilla, casi en todo semejantes, variaban, sin embargo, en tres puntos que se nos antojan esenciales:

En primer lugar, Mato, en ningún momento, consigna que los toros lidiados en Sevilla, por la mañana, fueran «toros de prueba». En segundo lugar, que en la función sevillana, los toreros de a pie, después de haber asistido a los picadores por la mañana y a los caballeros por la tarde, como cierre de fiesta y a la hora de mayor expectación, lidian, ellos solos, seis toros. En tercer lugar, que en Sevilla no aparece la suerte de la «lanzada a pie». Veamos qué significan estas diferencias.

¿Qué sentido tiene la desaparición de los «toros de prueba»? En la década de los 30 la selección del ganado no había llegado al punto de sofisticación de hoy día y la «media corrida» de la mañana se denominaba «de prueba» para, en el caso de que los toros elegidos resultaran inservibles, esto es que fueran mansos, pudieran ser rechazados y sustituidos por otros de igual o distinta procedencia. Esta fórmula se mantiene en Madrid bastante más años que en Sevilla donde cae pronto en desuso, seguramente, porque en Andalucía Occidental, la cría de ganado de lidia era ya capaz de garantizar un nivel de bravura suficiente como para hacer ya impertinentes los «toros de prueba». Sabemos que en plazas de especial importancia, como la de la Puerta de Alcalá de Madrid, el toril llegó a tener dos puertas, una, para los toros del Norte de España y, otra, para los toros del Sur. Tal distinción entre toros navarro–aragoneses y castellano–andaluces tenía, por supuesto, sus consecuencias prácticas: sin duda, según su procedencia, los unos eran más aptos para unas suertes que para otras. Los espectadores, qué duda cabe, tendrían sus preferencias marcadas por un toro más que por otro, elección que llevaría implícita, simultáneamente, la preferencia de unas suertes sobre otras y, más allá, de unos toreros que practicaban una forma de torear navarro–aragonesa y, otros, andaluza. La adaptación del toro de la nobleza al toreo del pueblo sevillano estaba ya en avanzado proceso de realización y tan adelantado que ganaderías situadas en el radio de demanda de la plaza madrileña ya producían, a la manera andaluza, reses de lidia con garantías suficientes como para suprimir los «toros de prueba».

Por la tarde, en el curso de una función teóricamente más vistosa, retenían el protagonismo los caballeros montados que rompían garrochones y rejones en los toros. En esta fase de la fiesta, debido a la forma de montar y a la dimensión sacrificial de la tauromaquia caballeresca, aunque tenían su papel los chulos y capeadores, los cuales, incluso, a veces, se veían obligados a realizar quites arriesgados y a rematar toros malheridos y aplomados, no se empleaban tan a fondo como cuando toreaban los varilargueros que, por principio, no mataban a las reses. Ya lo hemos dicho, la vara de detener nunca hería gravemente a los toros por lo que la muerte por espada era siempre el complemento de la fiesta y caía, por entero, bajo la responsabilidad de los toreros de a pie. Esta circunstancia la empezamos a ver perfectamente reflejada en los contratos. Por ejemplo, la Archicofradía de San Isidro obliga a los capeadores a dar muerte a los toros que han sido rejoneados o parados con la vara larga. Este documento resulta tanto más interesante cuanto que, con él, surge en la capital del Reino la primera prueba de unos toreros que, de una parte, aparecen denominados por su nombre y con ajuste independiente de los toreadores y, de otra, porque disponen de peones subalternos, esto es, que forman cuadrilla.

Rendido el toro ante el caballo, pero no por ello del todo abatido, el primer magistrado de la plaza, daba paso a otras suertes que entretuvieran al público y agotaran aún más al animal antes de dar la orden de matarlo.

En Pamplona y en Madrid, era el momento de las diversiones, de las invenciones y de las temeridades. Era el momento de realizar las suertes denominadas: «La charla de los embozados», la simulación del «distrahido» y la pantomima bufa del «lisiado», tres suertes que han abandonado las corridas de toros y subsisten, como tantas otras, en las charlotadas; era el momento, asimismo, de la suerte de «quebrar» según la hacía el navarro licenciado de Falces al que Goya dedicó una estampa de su Tauromaquia, de la suerte del «cuarteo», de la de «parchear», también inmortalizada por Goya esta vez en uno de sus famosos cartones, de la suerte de «las sortijas» que ha pasado a constituir la suerte principal, el núcleo, de la tauromaquia aragonesa, del emocionante «salto al trascuerno» con reminiscencias cretenses y que subsisten en las corridas que se celebran en las Landas francesas, de la de «mancornear» que Goya atribuye, en unos de sus maravillosos grabados, a Martincho, un torero navarro–aragonés de la década de los 30. Esta suerte, llegada directamente de las tareas camperas, volvió, expulsada de los ruedos andaluces, de nuevo a su paisaje natural, al campo, y hoy la podemos contemplar en tientas y herraderos. Era, asimismo, el momento de la suerte de «saltar al toro desde una mesa con grillos en los pies» que practicó, a partir de 1739 en la plaza de Pamplona y, después, en la de Zaragoza, con sobrecogedora temeridad el mismo Martincho, de la suerte del «salto con garrocha», habilidad que inmortalizó Goya cuando estampó a Juanito Apiñani realizándola limpiamente en la plaza de Zaragoza aproximadamente en 1750 y que hemos visto realizar este año de 1999 en el emocionante espectáculo de Salvador Távora. Los toros en 1830 con el que se inauguró la II Feria Mundial del Toro. Por entonces se ejecutaba, también, la suerte americana de «montar el toro» o «jalipeo» que, a tenor del número de estampas que circularon en su época y de las que le dedicó Goya, deducimos que debió de gozar de una aceptación popular enorme. Desde la altura de nuestro tiempo comprendemos que, en ella, nada menos que se anunciaba una práctica –el rodeo– que echó raíces en dos de los más importantes países de América, en Estados Unidos y en México. En fin, fue también el tiempo de las suertes de «mojigangas», «estrados» y «palenques»: entre los que cabe destacar el «palenque de burros» y la «mojiganga de la carroza» ambos grabadas asimismo por Goya estando, por Del Campo, documentadas sus realizaciones. Además de todas estas suertes citadas, en el caso de que fuera necesario «alegrar» al toro se le colocaban «arponcillos», «azagayas» y banderillas «frías» y de «fuego».

Así pues, pasado el momento de los «toreadores» —los hombres a caballo—, el atractivo de la fiesta se hacía del todo popular y se ejecutaban unas suertes, entre serias y bufas, que generalmente procedían del campo, de la experiencia de la explotación agropecuaria. Estas suertes las traían al centro del ruedo esas gentes que llegadas de pueblos lejanos que, por marginados, se habían substraído a las olas prohibitivas del poder, y que no dejaban de emigrar hacia las grandes ciudades, siguiendo, generalmente las veredas de la carne y pasando, antes de acoplarse a la ciudad moderna, por la experiencia liminar del matadero.

Algunas de estas suertes contemplaban, como es lógico, también la muerte del animal. Numerosas y pintorescas eran las formas en que nuestros antepasados pasaportaron a los toros de lidia. La más antigua y que más veces, en el primer tercio de siglo, se puso en práctica fue la del desjarrete. Esta suerte llevaba hasta la plaza los ecos de la modalidad de sacrificio más antigua, aquella en la que la asamblea de sacrificantes, negando cualquier forma de responsabilidad individual, actúa en tumulto. En efecto, si hemos de creer a García Dueñas, en las corridas más antiguas, al toque de desjarrete, la muchedumbre se arrojaba al ruedo armada de palos, chuzos y venablos y corría atropelladamente a matar el toro como podía. Goya, fascinado por estas atroces incandescencias arcaicas, graba, en la lámina 12 de su Tauromaquia, la suerte poniéndole un rótulo revelador: Desjarrete de la canalla con lanzas, medias lunas, banderillas y otras armas. Sin embargo, en la década de los 30, el análisis de los materiales utilizados nos permiten hacernos la idea de que los toreros de a pie, llegando el momento de doblar a la res, se la cedían al «alanceador», un mozo que daba la lanzada a pie. En el caso de que no hubiera alanceador, los toreros de peón, le echaban al toro en la cabeza una capa o ferreruelo, momento en aprovechaban para asestarle cuchilladas cómo y donde podían.

Ahora bien el que, en las plazas de los años 30, se avisara en el programa de fiestas que se daría la lanzada a pie manifiesta hasta qué punto la suerte, ante la violencia del tumulto, significaba un anuncio del avance de la modernidad y, con ellos, de civilidad. La suerte de la lanzada debió dominar absolutamente, salvo en Andalucía, en la mayor parte de la España taurina de la época. Por ejemplo, en Pamplona, en las 30 corridas de San Fermín que se celebraron entre 1720 y 1750, en 24 funciones los toros murieron alanceados.

La Métrica descripción de la corrida celebrada en la misma época nos muestra en Sevilla, sin embargo, un panorama bien distinto: en primer lugar, los capeadores hacen el paseíllo, solos, detrás de los varilargueros formando unidad y sometidos a una disciplina de mando: «También salieron ocho Capeadores; / De los que Juan Rodríguez fue el primero, / Que de dichos de à pie Toreadores / Tuvo la dirección en el terreno». Pero la modernidad que se traduce del texto de Mato es tan sorprendente como que, aquel que tiene «la dirección en el terreno», nada menos que es ya un «primer espada»: «Después que los picaban, ocurría / De los Capeadores la destreza; / Que de diversas suertes confundía/ De los soberbios brutos la fiereza: / Vanderillas con garbo, y osadía / Les plantaban con rara ligereza, / Hasta que de la espada à el golpe fuerte / A el que quiso matar, le daban muerte». 

Al amparo de la oscuridad de estos años y mientras que en otras plazas se está saltando con garrocha, mancorneando, poniendo sortijas y parches, haciendo alardes con grillos, etc., en Sevilla se ensaya la estructura fundamental de la luminosa corrida de toros moderna. La tauromaquia sevillana, abandona decenas de suertes agrarias, se desembaraza de todo cuanto pertenece a lo circense, expulsa lo que mueve a risa, cercena todo cuanto es sobrenatural.., y las devuelve a su lugar de origen, al campo, a los villorrios, a las asambleas de caricatos. Mientras, decidida, escoge, para la lidia, una vía ascética y depurativa que le lleva a la última, a la suerte suprema, a la suerte donde el matador, solo y a pie firme, sin ayuda de nadie, se enfrenta cara a cara con el toro.

Quizás nos ayude a distinguir el papel de Sevilla en la época oscura de la tauromaquia si acudimos al anuncio de otra corrida celebrada diez años después, en 1748, en la Plaza de madera de la Puerta de Alcalá de Madrid, de la que se han ocupado Diego Ruiz Morales y Francisco López Izquierdo. Ahora veremos producirse, por primera vez en Madrid, lo que ya habíamos visto ocurrir en Sevilla: el reconocimiento de la emancipación de las tareas del lidiador de a pie. La corrida madrileña de 1748, convocada por la Sala de Alcaldes de Madrid, se componía de 18 toros de la vacada de D. Pedro Mercadillo, regidor perpetuo de la ciudad de Salamanca, de los cuales seis fueron picados, por la mañana, con vara larga y, por la tarde, caballeros quebraron garrochones sobre otros seis toros asistidos, una vez más, en uno y otro caso, por capeadores. La función prosiguió con la actuación de tres cuadrillas de toreros navarros, andaluces y castellanos, matando, cada una, sucesivamente, su toro.

La corrida madrileña de 1748 se aproxima notablemente a la de Sevilla de 1738: ya no hay «toros de prueba», los toros pertenecen a un regidor perpetuo y, por consiguiente, a un miembro del estamento nobiliario, lo que nos indica, además, que en el campo de Salamanca se están ya organizando las ganaderías según el modelo andaluz. Constatamos, en el curso de la misma comparación que, mientras tanto, en Madrid y en Sevilla se han caído del cartel los dominguillos, la lanzada a pie y, muchas otras de las invenciones que acompañaban, poco antes, a las corridas. Nos consta, no obstante, que lo que en Madrid y Sevilla se olvida, en realidad, prosigue en otras plazas españolas, como las de Pamplona o Zaragoza por mucho tiempo todavía, pero lo que nos interesa subrayar en esta ocasión es la tendencia, identificar las líneas fundamentales por las que se desplaza hacia el futuro la corrida de toros.

Ahora bien, de la comparación entre las dos corridas lo que me parece que debe ser destacado es que Madrid no solamente ha aceptado la cuadrilla independiente de toreros de a pie sino que, dando lo que parece un paso adelante, las identifica regionalmente y las hace competir, rivalizar, cada una con su toro, en el ruedo. Así, el toreo andaluz, dominante en ese momento, revalida su cetro, frente a la tauromaquia del Norte, en la plaza de la capital del Reino mientras el poderoso toro andaluz desaloja.

Para el avance del toreo a pie fue fundamental, como se comprende, el nuevo papel del varilarguero armado con una vara de detener incapaz de infligir la muerte y que exigía, por consiguiente, la intervención de los peones en el sacrificio definitivo de los toros. En estas nuevas circunstancias, el sosiego del torero, el refreno de los caballos, la brillante exhibición de la naturalidad fueron haciéndose de más en más populares y el espectáculo de ver luchar frente a frente, sin lanzas, sin picas, sin rodelas, sin escudos, sin más protección que la seda suave y urbana de los trajes multicolores y sin más arma que la sutil capa y el estilizado estoque, en fin, el momento de matar a los toros a pie, se convirtió en el instante más intenso de la lidia. Esta hazaña taurina es la verdadera protagonista del final de la tercera década del siglo XVIII. La suerte de la muerte, desde el tumulto del ataque colectivo, sin dirección fija, sin reglas razonadas, en la medida en que avanzaba en contención y se convertía en una faena individual, fue convirtiéndose en el momento central de la Fiesta Nacional. Y, por haber suprimido las mediaciones con las que el propio caballo difuminaba la dimensión heroica del combate singular, la lidia a pie se hizo aún más emocionante. Este fue el momento en que los lidiadores audaces y temerarios, aquellos que derrocharon un valor alucinante, y que se mostraban capaces de sobreponerse no sólo ejecutando lances que por su quietud exigían nervios de acero, sino también a las atroces exigencias que reclaman las prácticas sacrificiales.

Frente a la espectacular perfección de las exhibiciones de doma, a la serena belleza de la monta de escuela, de la finura expresiva de una práctica milenaria como es la equitación, los toreros de a pie, chulos, aventureros, gentes del «mogollón» tuvieron, para ganar protagonismo y mantener el interés, que forzar, hasta extremos hoy día imposibles de imaginar, la osadía, la gallardía, la temeridad en sus combates con los toros, tuvieron que fundar su propio arte y para fijar al público construyeron el primer espectáculo que producía las imágenes más emocionantes allí, en ese terreno milimétrico, imposible, que existe entre la vida y la muerte. De esa actividad agonística y tremenda, de estos grupos de matadores arriesgados y valientes, surgieron los espadas que, a partir de 1735, empiezan a sonar por los mentideros de las ciudades, por las dependencias de los mataderos, por las veredas de la carne, por las juntas de rufianes y por las gavillas de ventureros y siempre, por donde se cruzaban estos caminos, se hablaba con asombro de la habilidad y el valor, que hacían gala para «usando la muletilla, esperando al toro cara a cara y a pie firme, matar al toro cuerpo a cuerpo».

El entusiasmo que empezó a rodear a estos nuevos matadores fue, desde un principio, multiplicado por la rivalidad regional que entre ellos se desencadenó. Es más, no nos fue difícil mostrar, incluso, cómo la propia autoridad —la Sala de Alcaldes de Madrid— contribuye a que se plantee una verdadera rivalidad entre las cuadrillas del norte y del sur, entre las distintas formas de torear, enfrentamiento que, convenientemente dramatizado y asumido colectivamente por masas de espectadores, hasta ese momento nunca vistas, fue capaz de ritualizar una gigantesca contienda nacional y contribuir a la formación de una común opinión pública mayoritaria, de un Estado unitario. Las rivalidades en las plazas del Ruedo Ibérico, unas entre hombres y toros llevadas hasta el límite mismo de la vida y, otras, entre pueblo y autoridad, movilizando a decenas de miles de personas en numerosas ciudades y villas, contribuyeron a que, al final, fuera obviada una Revolución bajo el modelo de la de Francia. En este sutil pero, también, clamoroso enfrentamiento de grupos sociales se abandonó la revolución política y el pueblo lideró, con la invención del toreo moderno, una extraordinaria revolución artística ¡Viva el arte y la fiesta de los toros!

 


1. Utilizamos los adjetivos «ordinarias» y «extraordinarias» para calificar aquellas corridas, en el primer caso, que se celebraban todos los años en unas fechas fijas como suelen ser las patronales y, en el segundo, las que se convocan con motivo a un acontecimiento excepcional vinculado a la Realeza o a la Iglesia como, por ejemplo y respectivamente, una boda principesca o la canonización de un nuevo santo nacional.

2. Para el concepto de «valer más» en la nobleza acudir a García de Salazar, L.: Las Bienandanzas e Fortunas, Bilbao, Diputación de Vizcaya, 1967, 3 vls.

3. Romero de Solís, P.: «La Plaza de Toros de Sevilla y las ruinas de Pompeya» en Revista de Estudios Taurinos, 1996, IV, 13–94. espectáculo.

 

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